Por Vicente Palermo (Clarín)
Hace unos años tuve un ruidoso altercado con Juan Grabois. Fue público – él llevó la mejor parte en conducta – y lo puedo contar. En una charla del Club Político Argentino, Grabois arremetió contra el concepto de productividad. Tras menospreciarlo, agregó que no se podía medir.
Me pareció insólito, pero no abrí la boca. Hasta que ilustró: por ejemplo, ¿alguien me puede explicar cuál es la productividad de un investigador del Conicet? Me colgué alevosamente de esa pregunta retórica, y perdiendo la compostura salté de mi asiento y exclamé furioso que yo le podía explicar. Alcancé a decir que tenía unos cuántos libros publicados. Grabois, haciendo gala de su pericia en debates acalorados, me exigió que lo dejara continuar, mientras varios socios me sentaron a la fuerza. Fue un papelón.
Recordé el episodio al escuchar, respetuosamente, el discurso del presidente al inaugurar las Sesiones Ordinarias, y también los mesurados intercambios con algunos oyentes. En algún momento Milei comienza a lanzarles, airado y con deleite, una invectiva: parásitos. Pedagógico, Milei explica que «El mundo sólo tiene dos tipos de personas. Los que viven de lo que otros producen, es decir, los parásitos, o sea, ustedes. Y los que producen todo lo que se hace posible en la vida moderna (Sic)”.
¿No aproxima, este abordaje parasitoso, a Milei con Grabois mucho más de lo que ambos desearían? A mi juicio, sí. Esa aproximación surge de que comparten un olímpico desprecio por la investigación científica y sus instituciones, como el Conicet, y por los políticos. Destaco la ambigüedad – sea en Grabois, sea en Milei – que producen estas afirmaciones suyas.
En Milei, parásitos no son solamente los kirchneristas sino la entera clase política (y los que alientan la justicia social, que es “vivir del trabajo ajeno”). Considero la administración de los pobres una de las peores prácticas del kirchnerismo. Pero los kirchneristas no merecen por serlo ser acusados de parásitos y tampoco la “clase política” como tal.
La política “mancha”, es un quehacer colectivo y nadie puede ser del todo ajeno a lo que se hace en el colectivo del que es parte. Pero imputar a todos, como Grabois a los investigadores y Milei a los investigadores, los kirchneristas, los políticos, es jugar con fuego.
Más aún, Milei parece creerse dueño de la capacidad de incendiar y controlar el incendio. ¿Ignora de dónde proviene el uso político del dicterio parásito, hoy exhumado? No meramente de la biología; proviene de la biopolítica, tuvo un éxito resonante que lo proyectó al mundo: los nazis capturaron la palabra como nominación predilecta de los judíos. Los judíos eran los parásitos que vivían a costa de las mejores razas, debilitándolas y corrompiéndolas, y que mediante su diabólica habilidad destructiva, amenazaban adueñarse del mundo. Por ende, debían ser exterminados.
El nazismo hace suya la oposición entre el bien y el mal absolutos – dualidad firmemente arraigada en el pensamiento filosófico de la época – y se convoca a sí mismo a una gran y definitiva batalla racial en la que todo está en juego.
Lamentablemente no exagero: el dispositivo político construido por Javier Milei no es distante. El contenido afortunadamente sí: los nazis, desde Mein Kampf en adelante, eran literales; Milei no nos amenaza (a los parásitos) con exterminios. Pero parte de una oposición radical entre el bien y el mal: defender los derechos a la vida, la libertad y la propiedad es el bien, y todo tipo de valores o políticas que sean considerados por él, como contrarios al derecho a la vida (como defender la despenalización del aborto), a la libertad (como establecer restricciones ambientales, o políticas que conjuguen libertad e igualdad y justicia social, que “es un robo”) y a la propiedad (como cobrar impuestos, “un robo” también), es el mal.
Los contenidos éticos están dados por voluntad de los buenos, que son básicamente él, Karina y sus preferencias ideológicas. Los socialistas son asesinos, “comunistas” (en rigor, los comunistas también son “comunistas”), los políticos y los kirchneristas son parásitos, restringir el comercio, la libertad, es ilegítimo y hace al político un “traidor a la patria”, coartar la libertad, robar, ser corrupto, revelan, todo mezclado, quienes son enemigos de los argentinos.
Y Milei se prepara para la Gran Batalla. Sin matices que no le agraden. Se trata de una oportunidad histórica. Y ¿los malos deben ser exterminados? Metafóricamente sí. No suena muy liberal, pero el presidente puede seguir rindiendo culto a Benegas Lynch, como el Gran Inquisidor de Dostoievski rendía culto a su importuno visitante silencioso.
Ha llegado la hora de abrazar la moral como política de Estado. Sí, Javier, el Estado sos vos, y vos definís la moral, vos le das contenido a la tradición moral occidental, a los derechos a la vida, la libertad y la propiedad, “como nación y no sólo como gobierno”. Y vos ponés los horizontes temporales: “las políticas de Estado que la Argentina necesita se miden en décadas”.
En el contexto de tu léxico, giros, retórica, lugares comunes y expresiones originales (a veces geniales), la moral política no es un resultado nunca definitivo de la lucha política, el conflicto, la negociación, los consensos democráticos; lo bueno (y lo malo) son fijados por vos en piedra, como bóveda de crucería sobre todo el camino futuro desde el año I de la Era Milei. Quienes no asumamos así las cosas, seremos deschavados por el principio de revelación y pasaremos a ser parásitos.
- Imagen destacada: escena de la película Parásitos, ganadora del Premio Oscar en 2020


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