Por Fedor Dostoievski
En un pequeño pueblo que dormitaba al borde de un bosque denso, vivía Nikolái, un maestro jubilado de sesenta y tantos años. Su casa de madera, modesta y sencilla, daba a un campo extenso que terminaba en una hilera de abedules. Nikolái vivía solo desde que perdió a su esposa y a su único hijo en un accidente de carruaje hacía veinte años. Desde entonces, la casa estaba envuelta en un silencio profundo, como si la vida misma se hubiese detenido en aquel trágico momento.
Cada tarde, la ventana de la habitación de Nikolái permanecía abierta. Se sentaba junto a ella en una vieja silla, mirando al horizonte lejano, como si algo allí lo estuviera esperando. Nadie sabía por qué lo hacía. Sus pocos vecinos decían que Nikolái esperaba el regreso de su alma, la cual se había ido junto con su familia. Hablaba de ellos como si aún estuvieran vivos, describía sus risas, sus voces y hasta las pequeñas excursiones que solían hacer al bosque.
Una fría tarde de invierno, mientras la nieve cubría los campos como un sudario blanco, Nikolái escuchó pasos que se acercaban a su casa. Se levantó de su silla, con el corazón latiendo con fuerza, creyendo que, por fin, lo que esperaba había llegado. Abrió la puerta y vio a un niño pequeño, temblando de frío. Nikolái no preguntó de dónde venía el niño ni por qué estaba solo; simplemente lo invitó a entrar, lo abrigó y le ofreció una sopa caliente.
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La ventana abierta
¿Qué puede suceder cuando alguien con depresión nerviosa va en busca de descanso a una campiña con varias cartas de recomendación? La respuesta irónica nos la da el inglés Saki.
El niño se sentó en silencio, con la mirada perdida, como si cargara una tristeza mayor que su corta edad. Nikolái tampoco habló, pero sintió una extraña calma con la presencia de aquel pequeño. Esa noche, por primera vez en años, Nikolái cerró la ventana y preparó una cama cálida para el niño junto a él.
A la mañana siguiente, el niño había desaparecido. No había rastro de él, como si la nieve lo hubiese tragado. Nikolái volvió a su silla junto a la ventana, pero esta vez no se sintió tan solo. Por primera vez, vio en el campo las pequeñas huellas de pasos que se desvanecían en la blancura, y las contempló durante mucho tiempo, con una leve sonrisa en los labios.
Quizás el niño no era más que un espectro o un sueño, pero Nikolái comprendió que la tristeza no es una prisión eterna, y que la soledad puede iluminarse, aunque sea por un instante, como una pequeña vela en medio de una tormenta de nieve.


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