Por Carlos Morelli
Plano y contraplano. En uno, la cámara nos revela a Martín Santomé. Viudo y padre de tres hijos, ya mayores, con quienes sigue conviviendo. Eterno jefe de oficina y perfecto hombre del traje gris. Rutinario y “con lo justo”; apacible y melancólico; sin mucho pasado y con ningún futuro. En el otro, la máscara es la de Laura Avellaneda. Joven y soltera. Con encanto natural, frescura adolescente y perfume barrial. Empleada rasa que en algún momento cercano empezó a cruzar miradas de inocente complicidad con el señor del escritorio principal.
Martín y Laura, Laura y Martín, están tomando su primer café a solas y bautizando una pequeña y breve historia de amor que es, en su triste fugacidad, mucho más que eso. Para él, resurrección, desquite y acaso una última luz. Para ella, descubrimiento, ilusión y un acariciante crecer de golpe. Después… La mueca del destino, el cruel despertar del sueño, el dolor sin retorno, el mañana vacío e inútil.
Pasaron cincuenta años desde el estreno y el inmediato estruendo de “La Tregua”. En ese mismo, prodigioso 1974 de “La Patagonia Rebelde”, “Boquitas Pintadas” y “Quebracho”, el film de Sergio Renán, basado en un precioso texto de Mario Benedetti que previamente había ensayado en la televisión, motivó, estremeció y enamoró por siempre a los argentinos y al mundo. Llegó a rozar al Oscar que sólo podría arrebatarle el sublime “Amarcord” felliniano. Puso a su director en la lista de los creadores indispensables de la nueva pantalla nacional. Y quedó instalado en su antología más severa y esplendorosa….
…Pero volvamos a la imagen (esta vez, las imágenes) para la gloria. A la mesa del bar. A la poesía humilde pero arrebatadora de ese primer café. Miremos otra vez al Martín Santomé de Alterio y a la Laura Avellaneda de Picchio. Y soñemos para ellos (y para nosotros) el final feliz que la ficción les negó. Pero que la realidad les sigue ofrendando. Cada día. Aún después de medio siglo.


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