Opinión

Cuando Pinamar era un pueblo

Una pintura de Pinamar, hoy transformada en un faro desenfocado para porteños que quieren escapar de la gran urbe, trazó Lisandro Varela, en la revista Seúl. Historias entre médanos, el mar y el bosque cuando Yabrán era apenas un rumor.

Por Lisandro Varela (Revista Seúl)

En el verano de 1979 el Cottolengo Don Orione no abrió el primer jardín de Infantes de Pinamar por falta de chicos inscriptos. Me acuerdo del cartel celeste del lugar, del césped de la entrada y de la preocupación de mi madre ante la mala noticia. Yo me sentí aliviado, no conocía el significado de la palabra cottolengo pero por alguna razón me parecía ordinaria e indigna de mí. Arrastro la vanidad y el snobismo como una piedra pesada desde la edad más temprana. Por suerte para mi madre, recién separada de un ex marido que aportaba poco y con tres chicos, una mujer emprendedora llamada Patricia Balestrini abrió el primer jardín del pueblo en el garage de su casa, en la calle Burriquetas, a una cuadra del mar.

Al año siguiente fui alumno fundador del primer jardín formal de Pinamar, también de Patricia, el San Antonio, en la calle Bunge, en un edificio con patio de lajas azules y eucaliptus altos llenos de nidos de cotorras que gritaban a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde, coincidiendo por algún motivo con el horario de entrada y salida de los chicos. 

Me acuerdo del primer día de clases, una mañana de sol con alumnos de delantal azul con moño rojo cuadriculado, llena de la excitación de los padres y la confusión de los chicos. Me acuerdo de mirar todo y escuchar el ruido como desde afuera: esa fue la primera vez que sentí que yo estaba para mirar y no para pertenecer.

Habíamos llegado al pueblo en 1978. Poco antes, en nuestra casa en Quilmes, la tele hacía una interferencia a ritmo regular que mi padre no sabía a qué atribuir. Una noche llegaron los soldados a la casa de al lado y se llevaron a los que vivían ahí, que de manera clandestina habían montado una imprenta al servicio de los Tupamaros, la guerrilla uruguaya que, parece, influía en nuestra tele. Mis padres no estaban cerca de ninguna resistencia a los militares, pero les pareció que el clima estaba espeso y decidieron mudarse a Pinamar, un lugar dorado en verano donde pusieron un local que vendía vaqueros Levi’s. Al año siguiente se separaron.

Soy de un lugar que se inventó a sí mismo. En aquel entonces en Pinamar había muchos árboles pero no un lugar donde nacer. Mi querido hermano Gonzalo no tuvo más remedio que hacerlo en General Madariaga, que es antiguo porque primero fue un fortín de defensa contra el indio. 

Mis padres, hermosos los dos, eran parte de las fuerzas vivas que empezaban las cosas. Mi padre fundó el primer club de equitación, cuando solo había unos pocos caballos, entre ellos Mariposa, mi yegua mora, muy criolla y mansa, a la que se le ponía plateado el pelaje en verano y casi negro en invierno. Mi padre siempre se reía de que la primera decisión de la comisión directiva del club haya sido poner una chapa gruesa de bronce con sus nombres, para que no quedaran dudas de quiénes habían empezado algo pensado para durar. 

Tengo también el orgullo de haber estado, a los seis años, en el primer entrenamiento, en un baldío, del Camarones Rugby Club, donde jugué hasta los 18 años como segunda línea, bueno para robar la pelota en el line y malo para el resto. Nuestro entrenador era el distribuidor de la Coca-Cola en el pueblo, le gustaba el Old Smuggler y era bueno para enseñar con maneras suaves. La camiseta de Camarones era rosa, lo que nos costaba cargadas de otros equipos, pero a mí me parecía que quedaba fachera en cancha. Jugábamos con algún éxito con los equipos de la zona, perdíamos con equipos de Buenos Aires de gira y éramos destrozados en Mar del Plata. Una tarde de llovizna fría perdimos 100 a 0 contra Sporting A, me acuerdo de la tierra dura y de la sensación desesperada de querer que se termine y de que no pasara más el tiempo.

Todos los años llegaba el verano. Cuando era niño iba desde las ocho de la mañana, cuando hacía frío, a la colonia en la pileta del balneario La Posta de Cholo. Cholo era un señor viejo y musculoso, igual a Popeye, amigo de mi padre. El profesor de natación era un guardavidas de Madariaga parecido a Tom Petty que nos hacía hacer muchísimos largos por día. La categoría de entrada era mojarrita y te recibías de tiburón.

Charly García fue el rey del verano de 1991. Me lo acuerdo, altísimo y flaco como un faquir, hecho milanesa, haciendo dedo en la Avenida Del Mar. Había un acuerdo colectivo y tácito en relación a no molestarlo, los chicos le hacían el homenaje a bajas revoluciones, con la tranquilidad de lo cercano, en la playa o en Toc Toc, el bar en el que era socio y donde tocaba todas las noches. En honor a Charly, el trago de moda de la temporada fue el Toc Toc, un chupito de vodka con Sprite que había que golpear dos veces antes de tomar de un trago.

Piñas van, piñas vienen

Durante la primaria y la secundaria, mis padres me iban cambiando del colegio privado a la escuela pública y vuelta empezar. Creo que lo hacían por falta de recursos y de criterio. De alguna manera agradezco que haya sido así, ser un poco siempre el que llegaba de afuera. En el colegio privado aprendí rudimentos de inglés mal pronunciado. En la escuela Constancio C. Vigil, a cagarme a trompadas. 

Desde quinto grado, los bullys me decían “te espero a la salida” y a la salida había que pelearse en un terreno vecino, con la tierra dura por el ácido que expelen las raíces de los eucaliptos. El primer desafío era soportar los nervios hasta que suena la campana de salida, después arreglármelas para hacer un papel decente en el boxeo, rodeado de chicos excitados coreando “piña va, piña viene, los muchachos se entretienen”. 

Durante sexto y séptimo grado fui el objeto de bullying de Tufi Haedo, un chico rudo de manos grandes, padre techista y cara de bueno que por algún motivo se las había agarrado conmigo. Tufi era de los chicos populares, los que tenían bici de cross y eran amigos o salientes de las chicas lindas de la escuela, especialmente Valeria Cobo, Victoria Roldán y Mariela Luengo. Yo en general no tenía amigos ni suerte con las chicas.

Un día de séptimo grado decidí que estaba harto de Tufi y empecé a lavarme la cabeza en relación a fajarlo. Una mañana me empujó dentro del aula y yo, que estaba preparado, le pegué mucho con los brazos como un molino que va rápido. Lo siguiente que me acuerdo es a Norma, la portera, trapeando el piso del aula porque a Tufi le había salido bastante sangre por la nariz. 

Ganarle a Tufi me hizo ascender en el lote de chicos a ser bulleados por bullys más terribles. Hasta mitad de segundo año estuve bajo el gobierno de Pablo Sánchez, que era dos años más grande, fornido y el miedo de muchos. Se decía que una vez lo había mordido un perro y que había ido a buscar un machete a la casa y lo había matado. Cada vez que Pablo (que con los años resultó ser un amor) me encontraba me daba unos mamporros para entretenerse.

En segundo año practicaba karate de Okinawa. Realmente me destacaba, era el mejor alumno del Dojo, ganaba torneos y tenía un lugar al que pertenecer y tener amigos. El karate es, sobre todo, una pedagogía basada en el perfeccionamiento de la técnica por repetición y mejora. Lo que me enseñaba Marcelo Peralta, el joven sensei procedente de General Madariaga, era casi igual a lo que vi años después de maestros okinawenses en YouTube. Con ese entrenamiento encima y harto de vivir pendiente de que Pablo Sánchez apareciera de la nada, decidí resolver el problema. 

Una noche húmeda y fría de sábado me quedé en casa hasta las dos de la mañana, esperando que Pablo ya estuviera borracho en el boliche de moda ese año, un subsuelo en una galería del centro. Cuando llegué me vio y me dio una cachetada, le contesté con una trompada en la cabeza. No me acuerdo cómo pero lo siguiente fue que estábamos peleando en la calle, con todo el boliche mirando. 

Yo tenía la tranquilidad de estar tranquilo y una buena patada frontal (mae geri) para tenerlo alejado; le pegué un par de bollos que sintió y lo dejaron desconcertado, como entendiendo que no me podía ganar. En ese momento pensé en el tercer escalón de bullys del pueblo, los que tenían 20 años y robaban casas gracias a que un muchacho, apodado Panza de Goma, se podía meter por cualquier lado.

Pensé que si le ganaba a Pablo en público lo que me tocaba después era esa banduza, entonces jugué al empate, dejándome pegar un par y pasando a hacer con Pablo una coreo de pelea que se fue desvaneciendo hasta que nos separaron. Pablo Sánchez no jodió más y yo me salvé de pasar de liga.

El verano de las chicas

Desde los 13 años hasta los 18 trabajé todos los veranos en una radio de la que mi padre era socio minoritario. Años después me enteré que mi padre pagaba mi sueldo para que me dieran trabajo. Lo considero un aporte importante a mi formación. La radio era dirigida por Rodolfo Siedlecki, un señor grandote y muy áspero que fue mi primer mentor. Me acuerdo con mucho cariño de él, de Mercedes Wullich, su mujer, que me enseñó de periodismo, y de sus hijos, que eran mis amigos. 

En la radio trabajaban todos los veranos periodistas importantes de Buenos Aires. En 1992 conducía la tarde Elizabeth Vernaci, que me decía súper cadete. Una vez, me voy a acordar para siempre, le di un beso en el cachete y era tan suave y cálido que sentí que me moría de caliente. 

Ese verano me empezó a ir bien con las chicas. En enero salí con una que tenía ojos turquesa, cejas negras y era excepcionalmente linda. Aunque se quedaba hasta marzo la cambié por una más grande con la que tenía más cuerpo a cuerpo. Al año siguiente la chica linda se convirtió en súper modelo y cuando nos cruzamos no me saludó.

A la noche iba a bailar a Ku, que era una caja de zapatos blanca arriba de un médano unida a otro boliche, Majadaonda. Fue el verano de El amor después del amor. Esa canción la pasaban dos veces por noche. Yo tomaba diez Gancias batidos por salida y al otro día sentía un hachazo en la cabeza que hacia la tarde se aliviaba. Después repetía la operación. 

Ese verano me besé con muchas chicas sin consumar. La cosa verdadera vino en invierno, en un cabaret en la ruta cerca de Madariaga. La señora era gordita, de ojos celestes, muy cálida y me lavó antes en una palangana de loza con agua tibia y jabón blanco.

En invierno Madariaga era el mejor lugar para ir a bailar, porque no conocíamos de toda la vida a las chicas y además eran más lindas que las de Pinamar. El inconveniente eran las ganas de pegarnos de los madariaguenses y el hecho alarmante de que un par de años antes habían matado de un cuchillazo a Augusto Baña, un chico de Buenos Aires muy canchero que jugaba para el equipo de Pinamar.

Ir a bailar a Madariaga era estar con los nervios constantemente crispados e ir juntos para todos lados, incluso al baño. Una noche un grupo de chicos de Madariaga nos corrió del pueblo y nos persiguió por la ruta unos kilómetros. Cuando desistieron, paramos en la laguna Los Horcones, a 12 kilómetros de Pinamar, y festejamos tirándonos al agua, que estaba templada como el suelo barroso.

En la semana no había mucho para hacer. Ya tenía buenos amigos en el colegio, especialmente Juan Valenzuela, que a los 13 había enamorado a una catequista y a los 15 a la profesora de inglés, cosa que terminó en que la expulsaran. Con mis amigos salíamos a caminar a la noche a romper vidrios y vandalizar casas. 

Mi destrucción favorita era salir solo a escribir graffitis contra Manuel Valdivieso, el director del colegio, a quien yo había tomado de enemigo. Un día, Adriana Chambillard, la hermosa y buena profesora de lengua, que me protegía, me pidió que me quedara después de la clase. Cuando estuvimos solos me dijo que tenía que darme cuenta de que era obvio que los graffitis eran con mi letra y que los raids terminaban siempre con pintadas a una cuadra de mi casa.

En el pueblo, Yabrán primero fue un rumor. Un invierno un chico de apellido Folgoso fue la sensación porque apareció con un cuatriciclo rojo, novedad absoluta y muy por encima de sus posibilidades. Se había hecho amigo de unos chicos con plata de Buenos Aires, que tenían el cuatri y se lo habían regalado al final de la temporada. Eran los Yabrán. 

Una mañana muy calurosa de enero de 1997, cuando ya vivía en Avellaneda, escuché en el programa de radio de Lanata que habían matado a José Luis Cabezas. Me di cuenta que era el señor de mandíbula fuerte, un poco parecido a Robin Williams, que veía en la oficina de mi padre, porque estaba casado con la hija de un amigo.

En invierno el frío hace que el aire de Pinamar tenga mucho oxígeno y huela a árboles. Igual yo me quería ir a vivir a Buenos Aires urgente. Fantaseaba con que el centro del mundo quedaba en Güemes y Malabia porque una vez le había oído nombrar la esquina a una chica muy canchera en el programa de entrevistas grupales que tenía Roberto Cenderelli en ATC. Las noches del invierno de los 16 las pasé yendo al bar de la terminal de ómnibus con mi amigo Gastón Mudry a planear nuestro desembarco en Buenos Aires. 

El año del Jeep

A los 17 saqué el registro sin dar examen. El señor de la municipalidad solo mandó saludos para la familia. Mi padre me heredó en vida su Jeep amarillo, de fibra de vidrio, con motor Ford Sprint 3.6 y caja de cuarta ZF. Antes de dármelo tuvo la prevención de pedirle a su mecánico que le acortara el acelerador para que no andara muy rápido. Al otro día fui a otro mecánico y revertí la operación. 

Ese fue el año del Jeep. En la memoria lo tuve mucho tiempo, pero solo fue un año. Hice un trompo en la rotonda de Gesell, me clavé en un médano, subí a mil chicas, fuimos a bailar muchas veces a toda velocidad a Mar del Plata cantando a los gritos canciones de Los Abuelos de la nada.

En marzo de 1994 mi padre me consiguió un traabajo de cadete en Buenos Aires. Despaché una valija y un bolso de mano y subí al colectivo Río de La Plata con una campera de gamuza James Smart en la mano. En un walkman con pilas recién puestas fui escuchando un cassette que me había grabado Reinaldo, el tercer marido de mi madre. Me gustó especialmente Slip Slidin’ Away de Paul Simon, que entre otras cosas habla de un señor que siente el amor por su mujer como una corona de espinas.

  • Imagen destacada: ilustración de Marisa Licata

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