Por Sergio Sinay
Cuando la única finalidad del oficio, la tarea o la profesión que alguien ejerce se reduce a “ganarse la vida”, las personas se convierten en simples piezas de una enorme maquinaria destinada a mantener funcionando un sistema económico y social que en el mundo occidental se llama capitalismo. Así fue adoptando diferentes modalidades, desde el capitalismo productivo inicial, a la salida de la Revolución Industrial en la segunda mitad del siglo XVIII, hasta el financiero y de plataformas en la actualidad.
En este sistema la gran mayoría de piezas (es decir, personas que trabajan) son perecederas, descartables y remplazables, y se procura que resulten cada vez más baratas. El espíritu de la meneada reforma laboral discutida en estos días, y que es objeto de variadas negociaciones y transas políticas, económicas y sindicales, reside ahí.
Hay en el tema algo que excede al país y a la situación y tiene que ver con lo que es hoy globalmente el trabajo en la vida de las personas. Un medio de subsistencia que, al margen de su alta o baja retribución económica, las convierte en simples objetos. El humano es un ser transformador por naturaleza; y el trabajo es una de las vías esenciales a través de las cuales puede expresar su potencial creativo, explorar el sentido de su vida, dejar una huella de su existencia, poner en acto sus valores, construir encuentros y vínculos con el otro y consagrarse como ser social.
Si es reducido a simple pieza de una maquinaria cuyos operadores esperan de él los menores costos y la máxima rentabilidad todo el sentido trascendente del trabajo se esfuma. Y las largas y muchas horas que una persona dedica a “ganarse la vida” (tiempo que no puede brindar a sus vínculos cercanos, queridos e importantes, tiempo ausente para necesidades espirituales y vocaciones postergadas) terminan en una vida apenas vegetativa, vacía de sentido.
Se ajustan las piezas al máximo para extraerles el mayor rendimiento posible antes del remplazo o el descarte, y se postergan o cancelan respuestas a la pregunta que rodea al humano en tanto “homo laborans”: ¿para qué trabajamos? Para “ganarse” una vida vacía, no debería ser la respuesta.


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