Por John Carlin (Clarín)
El niño Trump tiene un nuevo juguete, el poderío militar de Estados Unidos. La eficacia combinada que le ofrecen la CIA, las fuerzas especiales, los portaaviones y los misiles será su entretenimiento favorito durante los tres años que le quedan de mandato presidencial.
Hoy Venezuela, mañana Cuba, Colombia, México, Groenlandia, otra vez Nigeria o Irán…¿quién sabe? ¿Y para qué? Se inventará motivos. El petróleo, el narcotráfico, la seguridad nacional, salvar cristianos, lo que sea. Los crédulos – o a los que les cuesta convivir con la idea de un mundo irracional, fiero y absurdo – se lo creerán. Pero seamos valientes, enfrentémonos al horror y reconozcamos que éste no es el fondo de la cuestión. Ni lo es, aunque aquí algo de cierto sí hay, la necesidad que intuye Trump de redirigir la opinión pública al exterior ya que dentro de su país es casi tan impopular como Pedro Sánchez en España.
La fuente de la verdad hay que buscarla en la psicología, no en la economía ni en “intereses” varios. Piensen en una guardería. Trump es la caricatura de un clásico: el nene peleón, caprichoso y manipulador que tiene que someter a los demás compañeritos y ser el foco de atención. Es el poder por el poder, poder sin responsabilidad, en su estado más puro. ¿Y por qué se comporta así? Porque puede. Porque esa es su naturaleza. Porque yo quiero, yo quiero, yo quiero. Porque, como dijo Trump en una entrevista con the New York Times esta semana, las reglas del juego las impone él.
Preguntado si existían límites a sus poderes globales, como el derecho internacional, Trump respondió: «Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme…No necesito el derecho internacional”.
Lo explicó con similar candor esta semana la eminencia gris de Trump, el personaje más influyente y más siniestro de su gobierno, su subjefe de Gabinete, Stephen Miller. “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre cortesías internacionales y todo lo demás”, dijo Miller a la CNN. “Pero vivimos en el mundo real… que se rige por la fortaleza, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”.
Veamos las dos explicaciones de Trump por la incursión en Venezuela, ambas espurias o, como mucho, secundarias. Primero, el narcotráfico: Venezuela no tiene nada que ver con la droga que más daño hace en EEUU, el fentanilo, y la cocaína colombiana que exporta tiene Europa como su destino principal. Por otro lado, tanto le preocupa a Trump el tema que hace un mes indultó al expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández que había sido condenado a 45 años de cárcel por haber estado en el centro de lo que la justicia norteamericana calificó como “una de las mayores y más violentas conspiraciones de narcotráfico del mundo”. Se trataba de una plaga de cocaína que pasaba por Honduras hacia Estados Unidos.
La otra explicación, y en la que más Trump insistió el fin de semana pasado: obtener acceso al petróleo venezolano, el 17 por ciento de las reservas mundiales. Se publicó mucho esta semana sobre lo vacuo que es este seductor argumento, y el presidente de Exxon, la empresa petrolera más grande Estados Unidos, se lo explicó en la cara a Trump el viernes. Venezuela, dijo, es “uninvestable”, un país en el que es imposible invertir.
Hablé con el ejecutivo de otra multinacional petrolera que me ofreció tres razones:
Una, el petróleo venezolano es denso, muy difícil de extraer y hoy solo representa el uno por ciento de la producción mundial. Dado lo casi obsoleta que está la maquinaria de extracción, gracias a la incompetencia y corrupción del gobierno “bolivariano”, habría que gastar miles de millones de dólares a lo largo de ocho o diez años para recuperar la inversión.
Dos, con los avances en el desarrollo de las energías renovables no se sabe si en ocho o diez años se mantendrá la demanda actual.
Tres, los Exxon y compañía no van a invertir lo que sería una cifra superior a la gastado el año pasado por todas las principales empresas petroleras de Estados Unidos si no tienen ninguna garantía de estabilidad a largo plazo en Venezuela.
Tal garantía no existe. Primero, porque EE.UU, puede cambiar su actitud hacia Venezuela de un día al otro. Como dijo un inversor neoyorquino en la industria petrolera a The Financial Times esta semana, refiriéndose a la verborrea de Trump en las redes sociales, “Nadie quiere meterse ahí cuando un puto tuit random puede cambiar por completo la política exterior del país”.
Segundo, porque el destino político de Venezuela es un misterio. De momento, el país latinoamericano se ha convertido en un protectorado de Estados Unidos. Triste, por no decir ridícula, la ilusión que grupos de la izquierda internacional como Podemos depositaron en el chavismo. Llegado el momento de la verdad, sus líderes no estuvieron dispuestos a jugársela por la causa. Solo la guardia presidencial cubana que pretendía proteger a Nicolás Maduro plantó cara a los invasores norteamericanos, y murieron 32 de ellos. Pese a la humillación del rapto del presidente de la nación y de la causa judicial a la que se enfrentará en Estados Unidos (¡tutelada por un juez de 92 años!), los dos mil generales de las fuerzas armadas venezolanas anteponen la preservación de sus considerables fortunas a la defensa de la revolución del proletariado.
En contra de los deseos del nuevo poder colonial, cuyo interés en la democracia es cero, ¿habrá una insurrección popular contra el régimen chavista? Nada es imposible. Lo único que sabemos es que nadie sabe lo que pasará mañana, empezando por Donald Trump.
Bueno, y una cosa más. Que miente y miente, que se ha creado un mundo de fantasía basado en los caprichos de su egomaníaca moralidad, pero lo hace con la aplastante convicción del que se cree sus propias mentiras. Exactamente como un niño.


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