Medio ambiente Opinión

Precipicios sin baranda de contención

Hay quienes no quieren ser solo observadores de la inhumanidad que fluye como tinta sangre en un papel secante. Elguezábal, experto en medio ambiente, propone una nueva articulación para garantizar estados de libertad e independencia de todo lo vivo. ¡Agite!

Por Sergio Elguezábal (Página 12)

Le doy vueltas a la cosa que quiero decir, frente a una ventana semi abierta que me deja ver y oír la lluvia. Lluvia bendita, decía papá que se crió y vivió poco más de la mitad de su vida en el campo. Miro, por esa ventana entreabierta, como se desliza la lluvia por un paredón despintado que tengo enfrente. Él fue un agraciado que veía el monte, las vacas y algún caballo, a veces con un pajarito en el lomo. Siempre me llamaron la atención esos pájaros desfachatados que se pasean a caballo en medio del potrero. En fin, todo eso veía papá, en el marco de ese horizonte pampeano tan amado.

La lluvia bendita. Bendecían la lluvia y se alegraban cuando volvía a salir el sol, porque la lluvia y el sol eran el único alimento para que madure la cosecha, aquello que le daba vida a la huerta, lo que hacia reverdecer las pasturas para los animales. Sin riego artificial, sin necesidad de lograr rendimientos extravagantes sobrepasando los límites de la naturaleza, sin toneladas de pesticidas, sin “el paquete tecnológico” como le dicen a los venenos, con pretendida elegancia, los agentes de los laboratorios que engordan sus ventas a lo largo y ancho del país y embolsan las ganancias para sacarlas rapidito fuera. En realidad lo hacen en todo el mundo. El 70% del suelo europeo está contaminado con pesticidas elaborados con productos artificiales y tóxicos. El glifosato, muy conocido entre nosotros, fue el más detectado según el nuevo estudio que acaba de publicar la revista especializada Nature.

Es neurálgico el cambio radical que estamos viviendo, no solo en las tareas rurales. Son impresionantes las transformaciones que afloran. Y son tan disruptivas que por momentos se presentan con una crueldad impensada. Estamos siendo un poco brutales en lo que decimos, un poco brutales en lo que hacemos. El primer impacto del cambio de paradigma está sonando, lo estamos sintiendo, inhumano.

Inhumanos los discursos públicos.

Inhumanos quiénes los producen.

Inhumana la tecnología, al menos en parte de sus rasgos.

Inhumano perder ocupaciones laborales a destajo.

Inhumano malograr los bosques o los glaciares, fuentes de vida irrefutables.

Inhumano pensar que todo lo remedia una economía que no puede solucionar lo esencial: garantizar comida, salud, educación y techo a las personas.

Se dio vuelta la tortilla, es cierto. Aunque creo que ni alcanza ese viejo dicho para nombrar lo que sucede. Todo quedaría reducido a una cuestión binaria; y es más que eso. Se da vuelta la tortilla y del otro lado puede estar más o menos cocida. Fin del dilema, no hay muchas posibilidades más. En cambio, el siglo que protagonizamos muestra que no hay dos caras definidas, son múltiples las facetas y el terreno donde nos desenvolvemos aparece escarpado, lleno de accidentes geográficos y con precipicios donde antes había unas barandas de contención, algún aviso de peligro inminente. Esos resguardos hoy ya no están.

¿Qué hacer? ¿Qué decir? ¿Cómo actuar? ¿Qué podría serenarnos para tomar mejores decisiones? ¿Volveremos a tener certezas o será un mundo repleto de incertidumbre, lo contrario a ese camino que más o menos conocíamos?

Probablemente, asumir ese desconcierto que nos embarga, sea un paso necesario.

Oponernos obstinadamente a lo que estamos sintiendo, sería un contrasentido y hasta podría enfermarnos.

¿Qué hace falta para crear comunidad hoy, para consolidar un nuevo sujeto político que pueda ser parte y no espectador de lo que nos sucede? Hay que encontrar frases, una descripción aglutinante, para definir la respuesta. A mí se me ocurre una palabra, una sola. Una palabra muy dicha, no es desconocida, no traigo una palabra nueva sino que quiero rescatar una palabra que solemos repetir. Mejor dicho, quiero proponer su resignificación. La palabra es articular. Es decir unir dos o varias piezas que mantengan entre sí alguna libertad de movimiento. Para hablar hacemos el ejercicio de articular las cuerdas vocales, la respiración, la lengua, los labios y hasta los dientes. Pero ese modo de articular convencional es insuficiente. Hace falta construir algo sobre la base de seres interdependientes y que incluya a todos los seres vivos. La comunidad de todos aquellos que habitamos y hacemos posible la vida en la Tierra.

La nueva articulación, para empezar a resignificar la palabra, tiene que ver con el ejercicio de conectar entre personas, vecinos, diferentes oficios, colectivos, profesiones, comunidades, credos, todo lo que tenga que ver con lo humano pero, además, ensayar la capacidad de articular con otros ecosistemas. Saber que si hay dunas o un humedal no se puede construir un edificio, que si hay un glaciar no hay nada que tenga más valor para la vida que esa acumulación de hielo y nieve que almacena casi el 80% del agua dulce del planeta. Que tajear la selva para abrir una carretera tendrá consecuencias directas para la fauna porque estaremos acorralando (despojándolos de su libertad) y dejando sin territorio ni alimento a especies valiosísimas como el yaguareté, el oso de anteojos o el Aguará guazú. Articular con otras esferas vitales para garantizar estados de libertad e independencia de todo lo vivo. De lo contrario terminaremos, en nombre de la idea obsoleta de progreso y bienestar, asfixiando toda forma de vida, incluida la de los propios humanos.

Alianza natural: el caballo y las aves

Le sumaría la idea de agitar, necesitamos movernos para crear nuevas formas de vincularnos con el entorno y nosotros mismos. Salir de la pasividad a la que nos invitaba ese estado de bienestar o comodidad que ya no será. Si hay una palabra que hoy no funciona es esa: comodidad. Pretender vivir cómodos en un mundo cambiante es una contradicción fácil de ver. En todo caso tendremos mayor resiliencia o no, mayor capacidad de adaptación o no. Pero cómodos, lo que se dice cómodos, no vamos a estar en las próximas décadas. Nada bueno vendrá si nos quedamos mirando. Porque además, si antes teníamos la referencia del tiempo pasado, del hacer de nuestros abuelos, de aquellos hábitos pretéritos, eso tampoco está. No hay tiempo para el atrás. No hay atrás, como cuando uno se tira en paracaídas. Una vez que saltaste no es necesario ni recomendable mirar atrás porque no se puede volver a la plataforma móvil desde donde nos lanzamos. Lo importante es ir con la cabeza hacia arriba, hacia delante, en dirección al horizonte y con la mirada en lo posible relajada para disfrutar con serenidad y alegría el panorama.

El adelante que nos deja perplejos, también es frondoso, también está lleno de desafíos que nos convocan. Porque, efectivamente no hay atrás pero sí, hay adentro. Y a esas fuerzas haría falta convocar. A lo que llevamos dentro, a todo aquello que nos constituye y podría permitirnos reconocer una nueva noción de Humanidad capaz de sentir, agitar y articular.

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