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El Mesías y su estrella fugaz

¿La llegada del Mesías es posible entre la miseria humana del tiempo actual? Cada uno carga con la sabiduría y la tentación, en un estado diferente a quien está al lado, por las simples complejidades de pertenecer a la especie humana.

Por Norma Lafuente D’abiduría

El Mesías no llegará, al menos no por ahora. El contexto social construido hasta este presente no permite su arribo. Los seres humanos somos mezquinos, egoístas y pretenciosos. ¿Cómo vendrá conociendo lo más íntimo de nosotros sin temer que lo tratemos con la misma miseria que esparcimos en el día a día?

Tampoco es cuestión de sentenciar el suicidio colectivo. Lejos de ello (gracias a que hemos comprendido que la muerte es decisión ajena a quien la protagoniza) es tarea del creyente seguir con las fuerzas latentes. Habrá días en que nos sentiremos muy bien, mientras que en otros perderemos la fe por completo. Pero nada se iguala al pasado en el que éramos ciegos siervos de los impulsos, esclavos de la tentación.

¿Qué es la tentación? El deseo. Y como se mencionó en otra oportunidad, Dios no está allí. Eso no indica que haya que renunciar al goce. Por el contrario, lo celestial está en el placer. Ocurre que se han creado tantas cosas que parten de lo oscuro que es más fácil ir hacia ello antes que a las maravillas que nos acompañan hace milenios. Lo son la naturaleza y la sabiduría de quien ve más allá de su dolor, por nombrar a algunas.

Por esto y más, el Salvador no vendrá. ¿Para qué perder tiempo entre una especie que lo despreciaría? Una muchedumbre que no seguiría con atención su conocimiento extraordinario luego de haber alcanzado los secretos de las estrellas, revelados bajo su brazo.

El ser humano prefiere verlo en las películas. Es tan hipócrita que alaba la honestidad siempre y cuando quien la posee no sea un competidor de la vida cotidiana. Porque de tribus está hecho el hombre y no sabe vivir más que en la lógica de amigo-enemigo. «Te conozco o no, y si te desconozco te ignoro».

El Mesías nos conoce a todos, y hasta que no cambiemos su presencia no nos iluminará. Sí podemos dejarnos sorprender con su visita de vez en cuando. Aunque no sea más que el paso de una estrella fugaz.

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