Por Norma Lafuente D’abiduría
Dicen que las heridas van amainando con los años. Otros, que empeoran. Una tercera posición no se balancea a ninguno de estos dos extremos, siendo igual de incomprensible que el yo por descubrir.
Resultan engañosas las edades y las «etapas» tan conocidas: niñez, adolescencia, adultez. Si bien sus preconceptos se adaptan excelentemente al público en general, como sabemos cada uno tiene sus propios tiempos en la maduración. ¿Maduración de qué? ¿Del desarrollo biológico o de las normas sociales?
Con fortuna maduramos en ambos sentidos, en el fisiológico y el normativo. Más difícil es hablar de madurez espiritual, esa que puede desear tanto un cristiano como un laico. No importa que el seno de crianza haya adoptado o dejado de adoptar cierta religión. Todos buscamos -o al menos nos hemos preguntado sobre- el entendimiento de nuestra existencia.
Ocurre que en cierta etapa, generalmente la adultez, se resigna a encontrar respuestas, y con ello se abandonan las preguntas. Si bien es cierto que las aguas de la filosofía pueden ahogar a desprevenidos (no es lo mismo chapotear que sumergirse), son una pista para desarrollar la espiritualidad.
Esta última palabra está demasiado ligada a la Iglesia. Es difícil llamarse espiritual siendo a la vez un agnóstico. Pero debo decir que hay tantas espiritualidades como dioses en el antiguo mundo griego. Decir esto sería considerado una herejía en la edad media, para los cristianos que creen en el Espíritu Santo.
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¿Y qué pasa si ese espíritu toma sus propias particularidades en el cuerpo de cada uno de nosotros/as? De ahí que a los cincuenta años se pueda preguntar por la vida, de la misma manera en que en el mismo tiempo y espacio puede hacerlo un muchacho de dieciséis.
El más joven podría envidiar al más grande. ¿Por qué? Porque se supone que quien supera la barrera, es porque consiguió razones que le dan sentido a su vida. Quienes se quedan en el camino son quienes no maduraron lo suficiente para apreciar los milagros de la naturaleza.
Pareciera más excusable el sinsentido de un adolescente que el de quien ya recorrió varios campos de batalla. Esto no debe darle ese estúpido aire de superioridad que ostentan los adultos que subestiman a los jóvenes. Al contrario, debe hacerlos apelar a toda su humanidad para que quien viene no perezca.
La vida es dura para todos. Pero una vez pasada la angustia, queda por delante volver a construir con lo que quedó. Esta vez, con otra maduración espiritual. Probablemente con las mismas incógnitas, pero más cerca de la paz, arreando al dolor hasta convertirlo en movimiento.


Arrear el dolor para convertirlo en movimiento. Que frase.