Lo erótico no radica en la desnudez total, sino en la zona en que la vestimenta se abre, en ese borde donde algo se deja entrever.
Escribe Barthes: «Entre la camisa entreabierta y la piel, entre el guante y la manga, aparece un centelleo».
Lo erótico se juega en ese intersticio: ni en la ocultación absoluta ni en la exposición sin resto, sino en la tensión entre ambas.
El deseo vive del intervalo, de la interrupción. La vestimenta no solo encubre: enmarca, delimita, vuelve al cuerpo un enigma. Allí donde se interrumpe, surge el resplandor de lo erótico.
En un tiempo que parece exigir exhibición total – cuerpos sin secreto, imágenes sin pudor – , la enseñanza de Barthes, recuperada por Byung-Chul Han, nos recuerda que el deseo necesita de lo velado.
No es la abundancia de imágenes lo que lo alimenta, sino el espacio donde algo permanece escondido todavía.


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