Por Sergio Sinay
Tan milenaria como olvidada, tan citada como desmentida en los hechos, la Regla de Oro es invocada en numerosas religiones y filosofías. En el judaísmo (atribuida al rabino Hillel el Sabio): “No hagas al prójimo lo que no quieras que te hagan”. En el cristianismo: “Lo que quieras para ti hazlo a los demás”. En el confucianismo: “No le hagas a otros lo que no deseas que te hagan”. En el jainismo: “Esfuérzate en tratar a los demás como quisieras ser tratado”. Platón dijo: “Ojalá pueda hacer a otros lo que quiero que me hagan a mí”. Con mínimas variaciones la formulación se repite a través de los tiempos y las culturas.
No es necesario ser creyente ni filósofo para advertir que en esa Regla está el secreto de la convivencia, de la aceptación, de la comprensión de la diversidad y de la tolerancia. Y que no se reduce a una máxima espiritual, sino que su aplicación es esencial para la vida en pareja, en familia, en el trabajo, en equipos, instituciones, organizaciones y en todos los ámbitos de la sociedad.
Sin embargo, en vista del estado actual de las relaciones humanas, la Regla de Oro clama por ser recordada, recuperada, desempolvada y aplicada, porque en un mundo en el que predominan protocolos, intereses sectoriales, egoísmo y narcisismo galopantes, indiferencia, justicia ausente, gobernanzas autoritarias, vínculos utilitarios y apariencias vacías, lo que ella propone suena ajeno e incomprensible.
¿Qué parte de “no le hagas a otro lo que no quieres que te hagan” o de “Tratá a los demás como deseas ser tratado” es la que se no entiende?


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