Reflexión

Una jaula llamada libertad

Una cucharada de realismo y una pizca de magia, ¿serán la fórmula para descubrir el más allá del mundo que nos acorrala?

Uno de los tantos placeres que se pueden experimentar es el de estar cómodo y saberlo. Observar a los demás con sus propios sacrificios, y que por alguna posición social en la que uno encuentra, o por una determinada circunstancia personal, se los puede evitar.

En esta categoría entran tanto el no tener que pagar el alquiler de la vivienda, como el estar disfrutando de la vida entre amigos. Muestras mundanas de lo que es la libertad.

Sin embargo, todos esos momentos son ventajas transitorias. Hoy, por ejemplo, puede que un adolescente no tenga que salir a trabajar, pero mañana sí. Ahora tenemos una extraordinaria cita romántica, pero los malestares de la convivencia saldrán a relucir una vez encendido el auto para volver a casa.

Pero visualice la siguiente imagen. Usted se encuentra caminando por una avenida de su ciudad y, de pronto, ve en el suelo una pequeña caja de cartón. La nota por el movimiento que hay allí dentro, justo al lado de un tacho de basura.

Tiene la inercia de seguir caminando hacia su destino, pero se detiene para acercarse y ver ese ir y venir dentro de la caja. ¿Qué es? ¿Algo vivo? Si se mueve, es porque tiene vida.

En esa caja hay dos pájaros bebés. Uno se oculta bajo el ala de quien aparentemente es su hermano. Son feos. Tienen los ojos rojos, casi nada de pelo y parecen caldo de cultivo de cualquier germen. Pero por alguna razón usted se enternece y le sobreviene misericordia hacia con los pequeños e inocentes animales. Saltan de repente sensaciones fuertes: la culpa, el remordimiento, la empatía.

Culpa y remordimiento. Son tan fuertes, y a veces aparecen sin que uno tenga que hacer nada. Hasta ese instante, su día transcurría normalmente, pero el evento fortuito lo dejó atravesado emocionalmente. Y su inacción se volvió acción.

¿Qué haría con los dos pajaritos? Comprar algo de agua para hidratarlos un poco en un día de pleno sol, váyase a saber hace cuántas horas estarían calcinándose en ese lugar; avisar a la policía; o dejarlos e irse sin más. Llevárselos a su hogar sería mucho, excepto para una persona con una casa que tenga patios y jaulas libres.

Jaulas libres… algo contradictorio, pero ¿no viviremos nosotros también en una de esas cajas? En una un poco más grande, que permite que nos movamos y llamemos libertad al poder ser. Ser dentro de las paredes que, pareciera, nadie tiene la fuerza necesaria para tirarlas abajo.

¿Y si no se trata de fuerza, y si es una condición del contrato? En ese caso, la situación pareciera volverse pesimista, pero sería más bien realista. ¿Acaso una hormiga que no puede posarse sobre las nubes se resigna a convertirse en una amargada? No, sigue trabajando. Se sigue moviendo.

Nosotros, cuando nos damos cuenta que no podemos dejar este misterioso juego, esperamos, trabajamos y sobrevivimos. Complaciéndonos por lo que (no) tenemos que hacer, hasta que el final llegue con nosotros allí dentro. Excepto que antes hayamos aprendido a volar, pudiendo tener algunos paseos.

Y agradecidos de no estar en las jaulas que ni acceso al sol tienen.

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Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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