Opinión Política

La historia de los Macri, padre e hijo, para entender mejor las últimas 7 décadas de la Argentina

Para entender al país hay que conocer a los dirigentes. Daniel Dessein, incursionó en la biografía "En el nombre del padre; Franco segun Mauricio". Según el expresidente, el progenitor fue "oficialista constante", a la vez que su maestro y antagonista.

Por Daniel Dessein (LA GACETA, de Tucumán)

La biografía lo define todo… La ambición de poder o de dinero es la respuesta a una experiencia traumática.”
Alberto Lederman

En 1960, mi padre participó como cronista de la gira de Arturo Frondizi por Europa, en la que el presidente argentino se entrevistó con protagonistas del siglo XX: Charles de GaulleKonrad Adenauer, la reina Isabel IIFrancisco FrancoJuan XXIII. Pero no fue en París ni en Bonn, Londres, Madrid o El Vaticano donde se le aflojaron las piernas, sino en una localidad ignota de 30.000 habitantes, a 160 kilómetros de Roma. En Gubbio, un 16 de junio, el día en que el hijo de dos de sus habitantes, emigrados décadas atrás, volvía al pueblo convertido en presidente de un país lejano. “¿Ve las tejas de ese techo – le preguntó una señora a mi padre – las hizo el abuelo de Arturo». Los 11.000 kilómetros que separaban a esas tejas de la Casa Rosada ofrecían una dimensión de los saltos que permitía esa Argentina.

Franco Macri, en 1960, llevaba once años viviendo en Buenos Aires. Había emigrado desde Roma, a sus 18 años, y desde cero comenzaba a consolidarse como un empresario de la construcción, al que el desarrollismo frondizista le permitía acelerar su crecimiento. Estaba a punto de mudarse para concretar su contrato más importante hasta entonces: la construcción de los silos, los muelles y las torres del puerto de Mar del Plata. Tres décadas más tarde, Macri se convertiría en el empresario más grande de su país adoptivo. Y un cuarto de siglo después, en el padre de un presidente.

Esta historia merecía una biografía. Pero hay un plus si a la vida del empresario la cuenta el hijo/presidente. Tenemos así, en Franco, flamante libro publicado por Planeta, una puerta de entrada al itinerario vital de un protagonista de la vida económica del último medio siglo de nuestro país y, simultáneamente, una ventana para espiar la psiquis de una figura central de la política argentina de los últimos 25 años.

La clave para entender buena parte de la historia – la del biografiado y el biógrafo, la de casi todos – está en los orígenes. Todo empezó en San Giorgio Morgeto, un pueblo calabrés de 3.000 habitantes pegado a Polistena. De estos dos pueblos vienen los Macri; allí vivió Franco hasta que se mudó a Roma, donde su padre -Giorgio – fundó una pequeña empresa constructora. La separación de sus padres derivó en su traslado como pupilo a un liceo en Tívoli. Durante la guerra, vivió en Viterbo, en la casa de un tío, hasta que una noche una bomba destruyó la casa. Volvió a Roma, a vivir con su padre, y en sus calles vio desfilar a las tropas aliadas que liberaban la ciudad de la ocupación nazi. Poco después, se involucró activamente, junto a su padre, en la publicación de L’Uomo Qualunque (El hombre común), un periódico que llegó a vender 800.000 ejemplares y del que derivó un partido político que tuvo 30 diputados en 1946.

Un año después, Giorgio tomó una decisión trascendental: emigrar a la Argentina. El biógrafo, su nieto, nunca logró encontrar los motivos de esa opción que modificaría definitivamente la vida de Giorgio y la de sus hijos.

«Me amaba, pero me quería destruir»

El primer trabajo de Franco Macri en la Argentina fue en una constructora italiana que construía las viviendas de lo que sería Ciudad Evita. Un año más tarde, ya tenía un pequeño grupo de obreros con los que inició pequeñas obras en paralelo a su trabajo principal. Esos emprendimientos serían el germen de empresas que terminarían conformando uno de los principales grupos del sector. La construcción de la Central Atucha en los años 60 sería un punto de inflexión. Luego vendrían otras obras emblemáticas, como las torres de Catalinas Norte, el puente que une Resistencia y Corrientes, y la ampliación de la autopista Panamericana.

La diversificación fue lo que transformó a Macri en el mayor empleador de la Argentina. Forjó el primer unicornio argentino, antes de que existiera la denominación; a principios de los 90, su holding alcanzó una valuación superior a los 1.500 millones de dólares. ¿Cómo lo logró? “Quería más, siempre; fue un absoluto risk taker; no tenía apego al dinero, apostaba a doble o nada; su lógica fue la de hacer -reinvirtiendo- y no la de acumular”, dice su hijo.

La biografía insiste en desconectar la suerte de Franco Macri de una vinculación política específica y, en particular, de las presidencias de Carlos Menem. “Cuando fue electo, Franco ya era el empresario número uno de la Argentina; controlaba casi la mitad del mercado automotriz (con Sevel), tenía la mayor empresa de celulares (Movicom) y la tercera constructora (Sideco). En el final del segundo mandato menemista, Franco había caído a la posición número 17″. El biógrafo reconoce, no obstante, el “oficialismo constante” de su padre. “Lo fue siempre, como todos los grandes empresarios”, aclara.

La bajada en la tapa del libro tiene un gancho perfecto para alimentar la curiosidad del lector: “La historia de mi mayor maestro y mi gran antagonista”.
La crisis de 2001 engendró al kirchnerismo y al Pro/Cambiemos. El conductor de este último espacio es el producto de su padre – “nada de lo que soy y alcancé habría sido posible sin él”, confiesa– pero también de una resistencia filial a lo que el deseo paterno buscaba en su primogénito. “Me echaba y me contrataba todas las semanas.Me decía que era el mejor; momentos después me decía que no entendía nada y que era el culpable de errores que él cometía”.

El 24 de agosto de 1991 cambió el modo de vida de los Macri. Los transformó, de un momento a otro, en una familia de altísima visibilidad pública. No por la exposición de la actividad empresaria de Franco, sino por el inicio del secuestro de su hijo Mauricio. Ese fue el primero de los 14 días en los que estuvo en cautiverio, en manos de un grupo de ex comisarios y sus cómplices. Después de su liberación, nada sería igual. Franco, quien condujo la estrategia de negociación con los secuestradores, sintió que la deuda que tenía su hijo con él era ilimitada. “Ahora era mi salvador”, dice Mauricio. Pero en esas dos semanas en las que descontaba que lo iban a matar -, germinó en el sucesor del megaempresario el deseo de dejar de serlo.

En 1995, Mauricio se alejó del holding paterno para perseguir su sueño de presidir Boca. Luego vendría el proyecto de gobernar la ciudad y, más tarde, el país. En cada una de esas iniciativas, tuvo una oposición constante de su padre. Decía que eran pérdidas de tiempo, planes que fracasarían; o hacía declaraciones públicas muy incómodas y dolorosas, como que sería bueno “un presidente proveniente de La Cámpora”.

Los 90 también fueron el primer tramo de un período en el que los aciertos empresarios de las tres décadas anteriores fueron sucedidos por mayúsculas equivocaciones. Una de ellas fue abandonar la explotación de limones en Tucumán – vendió Citrus Trade a San Miguel – para comprar la fábrica de galletas Canale y empresas alimenticias en Brasil, que derivaron en perjuicios por cientos de millones de dólares. Perdió Sevel, una de sus mayores obras, por malas negociaciones con Fiat. Luego vendría la gestión del Correo, que lo obligaría a presentarse en convocatoria de acreedores, y que funcionaría como factor de presión y represalia de los Kirchner para intentar neutralizar la carrera política del fundador del PRO.

En 2014, cuando se acrecentaban en Franco los extravíos generados por los avances de una demencia senil, Mauricio Macri visitó por primera vez Polistena y San Giorgio Morgeto, el pueblo calabrés de sus abuelos, y el lugar de la infancia paterna. Lanzado a la candidatura presidencial, intentaba llenar algunas lagunas de su origen. Vio el nombre Macri grabado en un monumento dedicado a los caídos de la guerra. Visitó una panadería atendida por sus primos. Repasó fotos familiares con Renata, prima hermana de su padre. Y encontró, intacta por más de un siglo, la casa en la que nació y vivió Franco. “Si las cosas hubieran sido apenas un poco distintas, yo perfectamente podría haber nacido y vivido siempre en Polistena”, reflexionaba Mauricio en esos días.

A su regreso al país, encaró los últimos doce meses de su carrera a la presidencia. Luego vendría la ilusión del primer bienio y el desencanto inaugurado por una tormenta de piedras sobre el Congreso. Transcurrirían los cuatro años del primer presidente no peronista en terminar su mandato desde 1946. Y el tiempo de la despedida de un hijo y un padre, secuestrado progresivamente por su deterioro neurológico. Llegaron a abrazarse en la asunción presidencial en diciembre de 2015. Y a despedirse, a su manera, en una charla en la que Franco, abrumado por su decadencia, le pidió que lo ayudara a librarse de esa condena. Fue el final de la lucidez de ese padre que simultáneamente amaba y boicoteaba a su hijo, del constructor desmesurado que terminó autodestruyéndose, del hombre que había empujado constantemente los límites de una vida y que ya no quería continuar con la suya.

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