Por Sergio Elguezábal (Página 12)
El 5 de diciembre la Argentina recibió los primeros seis aviones de combate F-16, incluidos en una compra total de 24 unidades. Costaron 300 millones de dólares. Al otro día el presidente Javier Milei encabezó la ceremonia oficial en el Área Material Río Cuarto, en Córdoba y dijo que se trataba de “un día histórico”. También estuvieron el entonces ministro de Defensa, Luis Petri, la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei y autoridades militares.
Los aviones para la guerra que incorporó la Argentina tienen 40 años de antigüedad. Según los expertos, esa versión no puede inquietar a los británicos (primera hipótesis de conflicto que maneja el país) ni tampoco a ningún potencial adversario con capacidades militares desarrolladas. Juan López Chorne, doctor en seguridad internacional, docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y exdirector Nacional de Cooperación para el Mantenimiento de la Paz del Ministerio de Defensa de Argentina explicó que “es un avión de combate obsoleto y sin capacidad de reabastecimiento en vuelo”.
¿Cuáles fueron los criterios que se utilizaron para decidir la compra más adecuada? No lo sabemos porque el Gobierno dispuso el secreto militar sobre la adquisición de esos 24 aviones a Dinamarca. En el documento donde se autoriza la compra dice escuetamente que “es de sentido común” una inversión de esa naturaleza. Como si resolver los conflictos a través de la guerra tuviese algo de sentido común. Y que además “es una inversión estratégica”.
¿Qué interés estratégico es más importante para la Argentina? ¿Una remota posibilidad de conflicto bélico, o cuidar los bosques nativos que están en alto riesgo varias veces al año? ¿Nadie pensó en destinar esos fondos a los aviones que hacen falta para combatir los incendios? ¿Qué clase de liderazgos no pueden comprender que estamos viviendo catástrofes cada vez más recurrentes y que afectan la vida de miles de personas, la fauna y la flora autóctona del territorio que habitamos y dicen defender?
El precio de un avión hidrante ligero último modelo (no los súper tanques, sino los que pueden despegar y aterrizar con facilidad en zonas de difícil acceso como las del sur) cuesta 100 veces menos: 3 millones de dólares. Aviones con mayor capacidad de carga, el Boeing 737-300 modificado, como el que están usando ahora, propiedad del gobierno de Santiago del Estero, cuestan unos 15 millones de dólares. Podríamos tener 20 de esos con los 300 millones de dólares que se gastaron en los aviones de guerra obsoletos.
Cargar agua en aviones y derramarla sobre los primeros fuegos es clave para detener el avance. Cada provincia en riesgo debería tener su cuadrilla preparada para cortar el fuego antes de que se propague de manera descontrolada.
Qué desperdicio ocuparnos de las guerras y no de construir la paz, proclamar la paz, marchar por la paz. Si el nuevo paradigma lograra poner en el centro la vida (cuidar los bosques, el agua pura de los glaciares, la calidad del aire y de los suelos), ¿qué papel jugaría una máquina de transportar y arrojar misiles?
La guerra es el desatino más grande de la organización que pretendemos darnos en la vida moderna. La afirmación parece contradictoria en tiempos de narrativas que solo muestran la intolerancia der hombres arrogantes. Pero se trata de eso, de una narrativa que atrasa. Necesitamos contarnos las innumerables redes de contención, amor y colaboración (millones) que se tejen cada día en el mundo. Ocurre en las zonas más pobres y alejadas pero también en las capitales. Solo hay que empezar a mirar donde hace falta ver.


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