Por Miguel Gaya (Clarín)
Desde un punto de vista filosófico, la fruta debe ser analizada e inscripta en la fenomenología, mientras los postres son notoriamente platónicos. Algunas corrientes han intentado contrabandear las frutas en los conceptos platónicos, y para ello se han valido de imágenes estáticas o previas, pero el esfuerzo no ha prosperado por su notoria endeblez categórica.
El ejemplo más socorrido son las uvas. Nos hablan de uvas como racimos, elevados a la luz, para ser mordisqueadas por las musas. Pamplinas. El ser de las uvas no se expresa por racimos sino en ese momento, único y diferenciado, en que apretamos con los dientes una. Cada uva tiene su identidad, punto. Y quien ha probado una sabe que las uvas son tan múltiples como innumerables, como podría haber afirmado Borges.
Por el contrario, los postres son platónicos porque probado uno, has probado todos. Al menos en su imagen definitoria y en cada caso particular. Veamos el flan. El lector inquieto aducirá que hay infinitos flanes, de infinitas variedades. Flanes caseros, industriales, de huevo, de coco, de café o chocolate. Es cierto. Pero cuando uno muerde un flan determinado, este será igual a sí mismo hasta el final. Incluso me atrevo a afirmar lo mismo del célebre e inconmensurable queso y dulce. Queso cuartirolo, mar del plata, fresco. Dulce de membrillo, de batata, de batata con chocolate. Sin embargo, si uno comienza a comer una porción de postre vigilante su sabor se mantendrá idéntico a sí mismo desde el primer bocado al último.
Lo mismo vale para el arroz con leche o cualquier helado. El postre no cambia, aunque cada uno tenga sus características. Incluso si quien lo acomete va variando su percepción a medida que lo come. Podrá cambiar la percepción (De la alegría al hartazgo, ya sabemos la condena del deseo y del placer saciados) pero el postre se mantiene incólume del principio al fin. Es uno y es todos. Es, por derecho propio, una idea de sí mismo. Platónico, vamos.
Mientras la fruta ¡ah, la fruta! Cada fruta no solo es única, sino que además es insospechada, inesperada y cambiante.

Morder un durazno, una ciruela, es exponerse a una miríada de sensaciones diferentes, que se corresponden con el ser-en-sí de cada fruta. Y a cada fruta solo la conoceremos si la probamos. Las infinitas variaciones de cada fruta impiden una idea única de cada especie y cada fruta mordida es una experiencia irrepetible. Alguna tendrá piel más resistente, otras tendrán equilibrio diferente entre la acidez de la superficie y la dulzura de sus profundidades, la madurez de cada ejemplar nos impedirá generalizar sabores aún en aquellas que ponemos juntas en un plato.
En síntesis, conoceremos cada fruta como experiencia del sujeto, lo que nos impedirá postular para el objeto una condición única y mucho menos estable. Por eso, acudimos a las frutas como aventura, como única y trascendente experiencia de fundirnos en ellas. Alegría epistemológica de las frutas del verano.


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