Cultura Sociedad

Petra, incondicional de Pepe Arias en Pinamar

Atada al amor de su vida, con el que compartió el cariño perruno y la adoración por el paraíso marítimo, Petra, hoy casi centenaria, atesora recuerdos del actor de radio, teatro y cine.

La vida es un trayecto de ida en la que se puede ser feliz razonablemente, salvo para los que creen “en alcanzar la felicidad suprema en la próxima”, como anima la versión completa de la famosa Plegaria de la Serenidad. A sus 97 años, sola en su casa de Burriquetas, a metros de la playa en Pinamar (han partido sus antiguas amistades, pero tiene la adorable compañía de sus canes callejeros a los que llama indistintamente Loly, para no equivocarse), “Petra” resguarda la memoria de quien fuera su pareja inseparable, el actor cómico y monologuista radial José Pablo “Pepe” Arias, fallecido hace más de medio siglo.

“Petra” nació en 1923 en la localidad pampeana de Foster como Petrona Bustos. Desde chica, ya con fuerte carácter, arrugaba la cara y preguntaba a su madre por qué le habían puesto un nombre “tan feo”.

Hoy, con los despistes lógicos por la edad, asistida dulcemente por su acompañante terapéutico Alejandro Fox (un remedo de Wally, el personaje inhallable del dibujante británico Handford, en la década del 80), “Petra” ofrece grageas de proteínas sobre el artista que interpretó obras de Alfredo Palacios y Enrique Santos Discépolo, entre otras y fue el precursor de un estilo que, con una verborragia acelerada distinta – ralentizada la suya -, desarrollarían después Tato Bores y Pinti.

Una de las últimas imágenes de la feliz pareja, Petra y Pepe, en Pinamar

Lo seguía a todas partes (hasta en el exilio en Punta del Este); lo iba a buscar en auto por las noches al teatro (los de la calle Corrientes y Esmeralda, en la ciudad de Buenos Aires) y las chicas (las vedettes) le avisaban: te está esperando Petra”, cuenta a Humanidad en una tarde de té, en la casa “Pepe Arias”, señalizada en una inscripción blanca de piedra, luego de la desaparición del cartel municipal, destruido por el paso del tiempo y el desinterés de las actuales autoridades.

“Me decía Mami”, confiesa. Pepe también tenía sus momentos de contrariedad. Cuando lo veía molesto, no interfería en su labor. Era él, un apasionado de los caballos de carrera, quien tomaba iniciativas amigables con un chiste, al que sumaba una catarata de bromas hasta hacerla sonreír. “Sos mi Mami”, era el tañido llamando a la armonía.

Los dos compartían el amor perruno. Muestra una imagen de Pepe con dos de la raza Bull Terrier, en la que puede leerse en el anverso  un manuscrito con el pensamiento desnudo del actor: “Esta fotografía es la muestra más pura que el perro es el animal capaz de expresar con sus ojos más cariño que los humanos”.

Con su acompañante terapéutico, Alejandro Fox, exhibe una distinción del hospital municipal de Pinamar

Petra se caracterizó por su ingenio. “Acá mando yo”, avisa guiñando un ojo y moviendo el dedo índice a Wally, quien se mudó con ella, junto con sus mascotas Lucas y Sofía. Pero Wally la tranquiliza: la masajea, la ayuda con todas las tareas domésticas y la mantiene activa y de muy buen humor.

Hace poco tiempo tuvo un accidente doméstico y debió ser llevada de urgencia en la ambulancia al hospital municipal, donde prestó servicios ad honorem (“gratis”, enfatiza Petra) durante más de una década hasta 1983, como encargada de insumos médicos y comestibles. Cuando las enfermeras se enteraron de su pasado laborioso en ese mismo establecimiento, la despidieron con aplausos, una vez subsanada la descompostura.

En reconocimiento a esa actividad, el director P. Broussalis, había escrito una divertida carta el primero de mayo de aquel 1983 al presidente de la Cooperativa de Unidad Sanitaria de Pinamar, Aldo Agnoletti, pidiendo declarar a “Petra” “patrimonio local”.  Dijo que esa mujer era todo “pólvora, corazón, energía”, con capacidad de enfrentar “cualquier autoridad que se le pusiese enfrente, civil, militar o religiosa”.

“Petra regalada”, tituló irónicamente la misiva, debidamente encuadrada y exhibida en la casa adornada por magníficas artesanías de caracoles hechas por la hoy casi centenaria Petrona Bustos. “Nunca estudié, siempre hice lo que quise”, dice sin falsa modestia.

“Si por Diego Maradona conseguimos 10 millones de dólares – satirizó Broussalis al avecinarse la primavera alfonsinista -, cuánto nos darían por Petra…con su pase, pavimentaríamos el municipio…pero no la vamos a ceder. Si la quieren habrá que expropiarla y declararla de utilidad pública, lo que entra en el campo de la futurología”.

Solo una piedra tallada con el nombre de Pepe Arias, anoticia que allí vivió el artista

En la amena charla con Humanidad, se exhibieron fotos de películas (Arias actuó en 24) y “Petra”, encendió chispas con algunos comentarios. A Tita Merello, la recordó como muy severa con sus compañeros. “Conmigo no se metió nunca…”, aclaró por si hiciera falta. Luego contó que Pepe “quería con locura” al actor apodado “Semillita”, en referencia a Juan Bertellegni (1921-1991).

Pepe Arias, seguido por sus “filipones”, está siempre presente en Petra, quien tiene archivos con fotos y recortes periodísticos, del que sobresale uno referido a la película “El hermano José”, de 1941, en el que el guionista, en una mezcla de ciencia y superchería, enfrenta al médico, al farmacéutico y a la funeraria del pueblo con un curandero que les quita la clientela.

En uno de esos ajados artículos, Pepe Arias reveló que prefería el teatro, antes que el cine o la radio, porque le llegaba “ese aliento de actuar ante el público que es la mejor guía para regirse”.

Con famosos del Mercado de Abasto, entre ellos la inolvidable Tita Merello

“En el teatro – se explayó -, hablo yo y hago una pausa, todo lo extensa que quiera. Una mueca, un ademán, muestro una intención y el público ríe. O comprende que va a reír y que el gesto o la pausa son teatrales. En radio se hace la pausa y el oyente cree que la transmisión ha terminado…y en cine, hay que ser más actor que en radio y teatro. La máquina está atenta y es fiel para registrar hasta el más mínimo pestañeo”.

Petra, a su edad, no está para reparar en detalles. Se aferra al amor que la mantiene enlazada aún hoy. “Compramos esta casa en Pinamar para sentir el ruido de las olas y recoger caracoles. Hasta su partida (en 1967), que nunca debió producirse, alternábamos con Buenos Aires. Yo le dije que si se iba, me instalaba en este paraíso de Pinamar y aquí estoy, siempre incondicional…”.

Periodista. Trabajó en Crónica, NA, DyN, Clarín, Televisión Pública, Canal 13, La Nación y en el diario Río Negro. Becado por la Universidad de Harvard, asistió a cursos de perfeccionamiento en Boston, Estados Unidos. Además estudió en Alemania y Francia.

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