Por Eduardo Gómez Zaragoza de la Rosa de Córdoba
Bruno siempre supo que lo que quisiera, lo tendría. No por los cuidadores y asistentes que circulaban en la enorme casa donde vivió toda su infancia, sino por un fuerte convencimiento personal. Algo así como si Dios, el Universo o lo que fuere lo escuchara, queriendo lo mejor para él.
Por esto es que decidió ser una persona de la que poder estar orgulloso. Estaba entre sus posibilidades salir de farra, consumir sustancias, tratar a las personas como cosas sin castigo o freno alguno. Pero hacían al menos cinco años que había aprendido a controlarse diciendo que no a todo lo anterior.
Lo último que le quedaba en la lista eran sus pensamientos.
Eso era acaso lo más desafiante, porque cada acción pareciera nacer de allí. Si no actuaba por lo que andaba en su cabeza, era por los impulsos. A estos últimos ya había aprendido a mantenerlos a raya. A veces estaban demasiado controlados, pero eran las consecuencias de la maldita prudencia. Aburrida, aunque como contrapartida salvadora en una sociedad que difícilmente le da pie a la inocencia si no es para después patearle el banquito sobre el que está parada.
Vivir en un mundo violento y a la vez bonito. Malo, sinsentido y gris. Pero también empático, sorpresivo y maravilloso.
Bruno no tenia idea cuál sería su próximo deseo. Solo sabía que lo tenía todo y no se refería a lo material. Lo tenía todo porque a pesar de “los problemas”, él estaba en paz gracias a que entendió las señales de la Vida.
De repente se dio cuenta la importancia de estar sano. Su cuerpo, sin lastimaduras, sin medicaciones, era algo que agradecer. “Gracias por dejarme salir a caminar hoy”, pensó. “Gracias, porque tengo salud y me di cuenta”. Vaya si no lo tenía todo.


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