Reflexión

La rutina de la pasión

Transformar lo que a uno le gusta en un blanco fácil del cansancio trae sus problemas. La dispersión que se vuelve una obligación cotidiana provoca cambios fuertes, pero que controlados pueden llevar a una vida vecina a la plenitud.

Por Tomás Lafuente Del Dolor

Dicen que cuando se hace de forma profesional lo que a uno le gusta, deja de ser tan divertido. Por ejemplo, un fanático del básquet: de muy joven lo que más feliz le hace son esos tiempos en la cancha del parque con sus amigos. Hasta que aumenta el nivel de exigencia en el club en el que participa. Ahí, el juego se convierte en rutina.

Esto no quita que además de los frutos cosechados se pueda sentir (cerca) la plenitud, entendiéndola como parte de la felicidad. Sin embargo, lo desgastante de la actividad diaria -que a la vez hace la vida más fluida y rápida– tiene un peso que en los días difíciles se hace notar. Por más pasión y emoción que haya, el cansancio muchas veces gana.

Pero esta es una de esas batallas que no se definen de manera permanente. Si hay algo lindo en el cuerpo humano es su posibilidad de moldearlo. Y hago referencia a lo interno: mejorar el estado del organismo según qué nos introducimos, aumentar las horas de sueño, y descartar pensamientos tóxicos.

Aquello puede funcionar como una fuerte defensa contra las flechas de lo negativo. Incluso puede mantener en vilo nuestra pasión, distinta a la primera vez que la conocimos.

Mutada con profesionalidad y ejercicio, la pasión adquiere un nuevo maquillaje. Pero debajo seguirá estando la corteza que, habiéndola visto con claridad durante una epifanía, se pudo avanzar hacia una rutina apasionada. También conocida como una buena vida.

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