Opinión Sociedad

El animal que está a nuestro lado siempre por elección

¿En qué consiste el amor entre una persona y un gato? El escritor venezolano Gabriel Payares, dice que se trata de una compañía especial, muy distinta a la del perro, integrante sumiso y fiel de la manada.

Por Gabriel Payares (Clarín)

En la foto se veía como esos peluches que estuvieron hace poco de moda: la cabeza inmensa para el cuerpito atigrado y menudo, y los ojos soñadores de un color imposible, indecisos entre el gris y el verde y el azul. La sujetaban del cuello para tomar la foto del letrero de adopción, evidencia irrefutable de lo inquieto de su carácter, que constatamos uno o dos días después, viéndola trepar a los barrotes de la jaula: un torbellino maullante de grises, blancos y marrones que barría a su paso con envases de comida, de agua y con su hermano flacuchento y turulato. Cuando al fin la liberaron y nos dejaron cargarla, nos mostró su barriguita blanquecina y al poco rato sus dientes, diminutos y afilados, inofensivos todavía.

No teníamos arenero, ni transportadora, ni mucha idea de cómo se crían los gatos, pero sí un montón de nombres posibles.

Al final la bautizamos con uno que no figuraba en la lista: Calipso, por la ninfa griega que promete a Ulises la vida eterna a cambio de su amor y por el ritmo caribeño que en el sur de Venezuela se canta y se baila en carnaval.

Esa noche nos metimos en la primera tienda de mascotas que había y compramos lo esencial, lo que permitía el presupuesto: comida, arena, una bandeja de plástico, y nos la llevamos en el subte, envuelta en un trapo contra el pecho. Nos parecía tan frágil, tan de otro mundo, que cuando esa noche la escuchamos ronronear por primera vez, nos pareció que un sonido tan alto no podía salir de un bicho tan diminuto.

Fue así como adoptamos a nuestra gata argentina.

Honestamente, yo nunca había compartido demasiado con gatos, ni siquiera estaba seguro de que me cayeran muy bien: me parecían caprichosos, ambiguos, puede incluso que egoístas. Quizá porque el perro – la mascota por antonomasia – ofrece a sus amos un tipo de amor muy distinto: constante, infatigable, puro entusiasmo en cuatro patas. Siempre que estén junto a sus dueños, los perros se sienten en su hogar.

El gato no, el gato es distinto. Es territorial, nervioso y perezoso al mismo tiempo, y sabe muy bien dejar en claro sus límites. Por algo los dueños de un gato suelen tener siempre las manos y los brazos llenos de rasguños.

Un perro es un integrante sumiso y fiel de la manada. Un gato en cambio es un cazador solitario, a lo sumo un compañero de hábitat.

Eso, no obstante, hace que la compañía del gato sea aún más especial.

Saber que el gato se basta a sí mismo, que es bastante independiente y que no te teme a pesar de la muy obvia diferencia de tamaño y fuerza física, hace que su afecto sea genuino y verdadero.

Si un gato nos busca, si nos acompaña o elige dormir a nuestro lado es siempre porque quiere, siempre una elección.

Y, por ende, será siempre también mientras quiera.

Los gatos son fieles a sí mismos, ante todo, y quizás sea justo esa la lección que tienen para enseñarnos.

Los cuidamos y mimamos para que ellos, a cambio, nos elijan. Si quieren. En eso, a fin de cuentas, es que consiste el amor.

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