Por Tomás Lafuente Deldolor
Me pareció verte en los ojos de alguien mas. Me pareció que podrías ser él, quien coincide con tu pelo hacia arriba de color negro.
Ay Matías, lo que me hiciste sentir. ¿O fue Tomás quien dispersó mis emociones? El que hizo volar mi imaginación.
¿Y si ese muchacho sos vos? ¿Y si te disfrazaste para verme? Te aprendiste textos de memoria, estudiaste las materias de inicio de la carrera en la que estoy inscripto, y te lanzaste.
Fue un proceso que te llevó años. Más de cinco. Vos, tan cuadrado como eras, finalmente te pusiste a leer historia. Dejaste las complejas fórmulas matemáticas para tratar de explicar las acciones humanas. Para comprender sus efectos e interpretaciones.
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Al principio lograste pasar desapercibido. Los primeros meses vi un chico con el que sentía cierta atracción, pero que por sus trabas al hablar y su pañuelo de tela para mocos que supuse lava su madre (y luego confirmé), se me apagó toda chispa irracional.
Pero nos pusimos a charlar en el pasillo. Ahí fue cuando escuchándote lo pensé. ¿Querías que te descubriera? Al terminar la conversación, ya no sabía cómo despedirte, si con el nombre que figura en la lista o con el que yo conozco.
Ahora volví a estar solo, en este espacio que ya lleva casi diez años. No te voy a mentir, seguí viviendo mi vida y otros hombres conocí. Pero la misma pregunta aparece cada tanto. ¿Dónde está el amor? ¿Dónde está Matías?


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