Realidades intercomputacionales como los Pokémon y la clasificación de Google son análogas a realidades intersubjetivas como la santidad que los humanos adjudicamos a templos y ciudades.
Durante buena parte de mi vida residí en uno de los lugares más sagrados de la Tierra, la ciudad de Jerusalén. Objetivamente, es un lugar ordinario. Cuando paseamos por Jerusalén vemos casas, árboles, rocas, calles, gente, gatos, perros o palomas, como en cualquier ciudad.
Sin embargo, muchos creen que se tratan de un lugar extraordinario, lleno de dioses, ángeles y piedras sagradas. Están tan convencido de ello que en ocasiones se disputan la posesión de la ciudad o de edificios sagrados concretos y de piedras sagradas concretas, de las que la más conocida es la Santa Roca, situada bajo la Cúpula de la Roca, en el Monte del Templo.
El filósofo palestino Sari Nusseibeh ha señalado que «judíos y musulmanes, guiados por creencias religiosas y respaldados por capacidades nucleares, están dispuestos a implicarse en la peor masacre de seres humanos de la historia por cuestión de una roca».
No luchan a propósito de los átomos que constituyen la roca, sino que lo hacen por su «santidad», un poco como los niños que compiten por un Pokémon. La santidad de la Santa Roca y de Jerusalén en general es un fenómeno intersubjetivo que tiene lugar en la red de comunicación que conecta muchas mentes humanas.
Durante miles de años, las guerras se libraron a propósito de entidades intersubjetivas como rocas santas. En el siglo XXI, podríamos ver guerras libradas a raíz de entidades intercomputacionales.


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