Por Horacio Gómez Zaragoza de la Rosa de Córdoba
«¿Cómo estás?». Esta es una pregunta tan ordinaria que resulta complicado buscar otro interrogante igual de repetido en la vida cotidiana. Sin embargo, esas dos palabras pueden ser el desencadenante de inusuales escenarios, desde los más hermosos a los más violentos.
No es que la gente subestime el poder de las palabras, sino que es más simple tomar las cosas de forma rutinaria y mecánica. ¿Para qué detenerse en la verdadera intención del otro? ¿para qué empatizar? Si uno está apurado y lo único que importa es lo propio, porque el mundo es cruel y al no habernos nadie dado una mano, nosotros tampoco lo haremos.
Creyendo justificada nuestra indiferencia con la ridiculez anteriormente dicha, avanzamos por la tierra sin mirar ni contemplar. Como aquel que busca, perdemos la posibilidad de apreciar lo que nos rodea, porque buscar significa concentrarse en algo obstinadamente. La igualdad de las cosas y, aun más importante, de las personas se destruye, fijándose la atención en un deseo o un aplauso virtual conocido como «Me Gusta».
No es que desear esté mal. Es un impulso vital para la socialización, esa actividad que caracteriza nuestra especie. Pero en el deseo está el diablo, mientras que en el placer está Dios. ¿La diferencia? El placer no duele.
De allí una curiosidad que es posible deducir: ¿Qué pasaría si dejáramos de desear y a la vez no renunciáramos al goce? Probablemente perderíamos movimiento, aunque podríamos llegar a tener menos dolor.
Tal planteo es parecido a lo que ocurre cuando se toca una olla hirviendo sin utilizar un repasador. Los dedos se queman y la mano salta enseguida. A la segunda vez que vamos a ir a colar los fideos, vea usted si no tiene ya el utensilio protector en la mano.
¿Por qué no podría ocurrir lo mismo con los sentimientos? Se sigue buscando a pesar de tener dentro el indicador que pide no volver, pero que en el mayor engaño conocido en el mundo pareciera significar lo contrario. Si se sufre es porque más se lo necesita. O al menos así se considera.
No se a dónde va este escrito. Además de ser una crítica social, es el esbozo de un panorama que parece crudo, aunque también ciertamente reversible. Como todo en esta vida.
Imagen destacada: «Edipo se despide de Yocasta» (1843), del pintor francés Alexandre Cabanel.


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