Por Sergio Sinay
“Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez consciente”, advertía Martin Luther King, el luchador por los derechos civiles asesinado en 1968 en Memphis, Tennessee, por un racista estúpido e ignorante. La expansión de la imbecilidad y la ignorancia es, justamente, el tema de mi libro “El avance de la estupidez”, que se publica y llega a las librerías en estos días.
La estupidez y la ignorancia se expanden por el mundo y, como el agua de las inundaciones, se filtran y arrasan en todos los ámbitos. En la vida cotidiana y ciudadana, en la política, en el deporte, en los medios, en el uso y destino de la tecnología. Abundan los estúpidos anónimos y famosos, los estúpidos rasos y los que gobiernan países, hambrean poblaciones, desatan guerras. Hay ignorantes que se pavonean de su ignorancia. Están en todas partes y hasta lucen cargos, títulos y diplomas.

Los estúpidos piensan que no lo son, se creen más que otros, dañan y se dañan. No son graciosos, son estúpidos, y no hay que tenerles contemplación. Los ignorantes que se jactan de su oscurantismo son peligrosos porque empobrecen los vínculos y la vida de la sociedad y suelen alcanzar cargos y puestos con poder. Dirigen familias, organizaciones, países. La tecnología carente de guía ética y moral contribuye a la expansión epidémica de la estupidez y la ignorancia. Y estas dos plagas son fatales para el pensamiento crítico. Lo anulan por completo.
Salvar la inteligencia y la cultura, impulsar el pensamiento autónomo y libre, proponer y desarrollar modelos de vínculos y de vida que generen esperanza y siembren propósito y sentido son hoy imperativos que nos debemos en un mundo oscurecido e incierto. Es lo que me propongo en mi libro: describir la estupidez y la ignorancia infecciosas, denunciarlas y detectar herramientas para frenarlas y sanar la vida que ellas contaminan.


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