Por Jorge Castro
¿Qué fue el primer shock chino que arrasó con la industrialización manufacturera del Medio Oeste, y golpeó profundamente a los trabajadores industriales estadounidenses, que a su vez reaccionaron eligiendo como abanderado a un completo “outsider” como era entonces Donald Trump?
El cálculo del iforme especial del “Financial Times” sobre estos acontecimientos señala que en los primeros siete años del 2000, el superávit de cuenta corriente de China se multiplicó por 8 puntos porcentuales, mientras que el volumen de los bienes físicos exportados se cuadruplicó en el mismo periodo.
Esto ocurrió tras el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, auspiciado por el presidente norteamericano Bill Clinton. En ese momento las exportaciones de la República Popular China aumentaron más de 30% por año. El país más afectado por este feroz impulso “des-industrializador” fue Estados Unidos, la única superpotencia unipolar después de la caída de la Unión Soviética en 1991.
Así fue como en la cúspide de su poderío, la superpotencia unipolar norteamericana sembró las simientes de su propia y ruinosa “des-industrialización”, que después se extendería al mundo entero. En cambio, ahora el superávit de cuenta corriente de la República Popular se ha elevado sólo tres veces entre 2018 y 2025 y sus ventas externas de bienes físicos crecieron un modesto 50%.
Claro que en ese periodo de veinticuatro años el tamaño de la economía china se ha multiplicado por cuatro, esto es, se ha duplicado cada ocho años. Hoy es la segunda economía del mundo (19% del PBI global), sólo por detrás de Estados Unidos.
Ahora, el segundo shock chino, que se despliega en este momento, arrasa con las actividades y bienes de alta tecnología, como los automóviles eléctricos e híbridos, y los semiconductores o “chips” de las categorías más avanzadas.
China compite ahora no sólo por la calidad de sus productos, sino también por la reducción cada vez más acentuada de sus precios, que están en el mismo nivel de hace seis años, por efecto de una depresión doméstica de carácter deflacionaria. El resultado es que hoy China le vende cada vez más al mundo productos manufacturados de alta tecnología y le compra cada vez menos, esencialmente materias primas y “chips” de Nvidia.
Por eso China domina hoy más de 70% del comercio mundial de manufacturas y dispone de un superávit comercial de 1.6 billones de dólares, que sería, a este ritmo de expansión, más de U$S dos billones en 2031. China, por ejemplo, importaba más de un millón de vehículos por año en 2020 y exportaba otro tanto. Pero seis años después la situación ha cambiado drásticamente. Hoy le vende al mundo ocho millones de automotores por año y le compra menos de 500.000 unidades. La gran perdedora, por cierto, es la industria automotriz europea, sometida a un verdadero proceso de destrucción existencial. Esta es la situación que tratan de resolver Trump y Xi Jinping, en la reunión que tendrá lugar el 14 y 15 de mayo en Beijing.
El objetivo central de China es reducir a la mitad su gigantesco y absolutamente insustentable superávit comercial en un plazo no mayor a diez años. Para eso se dispone a abrir su economía a las exportaciones norteamericanas, sobre todo a las de alta tecnología de la Inteligencia artificial (IA), liderada por los productos de Nvidia, y aspira a que se tripliquen en ese periodo, con el compromiso estadounidense de eliminar todo tipo de restricciones para los productos “high tech” volcados al mercado chino, aduciendo gastados y anacrónicos argumentos de “seguridad nacional”.
El objetivo de esta doble maniobra que muestra una cooperación profunda entre las 2 superpotencias es desatar el “nudo gordiano” del destino de China en el mundo y reducir a la mitad la inmensa masa de capitales destinados a la expansión de su inmensa máquina manufacturera exportadora con la que amenaza controlar el mercado mundial.
Ahora, esa mitad de las gigantescas inversiones se destinarían a la expansión del anémico consumo doméstico actual de 38% del PBI hasta llevarlo a un 60% en 2036 (el consumo doméstico de Estados Unidos, que es el primero del mundo, ascendió el año pasado a 78% del PBI).
El problema que presenta esta gigantesca máquina exportadora es que se ha fundido con una densa trama de intereses creados, que son los responsables directos del insustentable y al mismo tiempo inevitable superávit comercial de 1,6 billones de dólares, y que en cinco años más treparía a una cifra que puede estimarse en dos billones anuales.
Si este pacto de cooperación entre Trump y Xi Jinping funciona no sólo se revertirían las grandes corrientes del comercio internacional, sino que la integración entre las dos superpotencias alcanzaría, en términos tecnológicos y científicos, un nivel hasta ahora nunca logrado.
Así emergería un Nuevo Orden Global capaz de establecer pautas de orientación a la revolución tecnológica de la Inteligencia artificial: “Prometeo desencadenado” se pondría al servicio de la ambición humana, que son ante todo la libertad y el sentido trascendente de las cosas.
China y Estados Unidos firmarán un pacto de cooperación en el comercio y la alta tecnología En su encuentro de Beijing los líderes de las dos superpotencias sellarán un pacto de cooperación para revertir las corrientes de fondo del comercio internacional.
Trump procura en este acuerdo multiplicar por tres las exportaciones estadounidenses a China, encabezadas por las de alta tecnología, y en primer lugar la Inteligencia artificial (IA), levantando todas las restricciones a sus ventas en el mercado doméstico de la República Popular. China importa todos los años más de 400.000 millones de dólares en semiconductores o “chips” para equipar a su industria de inteligencia artificial, que es hoy sólo inferior a la norteamericana, aunque ésta ocupa un lugar hegemónico en la fase inicial, más innovadora y creativa de la tecnología fundamental de la época, que hasta ahora es prácticamente un monopolio de Silicon Valley.
China ocupa el primer lugar en la fase de aplicación de la tecnología de la IA, que son la robótica y la Internet de las Cosas (IoT), debido a las insuperables ventajas comparativas que le otorga su inmenso y creciente mercado interno de una población de 1.400 millones de habitantes, encabezada por una nueva clase media de 500 millones de personas con ingresos comparables a los norteamericanos (35.000 dólares anuales).
El vínculo comercial entre las dos superpotencias es la sustancia del acuerdo previsto entre Trump y Xi Jinping y que se concretaría en un plazo de diez años.
Pero en este diálogo estratégico establecido entre ambos líderes hay un preámbulo inmediato de especial importancia para ellos y el mundo. El protagonista central de este preámbulo estratégico es la empresa Nvidia, cuyo director ejecutivo y principal propietario es Jensen Huang, que es la mayor productora de “chips“ de avanzada del sistema global y cuya cotización alcanzó este año en Wall Street a cinco billones de dólares, la más elevada de la historia del capitalismo.
La premisa básica sobre la que parte Jensen Huang es que en materia de inteligencia artificial la oferta crea su propia demanda. Por eso la clave de su expansión es su colocación en todas partes del mundo al mismo tiempo sin ningún tipo de restricciones. Es una regla extremadamente simple y profundamente contra-intuitiva, que señala que cuando más sus productos sean adquiridos por sus competidores, mayor va a ser la adquisición que realicen de los equipos de Nvidia.
De ahí que la regla establecida por DeepSeek, una extraordinaria empresa china de inteligencia artificial, que torna obligatoria la colocación de los bienes más avanzado on-line en forma totalmente gratuita coincide plenamente con esta visión estratégica del creador y director ejecutivo de Nvidia.
Jensen Huang le propone a Trump, en síntesis, levantar todas las restricciones a las ventas de sus productos a China. El primero de esos “chips” son las “Unidades de Procesamiento Gráfico” (GPU), que se utilizan hoy en más de dos tercios de la capacidad computacional del mundo.
La premisa de Huang es que la tecnología de la inteligencia artificial tiene un carácter intrínsecamente cooperativo, lo que significa que la mejor forma de imponer la tecnología norteamericana a la República Popular es integrarse plenamente con ella: Couve de Murville, el gran canciller de Charles De Gaulle, sostenía que “la integración es una forma sublimada de competencia”.
Huang señala también que en el mundo de hoy ya no se compite sobre las nuevas innovaciones, sino que lo decisivo es dominar los estándares o pautas de aplicación de las nuevas tecnologías.
Es allí donde Estados Unidos debe hacer valer su hegemonía en la fase primera e inicial – y más innovadora – de la Inteligencia artificial. Para China este acuerdo sobre el preámbulo de la gran empresa histórica de la reversión de las corrientes del comercio internacional que ya han comenzado a recorrer las dos superpotencias es la garantía del total compromiso de Estados Unidos en esta etapa de fusión estratégica entre China y la superpotencia norteamericana.
Todo esto se sellará en Beijing el 14 y 15 de mayo. Brasil cambiará inexorablemente este año, y con él toda América del Sur En un mundo absolutamente integrado por la revolución de la técnica en su fase de Inteligencia artificial la reconversión de todos los sectores productivos es ineludible con la fuerza de la necesidad.


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