Opinión Tecnología

¿Con la IA, los humanos seremos más sabios o nos someteremos a un poder superior incontrolable?

En Davos, donde los líderes mundiales sesionaron hasta el 23 de enero, figuras como Harari y Musk, expusieron sobre las oportunidades y los riesgos de la IA. Daniel Dessein trazó un panorama. Sturzenegger, de Argentina, contra las regulaciones.

Por Daniel Dessein (La Gaceta, de Tucumán)

Pasaron varios días desde la finalización del Foro de Davos y, alrededor del mundo, se escribieron miles de artículos sobre algunas de las exposiciones más resonantes, como la de Donald Trump y – su contracar- – la del primer ministro canadiense Mark Carney, considerada por el periodista John Carlin como el discurso más inspirador de lo que va del siglo. O, entre nosotros, la de Javier Milei. Pero quizás, entre las 200 sesiones que tuvieron lugar allí, la más densa e inquietante, a la que conviene darle una vuelta de tuerca, fue la charla de Yuval Harari.

El macrohistoriador israelí, célebre por su teoría sobre la preeminencia humana basada en su capacidad de cooperar a gran escala a través de relatos y palabras, advirtió que es posible que ese superpoder esté llegando a su última encrucijada. Por primera vez hay un ente que puede usarlo mejor que nuestra especie. Todo lo que esté conformado por palabras – libros, leyes, religiones, etc. – será dominado por la IA, vaticina. Y esto nos lleva a una crisis de identidad. Los humanos nos definimos por nuestra capacidad de pensar y ahora hemos creado algo que puede hacerlo – si la definimos como la aptitud de combinar palabras dotándolas de sentido – mejor que nosotros. Algo, dice Harari, que no es una herramienta más – como un cuchillo, que podemos usar para cortar comida o para matar – sino un agente que puede diseñar esos cuchillos y tomar la decisión de usarlos para cortar una manzana o a un humano.

Harari les habló a los líderes del mundo que lo escuchaban: “Ustedes deben decidir en sus países si reconocerán a los agentes de IA como personas legales”. En otra de las sesiones de Davos, el ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, pareció responder a la interpelación de Harari: “Mi única tarea es que no aparezca ninguna ley de inteligencia artificial”. Una alfombra roja a un mundo incierto, nutrido por la confianza en que la “mano invisible” de la IA ordenará las cosas.

Hay una oportunidad económica relevante en este campo. Nuestro país tiene la extensión, el clima, una política de captación de capitales (RIGI) y los recursos energéticos y humanos para convertirse en un polo de desarrollo de centros de almacenamiento de datos para empresas de IA. Pero lo más seductor para estos actores pasa por la ausencia de límites que condicionen su evolución. Para poner algunas cifras, Sam Altman – CEO de OpenAI, la empresa desarrolladora de ChatGPT – anunció su intención (por ahora, una expresión de deseos) de invertir 25.000 millones de dólares en la Argentina.

La oportunidad requiere premisas hoy muy verdes. Una ampliación de la capacidad de desarrollo de energía eléctrica y nuclear acorde a la eventual demanda, lo que implica inversión de un Estado que todavía no tiene acceso fluido al crédito y de privados todavía reacios ante la falta de previsibilidad de largo plazo. La falta de un plan para el desarrollo de modelos propios, de un plan de formación de talento local y de mecanismos de control de datos generan dudas entre los críticos de la iniciativa gubernamental.

La IA viene a poner el dedo en la llaga de nuestras heridas narcisistas. Casi todo lo que hacemos – sobre lo que construimos parte de nuestra identidad – puede ser sustituido por la tecnología. La pregunta de nuestro tiempo es qué es insustituiblemente humano. La pregunta en las empresas, se repitió en Davos, será quién o qué es reemplazable por un bot y por qué todavía no fue reemplazado.

En este punto, vale la pena atender lo que dijo en Davos Jamie Dimon, CEO de JPMorgan, banco en el que trabajó buena parte del equipo económico argentino. La voz de Dimon es una de las más potentes, en el mundo financiero, entre las que han apoyado el proceso de reformas de Milei. Viajó a Buenos Aires en octubre pasado, días después del momento financiero más crítico de la actual gestión, y dijo que la asistencia del Tesoro norteamericano podía ser superflua porque había inversiones por 100.000 millones de dólares buscando el momento para desembarcar en nuestras costas. El combo necesario para que ocurra es energía, talento y previsibilidad (permanencia de ciertas reglas y ausencia de otras).

Dimon advirtió en Davos que la destrucción de empleo humano que generará la IA debe ser manejada con prudencia por los gobiernos – de lo contrario habrá gran inestabilidad social – y por las empresas, con capacitación para el desarrollo de nuevas habilidades y gestión de los tiempos de la transición. Inevitablemente, advierte, habrá muchos menos empleos.

Los tecnofílicos de Davos hicieron cola para conseguir un lugar en la entrevista pública a Elon Musk. “No queremos terminar en una película como Terminator, pero, con cuidado, a través de la expansión de la IA y la robótica, podremos ver una explosión de la economía mundial que redunde en abundancia y un incremento del nivel de vida de la humanidad sin precedentesEn cinco años la IA será más inteligente que todos los humanos juntos”, introdujo el CEO de SpaceX y Tesla. “Mi predicción es que habrá más robots que humanos y que cubrirán la mayoría de nuestras necesidades. Todos tendremos un robot que cuidará a nuestros chicos o a nuestros padres o mascotas… Para fines del año que viene nosotros estaremos vendiendo robots humanoides”, agregó.

Musk habló de los autos autónomos como ejemplo de los riesgos tecnológicos versus los humanos: “Los Tesla autónomos – dijo – evolucionaron tanto que las compañías de seguros están cobrando pólizas un 50 % más baratas que las de los autos convencionales”. Se despidió de la audiencia con esta frase: “Para la calidad de vida es mejor estar del lado de los optimistas equivocados que de los pesimistas que aciertan”.

Sabiduría compartida

Alex Pentland fue uno de los anfitriones de los equipos técnicos en Davos. Es el director del programa de Big Data del Foro, además de destacado profesor del MIT, considerado uno de los mayores científicos de datos del mundo. Trabajó en investigaciones con algunos de los “padres de la IA” – como Marvin Minsky y el Nobel de Física Geoffrey Hinton – y en su regulación con varios mandatarios europeos. Acaba de publicar Sabiduría compartida, libro en el que sostiene que la clave, para la consolidación democrática y de nuestros esquemas de convivencia, no es bloquear los adelantos de la IA sino canalizarlos para potenciar las mejores capacidades humanas: la deliberación, la cooperación, la confianza.

Debemos crear instituciones ágiles y transparentes para reemplazar a las actuales. Tenemos formatos legislativos del siglo XVIII que generan leyes aplicadas por burocracias con ritmos decimonónicos. Pocos legisladores están a la altura del reto. Muchos menos están pensando en esquemas normativos que no sean más que rígidas limitaciones, en lugar de apreciar las oportunidades que brinda la IA.

En tiempos en que el ruido, la desinformación y la agresión impregnan las redes -en las que se desarrolla buena parte del debate público, la IA puede ayudarnos a encontrar nuevas formas para discutir, decidir y actuar. Y a regenerar la confianza dañada, que es clave para la deliberación democrática y la acción colectiva.

La regulación debe apuntar a los grandes riesgos que abre la IA, como el de la propiedad de los datos, la concentración del control, la seguridad y los sesgos. Quizás el mayor de ellos es la concentración de poder en manos de muy pocas compañías.

Pasapalabra

Harari dice que, hasta ahora, los humanos transformamos el mundo con palabras. Influimos en otros, y otros influyen en nosotros, con intercambios a través del lenguaje. Este artículo no es más que una combinación de palabras con las que intento transmitir algunas ideas al lector. Esa práctica tan humana, advierte Harari, podría estar transitando los primeros días de su ocaso.

Los humanos, complementa Pentland, conforman una especie que construye conocimiento compartiendo historias. A lo largo del tiempo, partes de esa inteligencia colectiva – las historias que son ampliamente aceptadas – configuran una sabiduría compartida que consolida la armonía y mejora la calidad de vida comunitaria.

Este proceso puede ser acelerado o perjudicado por la tecnología. A través de los milenios, generamos prácticas y estructuras como discusiones en torno a una fogata, ciudades en las que convivían diversas comunidades y sistemas para el desarrollo de la literatura científica y el debate: innovaciones que aceleran la propagación de la sabiduría compartida. Las últimas tecnologías han incrementado el proceso a niveles que superan la capacidad de adaptación de las instituciones. El desafío hoy es aprender a usar la tecnología para mejorar la forma de entender y entendernos.

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