Cultura Política

El secretario de Cultura Cifelli, sospechado de censurar y/o sacar un rédito económico

El (Teatro) Cervantes, sin revista. Bajo ese titulo, Simón Loew denunció en la Revista Seúl, lo sucedido con una obra que recordaba a los capocómicos Tato y Pinti. La abrupta cancelación de una obra exitosa generó denuncias de interferencia gubernamental.

Por Simón Loew (Revista Seúl)

Ricardo y Liliana es una serie de videos humorísticos en Instagram donde los actores Marco Antonio Caponi y Mónica Antonópulos interpretan a unos típicos abuelos argentinos de clase media, algo cascarrabias, que descubrieron hace poco los smartphones y le muestran a su hija cada cosa que hacen: desde pasar un día ventoso en la playa hasta probar los inodoros inteligentes. La semana pasada publicaron uno titulado “SILENCIADOS”, donde Ricardo y Liliana contaban que no podían entrar más a su club, “porque los denuncian falsamente de que putearon a la dirigencia”, escribieron en el pie del video. Acusaban al “secretario deportivo”, un tal Jaimito Luis Se-Afanelli, de echar a su equipo justo cuando estaban por salir campeones para quedarse con el club. Hacían el video, entonces, para denunciar “censura” y que se sepa la “verdad”.

Quienes conocían la historia de la cancelación de La revista del Cervantes, la exitosa obra de la que Caponi y Antonópulos eran protagonistas, entendieron enseguida la metáfora. En los comentarios, amigos y usuarios mostraron su apoyo a la pareja y en contra de Se-Afanelli, que parece un juego de palabras con el nombre del secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli. “Las matufias que dirigen, exacerbadas, impunes y abusadoras más que nunca. Así que a estar unidxs y poner el freno YA”, escribió, por ejemplo, la actriz Laura Azcurra. “¡A buen entendedor pocas palabras! ¡Clarísimo, chicos! Estamos con ustedes”, agregó el conductor Camilo García.

En el mundo del teatro se viene hablando de La revista del Cervantes desde hace meses, sobre todo a partir de su abrupta cancelación el 12 de mayo, dos semanas antes del fin de la temporada y con las entradas agotadas para las funciones pendientes. Circularon desde entonces historias sobre censura, interferencias políticas, sugerencias sobre “atenerse al libreto”, chistes que no le gustaron al Gobierno y excusas técnicas sobre escenarios rotos. Dada la conocida falta de sentido del humor del Gobierno, quisquilloso ante las críticas, y la tendencia del mundo artístico a desconfiar de los gobiernos no progresistas, la verdad de lo que pasó quedó enrededada en un sinfín de versiones, denuncias y susurros off the record.

Estrenada en mayo del año pasado, La revista del Cervantes fue la primera gran producción del actual director del Teatro Nacional Cervantes, Gonzalo Demaría, un dramaturgo cuyo objetivo profesional es revisitar el teatro de revista argentino de principios del siglo XX, un género que fue quedando en el olvido. Lejos de ser una revista en sí, la obra era un homenaje al género, que combinaba el musical con la sátira política. En la trama, Tato Bores (Caponi) y Enrique Pinti (Sebastián Suñé), dos grandes capocómicos argentinos, quieren entrar al cielo pero se ven atascados en el limbo por problemas burocráticos. Se encuentran con una ángel-secretaria (Antonópulos), que los escucha hablar de la “revista” y les pregunta qué es. Ahí comienza un recorrido estilo variété por distintos números humorísticos y musicales que construyen un tributo a la revista porteña pero también a varios momentos y símbolos de la historia nacional. La obra reunía a talentos de distintos ambientes de la escena teatral y contaba con más de 30 artistas en escena, entre los bailarines y el elenco de actores, que pasaban del verso a la prosa y luego al chiste y el dardo irónico. Hubo cinco autores detrás del libreto, entre ellos Marcela Guerty y Sebastián Borensztein, que hicieron investigación de archivo y lograron la tarea doble de recuperar un género en desuso y a la vez hacer reír a un público contemporáneo.

Cifelli, resguardado por los hermanos Milei

El experimento fue un éxito. Prevista para durar apenas tres meses, La revista del Cervantes permaneció un año en cartelera gracias a lo mucho que gustó entre la crítica y el público. Al momento de su cancelación se habían hecho 124 funciones que habían visto más de 100.000 espectadores y había recaudado más de 600 millones de pesos, según datos de febrero emitidos por la secretaría de Cultura de la Nación. Son números más esperables para una obra del circuito comercial que del oficial. Cuesta entender, entonces, por qué un espectáculo tan exitoso tuvo un final tan polémico y repentino.

Una de las cosas que alimentó la polémica fue la abrupta forma en la que las autoridades del teatro les comunicaron a los actores, el mes pasado, que ya no requerirían sus servicios. Les mandaron un mail explicando, con buenos modales, que la decisión se debía al desgaste del escenario giratorio donde se montaba la escenografía, que hacía imposible seguir con la obra sin comprometer la seguridad de quienes estaban en escena, según contaron algunos de los que recibieron el mail. Ahí empezó el runrún de los rumores. La justificación parecía insuficiente, porque en otro comunicado de prensa incluyeron un parrafito final a modo de aclaración: “Resulta incorrecto asociar [la decisión] a criterios vinculados con el contenido artístico de la obra o con interpretaciones de otra naturaleza”.

En línea con el componente satírico del género, La revista del Cervantes contenía piezas de humor político que dialogaban con la actualidad. Es quizás en función de eso que los autores eligieron a Tato Bores y Enrique Pinti como hilos conductores, dos personajes conocidos por transformar la actualidad política en piezas humorísticas punzantes y lúcidas. Ambos daban monólogos potentes pero también sutiles, sin dar nombres y esquivando el panfletismo, sobre temas que le preocupaban al público masivo, como la hiperinflación o la corrupción. En definitiva: eran precisos pero no literales. Y abarcativos: les pegaban a todos por igual.

Esa relación con la actualidad fue importante a la hora de escribir esos personajes. Por eso, uno de los lemas que tenían los autores era: primero el espectáculo, segundo el guiónLa revista se hizo con un guión flexible, en el que había margen para improvisar y actualizar los chistes, porque la coyuntura no podía no estar reflejada. Así es como Caponi y Suñé, que en distintos momentos recreaban en sus monólogos chistes sobre distintas presidencias desde la vuelta de la democracia, comenzaron a incluir chistes sobre la Argentina de Javier Milei. Estos chistes iban desde comentarios sobre la Ley de Glaciares hasta el uso del adjetivo “deslomado” con cierto énfasis. El público en general los recibía con carcajadas y aplausos, salvo por un par que acaso se sintieron demasiado reflejados.

Y es que, entre las butacas de la platea, en alguna – o varias – de las funciones estuvo presente Cifelli, el secretario de Cultura, al principio un propulsor acérrimo de la obra pero que, sospechan los actores consultados, se disgustó con la inclusión de estos nuevos chistes sobre actualidad. Los actores protagónicos cuentan, cuando se les pregunta, que varias veces recibieron comentarios de parte de empleados del teatro que les sugerían atenerse al “libreto original”, sin chistes nuevos. También dicen que no recibieron un llamado directo del Gobierno, pero sí les pareció evidente que alguien no estaba contento con la actualización del guion.

La cancelación de la obra y el contexto enrarecido cayeron mal entre los miembros del elenco. Primero porque no entendían de dónde salía la directiva de atenerse al libreto. Segundo porque, insistían, los personajes de Bores y Pinti no tenían sentido si se les quitaba el vínculo con la actualidad. En los camarines se decía: “Si no querían críticas, hubiesen elegido a otros personajes”. La gracia de los capocómicos es interpelar al público con lo escandaloso en materia política. Tercero, y quizás más importante, porque tenían la sensación de que había gato encerrado en las decisiones del teatro: ¿cómo explicar la cancelación tan repentina de una obra tan exitosa? ¿Por qué no arreglaron el escenario a tiempo? ¿Por qué fue tan evasiva la comunicación entre el teatro y ellos? Hace un par de semanas, la Asociación Argentina de Actores y Actrices (AAAA) publicó un anuncio en su web donde le pedían al director del teatro y al secretario de Cultura una explicación ante un “posible acto de censura”. Demaría y Cifelli no respondieron en público y tampoco respondieron a los pedidos de entrevista para esta nota. El silencio de Cifelli parece de un estilo comunicacional distinto al de su espacio político, más dado al combate, la batalla cultural y la contra-denuncia.

A estas preguntas hay que sumarle otro hecho que pasó un mes antes de la suspensión de la obra. El 11 de abril Cifelli publicó en su cuenta de Instagram un anuncio peculiar: “¡Gracias a todos! ¡Nos vamos a Mar del Plata y a todo el país desde el 22 de diciembre! ¡Con un nuevo y renovado elenco!”. El anuncio iba acompañado de un reel donde aparecía el elenco actual, que se enteró de la noticia durante un día de función. Les pareció, dicen ahora, que estaban presenciando su propio despido vía redes sociales, sin tener idea de qué se trataba la temporada nueva en Mar del Plata ni si los iban a convocar. Pero decidieron hacer silencio y seguir adelante con las funciones.

La versión del medio de Jorge Fontevecchia

Acá es donde el video de Caponi y Antonópulos cobra un nuevo sentido. Porque, más allá de la hipótesis de silenciamiento o censura, lo que ellos sugieren es que hay un intento de Cifelli por adueñarse de la obra y quedarse con el rédito económico. De ahí el uso de Se-Afanelli en el video de Ricardo y Liliana: Cifelli, el que afana. En el argumento de los actores, la cancelación se explica menos por una censura que por interés económico y la intención de Cifelli de excluirlos de la ecuación.

La discusión de si una obra de teatro le pertenece a quienes la pagan o quienes la hacen es para otra ocasión. En conversación con algunos integrantes del equipo, todos lamentaron el sabor amargo que les quedó luego de despedirse de esta forma de un proyecto que fue una fiesta. Porque sí, es cierto que la secretaría de Cultura está en su derecho a renovar el elenco una vez finalizado el contrato y reproducir la obra en otro lugar. Pero también es cierto que, viendo el desempeño de La revista del Cervantes, es sorpresivo que se le haya quitado al elenco la oportunidad de ser despedidos como corresponde, con una función final que sirva para conversar sobre lo provechoso que es este tipo de proyectos para el teatro público.

  • Imagen destacada: Marco Antonio Caponi como Tato Bores (izquierda), Monica Antonópulos y Sebastián Suñé como Enrique Pinti durante una función de La revista del Cervantes.

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