Opinión Política

Una democracia producto de la derrota

Claudio Uriarte (1959-2007), escribió una biografía no autorizada del almirante Emilio Massera, uno de los jerarcas del proceso militar. Fernando Rosso dijo que se trata de un libro incómodo que parece escrito para el presente. El sentido de la dictadura.

Por Fernando Rosso (Panamarevista)

Hay libros que aparecen cuando todavía está fresca la pintura de la época y, sin embargo, ya vienen con el bisturí en la mano. Almirante Cero de Claudio Uriarte fue uno de esos libros. Formalmente es una biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera; su contenido es uno de los ensayos más lúcidos sobre la Argentina contemporánea. Llegó cuando la democracia empezaba a acostumbrarse a su propia versión de la historia reciente, cuando el relato público tendía a ordenarse en vitrinas enfrentadas y autosuficientes. Uriarte prefirió tocar lo que no se tocaba. Corrió una mesa para preguntar por lo que faltaba en la escena. En vez de discutir solo los hechos, discutió el modo en que empezábamos a contarlos. Miraba la dictadura, sí, pero también miraba la fábrica de sentido que la rodeaba, la encuadraba, la transformaba en pasado clausurado.

De un lado estaba la versión condensada en discursos, marchas, condenas y una épica de duelo que, con razón, pedía justicia por las víctimas y señalaba responsables. Del otro, la derecha que todavía se animaba a defender a los jerarcas militares como salvadores de una Nación al borde del abismo. Uriarte eligió otro camino. Se metió con la política, con sus continuidades, con su lógica de clase, con su persistencia incluso en el corazón del terror. Y esa elección dejó una incomodidad que el libro conserva como si estuviera escrito para el presente.

Si la dictadura fue un hecho de pura violencia sin racionalidad política, entonces con la respuesta moral alcanzaba. Almirante Cero sostuvo, sin embargo, una idea que cambiaba la perspectiva. Incluso en los años en que parecía que el poder salía mecánicamente de la punta del fusil o de los sótanos de los centros clandestinos, la política actuaba. Sus leyes regían también en esa bruma. La dictadura fue la continuación de la política por otros medios, con instrumentos que incluyeron episodios de guerra civil, decretos de aniquilamiento, administración del terror y un ordenamiento quirúrgico de enemigos y aliados. Si el Proceso fue una política del Estado y una política de clase, entonces la pregunta no se agotaba en la condena. Se volvía inevitable indagar por el conflicto que lo hizo posible y por la sociedad que sufrió ese modo de resolverlo. La pregunta se estiraba hacia atrás. ¿Qué trance vino a cerrar, a qué le temían quienes mandaban, qué tipo de sociedad requería ese método para estabilizarse?

Ahí apareció el Cordobazo como bisagra y acontecimiento fundacional. Uriarte lo leyó como apertura de un período de lucha de clases aguda que se transformó en lucha política. Una experiencia colectiva que desafió seriamente al régimen del capital. En esa lectura, la llamada “guerra sucia” adoptó otra forma. No fue el capricho armado de una sociedad enloquecida. Fue una guerra contra un enemigo común, la clase obrera, cuando el riesgo dejaba de ser retórico y empezaba a oler a pérdida de privilegios.

ESMA, ¿patrimonio mundial?

Las organizaciones político-militares podían funcionar como casus belli, como dice Uriarte, para el dispositivo genocida. Pero el fundamento último estaba en otra parte. Lo esencial era el temor de arriba a que el mundo conocido dejara de obedecer sobre todo en los núcleos productivos en los que se gesta la ganancia. Entonces los agentes militares pusieron la casa en orden y a cada uno en su lugar. En ese punto, Uriarte se adelantó a lo que años después se llamaría un “cuarto relato”, una explicación que no se contentaba con denunciar el crimen y buscaba su función histórica. En todo el andamiaje del libro resuena el eco de las críticas al alfonsinismo de aquel Fogwill francotirador de los primeros años ochenta.

El segundo acierto del libro fue señalar el punto ciego de cierto derechohumanismo. Uriarte no le discutía su valor ni su coraje. Registró su potencia histórica. Un movimiento valiente y progresivo que, empujado por la búsqueda de justicia, desnudó el espanto al que puede recurrir el Estado, identificó responsables, habilitó juicios, rompió la trama de silencio. Pero al mismo tiempo abrió una incomodidad conceptual. La igualación del hombre abstracto con derechos universales no explica por sí sola la configuración concreta de una sociedad dividida en clases.

Los derechos, en una sociedad capitalista, se enuncian universales y se aplican con frontera. Los escasos derechos del trabajador terminan donde empieza una constitución entera al servicio de la propiedad privada. Hay territorios donde la democracia se vuelve decorado y la regla real es otra, la del estado de excepción cotidiano que gobierna con mano de hierro en la tiranía fabril o empresarial. De esa sociedad emergió el llamado Proceso. Y allí encontró raíces en sus derrotas, en sus errores y en las tragedias de sus intentos revolucionarios. Una experiencia de poco más de un lustro que, vista desde hoy, puede pensarse como el último gran ensayo general.

El tercer aporte de Almirante Cero tuvo algo de jugada arriesgada, pero no fue un gesto para provocar. Fue un diagnósticoUriarte describió la dialéctica de la victoria que contiene su propia derrota y la derrota que esconde una victoria posible. Y lo hizo con una lucidez perturbadora: Alfonsín como el mejor producto político civil de la dictadura militar, es decir, de Massera. La hipótesis funciona como llave para leer la época.

Porque lo que nació en 1983 no es solo un régimen constitucional. Es una arquitectura institucional atravesada por el fracaso de una posibilidad revolucionaria. Una democracia de la derrota. El militante reconvertido en ciudadano como resultado de esa encarnación histórica. El triunfo de la democracia sobre el fracaso de la revolución, una democracia poscontrarrevolucionaria. El ciudadano “aprendió” a autocensurar sus aspiraciones. “Aprendió”, también, a no imaginar un más allá del horizonte de la democracia burguesa. O fue obligado a “aprender” con el terror aplicado en los sótanos del Estado, pero esparcido sobre todo el cuerpo social en la superficie.

La escena se puede condensar en una línea que Uriarte rescató sin necesidad de subrayados. Massera, en su alegato final, dijo algo parecido a esto: ustedes están acá “haciendo justicia” porque nosotros ganamos la guerra. Había una cuota de verdad en esa brutalidad. Una verdad que no justificaba nada y sin embargo explicaba mucho. La democracia apareció como envoltura política de un orden social ya reacomodado a sangre y fuego.

El final amargo de la primavera democrática de los ochenta, con hiperinflación y quiebre económico, abrió la puerta a otro personaje. El ciudadano consumista de los noventa. La promesa dejó de ser justicia o libertad y pasó a ser estabilidad, acceso, crédito, mercancía. La política aprendió a administrarse como gestión del deseo de sobrevivir.

Luego vino el 2001. Ese estallido funcionó como una reversión parcial del legado de la dictadura, o al menos como una fisura. Para contener el pos-2001, el kirchnerismo construyó una mezcla, una mélangé entre una reivindicación general y acuosa de los setenta como heroísmo, pero también como “enfermedad infantil”, tamizada por los derechos humanos de los ochenta, bajo la estructura del consumismo de los noventa.

En economía fue posneoliberal en tres sentidos, y conviene sostener las tres capas porque ahí está la definición. Vino después del neoliberalismo, se constituyó sobre sus bases y se permitió incursiones tímidas sobre algunos postulados, sin alterar el núcleo duro. En ciertas áreas incluso lo reafirmó, como en la precarización laboral y la matriz extractivista, incluida la minería: la gallina de los huevos del experimento mileísta.

En política se erigió como una especie de etapa superior del alfonsinismo. Levantó banderas los derechos humanos e impulsó consumo para todos y todas. Consumismo más derechos humanos (“Frávega + derechos humanos”, graficaría Martín Rodríguez), bajo un manto de reivindicación moral de una juventud militante, maravillosa, única y, sobre todo, irrepetible en sus contornos más disruptivos.

La operación de rescate se hizo dentro de los marcos impuestos por la derrota. Bajo el balance despolitizado del Nunca Más, con prólogo retocado y repolitizado, pero sin cambio sustancial del marco estratégico legado por la dictadura. Y allí reapareció el Almirante Cero como cerebro alarmante y perverso, menos por su singularidad demoníaca que por su eficacia histórica.

Porque el rostro de Massera y sus cómplices de las Juntas fue el instrumento del que se valieron los dueños del país para ponerse a salvo a cualquier precio. El fin justificó los medios. Una vez garantizado el fin, aniquilar la insurgencia obrera, debía acabarse la rabia. Malvinas fue un intento de los militares de perpetuarse en el poder con la coartada de una causa justa. La derrota indigna apuró su salida con el concurso de la movilización popular.

Almirante Cero narró el álgebra de esa contrarrevolución. La mecánica. Las huellas profundas que dejó en la sociedad y la determinación que ejerció sobre el personal político del régimen constitucional. Massera quiso ser al mismo tiempo estratega de la contrarrevolución y líder político de la reacción democrática. Quiso transformar la sangre en capital político. Unir la sangre y el tiempo. Pero el Proceso ya había cumplido su misión. Massera era el candidato del Proceso y el Proceso murió políticamente cuando murió la dictadura como proyecto político extremo de los dueños del país. La casa estaba en orden y el capital podía y debía volver a cubrirse con su mejor envoltura. El “partido militar” ya había cumplido su tarea histórica y debía retirarse de la escena. El Diario de una temporada en el Quinto Piso de Juan Carlos Torre puede leerse – entre muchas otras cosas – como la crónica del disciplinamiento logrado por la dictadura sobre la política tradicional.

El libro de Uriarte tuvo la virtud perturbadora de mostrar qué se escondía detrás de esa fachada. Una democracia con herencia oscura, con juicio y algunos castigos a jerarcas que ya eran irreales por innecesarios, mientras se salvaba el conjunto del régimen político y social. El carácter endeble y gaseoso de los avances de las últimas cuatro décadas queda expuesto en la facilidad con la que la derecha retorna al kilómetro cero del andar de la democracia que parió el Proceso.

Ahí vuelve, como un eco, la pregunta de Uriarte. No la pregunta por la monstruosidad, que es evidente, sino la pregunta por la función. ¿Qué vino a hacer ese monstruo? ¿A quién le resolvió qué? ¿Cómo se transforma una contrarrevolución en sentido común democrático? ¿Cómo se fabrica un ciudadano que agradece existir dentro de los límites que le marcaron?

Almirante Cerono no prende una vela ni pide un minuto de silencio: pide que levantemos la alfombra y miremos el mecanismo, el engranaje que convirtió una guerra social en una moral pública administrable. La pregunta dejó de ser “cómo fue posible” para volverse más peligrosa: qué pacto se sostuvo después para que siguiera siendo rentable. Una sociedad se juzga también por lo que decide no tocar. El libro discutió el contrato, no el decorado; por eso el almirante es un método antes que un personaje. Si la dictadura tuvo una función, queda abierto quién la sigue usando. Mientras esa respuesta no aparezca, este régimen político camina sobre hielo fino: parece firme, pero cruje.

0 comments on “Una democracia producto de la derrota

Deja un comentario