Por Diego Guelar (Clarín)
En el siglo XX, el conflicto central de la humanidad se planteó entre el capitalismo y el comunismo, con los EE.UU. y la URSS como contendores excluyentes. Pero la disputa era intra-occidental, porque ambos rivales eran parte de la misma cultura. Entre 1933 y 1945, Japón y Alemania intentaron ser un “tercer” actor para disputar el poder mundial en Oriente y Occidente, pero fueron derrotados por la alianza de los dos rivales que no aceptaban terceros en discordia.
En el siglo XXI, desaparecido el comunismo, el conflicto se desplaza de lo económico a lo cultural, el “Imperio Hegemónico”, los EE.UU -, construido en la segunda mitad del siglo XX, choca con su gran desafiante oriental, China.
Sobre 100 trillones de dólares de PBI mundial, el primero representa 25 trillones y el segundo, 20 trillones. Los “terceros” – Alemania, Japón e India -, no llegan a los 4 trillones.
Pero la disputa, aunque lo parezca, no es económica. Los dos combinan la rivalidad por el poder mundial con una sólida sociedad económica: más de US$ 700 billones de comercio bilateral y una red de intereses cruzados que va de lo medioambiental a lo militar y espacial, pasando por las comunicaciones y los minerales críticos.
Insisto en el eje cultural, porque el signo distintivo entre ambos es, en uno, la “verticalidad” del poder oriental – con el poder político concentrado en un partido único- y, en el otro, la “democracia”, con alternancia política y libertad de prensa en Occidente.
La “debilidad” en oriente seria el “caos” – el debilitamiento del partido único -, mientras que en Occidente, la crisis pasaría por la anulación de la pluralidad y sus sustitución por regímenes autoritarios no liberales.
Es decir, no hay grieta entre Oriente y Occidente, allí se concentra el conflicto cultural central (con su reflejo económico) mientras que la grave grieta que padecemos es intra-occidental y nos coloca en una posición de extrema fragilidad.
El triste espectáculo de la disputa Biden-Trump y la caótica situación europea, dejan a Occidente sin liderazgo claro – único o colegiado -, y esto explica la volatilidad de los mercados y la inseguridad de los flujos financieros y de abastecimiento alimentario y energético.
Los instintos anti inmigratorios, el cierre de fronteras a productos y servicios extranjeros, los neo nacionalismos autoritarios y una ola de prejuicios raciales y religiosos, nos fragmenta y enfrenta dentro de nuestras sociedades, que dejan de estar orgullosas de su capacidad de convivencia plural.
Necesitamos revalorizar nuestra cultura como un todo complejo y creativo, donde liberalismo, socialismo y cristianismo conviven y se retroalimentan en un producto dinámico que combina elementos diversos. Esa es la esencia de nuestra cultura, y no una visión dogmática y unilateral que pretenda imponerse desde la fuerza del fanatismo.
En América latina se verifica esa grieta – tan clara en México, Brasil o Argentina -, pero también los sanos esfuerzos por superarla – en Chile o Uruguay -, que reproduce los dilemas del riñón de nuestra cultura en la periferia regional. Solo recuperaremos el necesario equilibrio entre Oriente y Occidente, si superamos exitosamente las debilidades que hoy padecemos dentro de nuestra propia casa.


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