Por Eduardo Fidanza
Una fan del Indio Solari, visiblemente emocionada, dice de él – y de ella – a un movilero de la televisión que la entrevista en la calle durante el sepelio del cantante: «Es el dios de los rotos. Y todos los que estamos acá tenemos algo en común: estamos un poco rotos y sentimos que el Indio nos escribio y nos habló a cada uno de nosotros, por lo que sea, chorros, drogadictos, suicidas, apaleados, no importa. Siempre fue una banda, una música que tuve de fondo, y me caló, me entró, cuando me rompí y tuve una grieta. Lo único que tenía más abajo del fondo donde estaba era la muerte. Y la muerte me dio dos veces un beso en la frente. Ahí, cuando me tiré y reposé, las letras del Indio que sonaban de fondo empezaron a tener sentido para mí. Y la lealtad de estar acá es un momento muy justo para todos, porque esto nos obliga a organizarnos, a estar juntos. Cuando sentimos que perdemos y perdemos, ocurre esto que nadie quiere, peros se hace eterno».
La masa se torna comunidad porque comparte un sufrimiento común, unificador. Es la multitud de los rotos, que comulgan en el sentimiento mudo de la fractura interior. Conforman un pueblo oprimido, clamando sentido y salvación. Un pueblo de parias, de marginados, de explotados, de delincuentes, de perdedores, de castigado aferrándose a un dios redentor: el dios de los rotos. El que predica en los márgenes y desnuda a los déspotas; severo con ellos, tierno con nosotros. Él nos salva de la muerte en vida, nos cala y nos besa; sus canciones acunan nuestra pena, devolviéndonos el sentido de la vida, la organización, la unidad. Nosotros le respondemos con lealtad muando muere. Nos deja la eternidad de sus letras, su cultura de ricota, su dulzura de pastel. El Indio estará en nuestros corazones para siempre, sosteniéndonos. Le rendiremos culto, le alzaremos altares y le encenderemos velas. Sentiremos que nos acompaña en nuestro sufrimiento hasta reencontrarnos con él en el tiempo sin de su música celestial.
He aquí convocados los elementos históricos y universales que reúne la sociología de la religión para construir su narración: el sufrimiento popular, el dios redentor, la restitución del sentido de la vida. Y en el centro de la escena el individuo carismático, aquel que porta el «don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad», según lo define el diccionario.
Por cierto, fenómenos como los del Indio Solari no se agotan en esta dimensión. El músico abarcó un amplio espectro de público, atravesando los estratos sociales. La combinación del surrealismo, caos y desparpajo en sus letras atrajo a rotos y sanos: «¿son por acaso ustedes, hoy, un público respetable?/¿pueden beber el vino por ustedes envasado?/ y repetirme ´te voy a salvar esta noche?´/ Que el infierno está encantador». Pero a la hora de la muerte, lo despidió el conurbano profundo, los quebrados antes que los íntegros, los sectores populares más que la clase media. El kirchnerismo, ávido de acaparar memorias, se lo quiso apropiar sin suerte.

Del Indio pronto se dejó de hablar. El Mundial de fútbol ocupó el espacio y lass redes donde estaban sus letras y su música, sus anteojos ahumados y sus historias, irrumpió borrándolo. Messi, el ídolo del momento con sus goles antológicos. Pero no solo él, sino la saga de los genios del futbol, con Maradona como figura paterna y eterna. El progenitor que no se economizó, fiel a sus gambetas como a sus excesos.
Si el Indio fue el dios de los rotos, Diego fue el Dios del roto. Roto e ilegal, burlándose de la ingenuidad tecnológica de una generación atrás. Volvió a reproducirse la foto una y otre vez: la mano de Dios del transgresor con alma de villero antes del VAR.
Quizá Solari y Maradona fueron exponentes de una clase social antes que del conjunto de la sociedad. Millones disfrutaron de la música de uno y de las jugadas del otro, pero los de abajo se llevaron con ellos un plus, una forma del consuelo y de protesta. La compensación que a veces aportan el fútbol y la música para equilibrar la injusticia. Quién sabe.
Messi es otra cosa. Ni mejor ni peor, distinta. Su longevidad deportiva habla de cuidados en lugar de excesos. De noches ordenadas, sin alcohol ni mujeres. Su época es la del ego building, la cnstrucción esmerda de la propia imagen apta para todo público. Messi personifica un producto que jamás las grandes marcas le retirarán el auspicio. La transgresión le es tan ajena como el populismo. Nunca podria abrazarse a un Chávez, ni tatuarse al Che Guevara y si le dio la mano a Trump eso no lo connota. Orbitra en otra cultura. Escenifica el talento higiénico y saludable, constituye la demostración de que la dupla de la genialidad y locura es una invención romántica. La suprema inteligencia en los pies y en la mirada, el cálculo para el pase perfecto o el amague que desparrama al adversario.
Como Maradona, pero sin la tragedia del deterioro. Lo suyo es despilfarro de talento, no de dinero o de salud. Messi representa al deportista de una época postmoralista, donde el juego y el espectáculo borran la agonía. No es dios porque ya no se necesita redención.
¿Qué une a Solari, Maradona y Messi más allá de sus diferencias evidentes? Simplemente que son ídolos populares. Tienen en común provocar un efecto de suspensión: ante sus hazañas todo queda pausado, porque la fascinación – que el diccionario define como alucinación y atracción irresistible – desplaza cualquier otro sentimiento o actividad.
Lo demás no importa, puede esperar, es la hora del ser excepcional, al que le entregamos toda nuestra energía. El ídolo porta el carisma, el don de conmover y fascinar. La ilusión de que se dirige a cada uno de nosotros y a la multitud. Messsi hace los goles para mí y para todos los argentinos. Así comulga el pueblo con el ícono en un torbellino de emociones que suprime el sufrimiento para reemplazarlo por el gtoce. El ídolo significa la consagración del momento, la cancelación de la historia y sus desgracia. De la nuestra, de la del país. Induce el sueño de ser los elegidos del que nunca quisiéramos despertar.
La ley del tiempo sin embargo, se impondrá: la sociedad rendida ante sus ídolos deberá regresar pronto del carisma a la rutina. De la liberación al yugo, de la evasión a la responsabilidad. La línea que divide estos estados del alma dependerá a partir de hoy del talento como de la suerte. Una estrechísima frontera entre la pena y la felicidad que queremos prolongar. Los playoff no perdonan, es a matar o morir.
Y aunque ganemos, la celebración concluirá. Messi anuló las singularidades sumergiéndonos en la masa de creyentes, pero habrá que volver al individuo que somos, a beber la amarga resaca del día después, a despabilarnos para retomar la vida cotidiana. Por unos días nuestros ídoloa braron el milagro: nos hicieron olvidar, como en la fiesta de Serrat, que cada uno es cada cual.
- Fuente: diario Perfil


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