Por Sergio Sinay
Con palabras se puede matar simbólica o emocionalmente; se puede construir; se puede destruir; se puede sanar; se puede acariciar; se puede revelar e iluminar; se puede ocultar y oscurecer; se puede tender puentes entre riberas diferentes o se puede derribarlos. “Que poder tan curioso tienen las palabras”, pensaba el periodista y escritor polaco Tadeusz Borowski (1922-1951), autor de “Nuestro hogar es Auschwitz”, campo de muerte al que fue llevado en 1942, en donde se le tatuó el número 119198, y del que fue rescatado en 1945. Tenía razón. Las palabras son mucho más que sonidos articulados o que letras enlazadas. Son armas o son herramientas. Por eso es importante usarlas con responsabilidad, con cuidado, con conocimiento. Nuestra manera de hablar, de expresarnos, la riqueza o la pobreza de nuestro vocabulario, dicen mucho de nosotros, nos desnudan para bien o para mal ante los otros, ante su escucha.
No es verdad que a las palabras se las lleva el viento. Permanecen en los oídos, en los corazones, en la memoria. Ningún insulto se pierde, ninguna sincera alabanza se esfuma. Más tarde o más temprano las palabras que emitimos regresan, como las palomas mensajeras que son, y traen lo que llevaron. Ningún insulto es gratis y quien insulta todos los días, quien miente a toda hora, quien usa palabras con ignorancia o con desprecio de sus efectos, debería prepararse para ser alcanzado, más tarde o más temprano, por el eco de ellas, un eco que suele regresar amplificado.
No es necesario ser creyente para advertir lo cierto del proverbio bíblico que dice: “Te has enlazado con las palabras de tu boca, y has quedado preso en los dichos de tus labios”. Solo que muchos, cegados por el poder, la ambición o la necedad, lo olvidan. Otros, mientras tanto, reciben de regreso las caricias que sus labios modularon.


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