Por Eduardo Sacheri (Revista Seúl)
Enfrento un dilema. Si dedico esta columna al tema al que verdaderamente deseo dedicarla, voy a dejar en los lectores de Seúl la impresión de que soy un ser humano profundamente ingrato, casi un resentido, que tiene una mirada pesimista sobre el mundo que lo rodea. En otras palabras, voy a dejar en los lectores una impresión correcta.
Es que vengo de dedicar mi primera colaboración mundialista a despotricar contra la pausa de hidratación, los espectadores en pose de “mírenme a mí, mírenme a mí” y los jugadores necesitados de ovaciones recurrentes. No corresponde, por lo tanto, que desafíe la paciencia de los lectores con otra columna de tono quejumbroso.
Precisamente porque no corresponde, hagámoslo. Nunca viene mal, en los tiempos en los que impera la corrección, desafinar un poco. O un mucho. Además, convengamos en que el Mundial, en lo que nos importa, ha entrado en una etapa de pausa. La primera fase ya se terminó, y ayer domingo (NR: domingo 28 de junio) empezó el Mundial de verdad.
Ojo que esto no lo digo porque esta vez haya 48 equipos dando vueltas. Aunque también. Pero no lo digo sólo por eso. Lo pienso en todos los mundiales. La primera fase es, en general, una larga introducción a un libro que aún no entra en materia. Los equipos se van acomodando, algún candidato parece listo para decepcionarnos, y algún “tapado” parece destinado a romper las hegemonías del pasado. A partir de los cruces directos, casi nada de eso termina sucediendo: los candidatos se asientan y empiezan a avanzar con paso firme, los “tapados” explotan como burbujas y los melones se van acomodando a medida que el carro avanza.
Por supuesto que en todo Mundial digno de su nombre se produce, en esta primera fase, alguna catástrofe estrepitosa. De los que deben sí o sí, por su presente pero sobre todo por sus pergaminos, pasar de fase (en este caso, dieciseisavos de final), seguro que habrá uno que perderá el bondi y regresará a casa con el rabo entre las patas. Le pasó, por ejemplo, a una Argentina candidataza en 2002, o a los campeones vigentes Italia en 2010 y Alemania en 2018.
Si habitualmente la “fase de grupos” es un largo preludio al verdadero mundial, los cerebros de la FIFA le han agregado, esta vez, un nuevo elemento nocivo con esto del desempate olímpico. Una docena de equipos jugarán su tercer partido sabiendo que, aunque ganen o pierdan por 15 goles, su primer lugar o su eliminación son inamovibles.
Pero hablando de introducciones largas, ya me he ido de mambo con la extensión de esta que estoy escribiendo. Porque sólo anticipé que iba a seguir despotricando, pero no dije contra qué. Y de lo que quiero hablar – mal – es del Video Assistant Referee, mejor conocido popularmente como VAR. El dichoso, el maldito, el todavía a medias novedoso, el veleidoso, el insufrible VAR. Lo odio. Lo escribo y me parece insuficiente. Lo repito: lo odio. Lo odio mucho. Odio el VAR. Odio cómo lo usan, sin duda. Pero mi odio es más profundo. Odio… odio lo que representa. Odio lo que simboliza. Odio la utopía que se empeña en encarnar.
Vayamos por partes. Entiendo (soy una bestia emocional, pero puedo entenderlo) que se busque evitar las injusticias flagrantes en los fallos arbitrales. Mientras escribo me vienen dos (me ciño a los mundiales del siglo XXI) a la memoria: un Inglaterra vs. Alemania en Sudáfrica 2010. Zapatazo del inglés Lampard, la pelota pega en el travesaño y pica medio metro adentro, y la dupla siniestra conformada por un línea ciego y un árbitro pusilánime no lo vieron. Después Alemania ganó 4 a 1. Otro ejemplo del mismo mundial: Argentina vs. México. Carlos Tevez convierte el primer gol desde una posición off side evidentísima, pero otro par de analfabetos reglamentarios convalidan el gol. Los mexicanos se pasan buena parte del resto del primer tiempo señalándole al referí las pantallas gigantes, en las que se ve adelantadísimo al delantero argentino. El resultado final es Argentina 3, México 1. Pensando en esas situaciones uno dice “Bien. Punto para la FIFA. Entendido. Tiene que haber mecanismos, en el fútbol, para enmendar esas injusticias feroces».
El VAR es, por ahora, una máquina de triturar la espontaneidad del momento clave del fútbol, que es el gol. El fútbol es un deporte de inminencias, de insinuaciones, de largos acechos, de aburridas lagunas. En un partido de fútbol casi nunca pasa nada decisivo. Casi todo lo que sucede es inmediatamente condenado al olvido. Pocas cosas, además de los goles, se salvan de eso: una pelota en un palo, un gol errado en el área chica, una patada criminal que te deja con uno más o con uno menos. Nada más. Insisto: nada más.
Por eso la explosión de júbilo o de dolor que conllevan los goles tiene la envergadura que tiene. Acumulamos, acumulamos, acumulamos, y de repente estallamos. Eso no es “una parte del fútbol”. Es su esencia. Es casi todo el fútbol.
¿Cómo procedíamos los hinchas frente a los goles, antes de la instalación del VAR? Si estabas viendo un partido en la cancha y la pelota inflaba la red sabías perfectamente lo que tenías que hacer: mirar al árbitro a ver si señalaba el mediocampo, y mirar al juez de línea, a ver si levantaba la bandera o si corría hacia la línea central. Si el árbitro señalaba y el línea corría, listo. La gloria o Devoto. Plata o mierda. Pero el desenlace estaba a la vista. Era gol o nada. Fin. Tres segundos y todos enterados. Para bien o para mal. Todos lo sabíamos, empezando por los jugadores, que lo primero que hacían era cogotear sobre todo hacia la posición del juez de línea, para saber a qué atenerse.
Y ese es el problema. Saber a qué atenerse. Ahora no tiene sentido que grites el gol, ni que putees en cinco idiomas, ni que te desgañites abrazando amigos o desconocidos a tu alrededor, ni que desenvaines tu espada samurai para practicarte el harakiri. Ahora lo que tenés que hacer es una reconstrucción mental. “Veamos, veamos… vamos a repasar concienzudamente los dos minutos de juego que acaban de acontecer, para revisar si hubo una falta que haya que retrotraer, o una mano casual que haya que sancionar, o una oreja que haya estado dos centímetros en posición ilícita”.
Y como nadie puede hacer semejante cosa, lo que haremos será esperar. Por supuesto, como somos hinchas, no podemos renunciar del todo a gritar el gol, si es a favor nuestro. Algo que hay que gritar, o nos morimos. Pero gritamos un poco. Gritamos preocupados. Gritamos temerosos. Y eso está mal, porque ni la moderación, ni la preocupación, ni el miedo, son buenas compañeras de la alegría.
Los jugadores, hasta que nadie les diga lo contrario, seguirán con su festejo y los entiendo. Hacer un gol es demasiado difícil, demasiado infrecuente, como para cruzarse de brazos y esperar a que al árbitro le digan qué pomo tiene que cobrar. Pero es horrible. Todos hemos visto cinco, diez, cien veces, a jugadores extasiados con el gol que acaban de convertir, sus risas, sus gritos, sus piruetas. Me parece de una crueldad inadmisible que dos, tres, cuatro minutos después, el árbitro les diga que no, que fue un error, qué lástima, pero tu gol no es gol, tu gol es nada.
Además, y esto es menor, mientras revisan, tiran líneas paralelas, congelan imágenes y deliberan, nosotros no asistimos a esos procederes y cabildeos. Nosotros quedamos en un limbo de ignorancia y de silencio, simplemente esperando que se tome una decisión. Algunos defienden el VAR diciendo que antes dependías de las veleidades de un solo árbitro, un déspota que podía hacer lo que quisiera, o de un triunvirato de dictadores, contando a los jueces de línea. Lo lamento, pero eso no ha cambiado para mejor. Ahora no son tres, son seis o siete (ni siquiera está tan claro): una especie de dictadura colegiada, una oligarquía misteriosa que delibera a espaldas de los hinchas y lo que es peor: del sentido común.
No hay ninguna prueba científica de que siete humanos deliberando juntos lleguen a conclusiones más certeras que un humano elucubrando a solas. Lo lamento. Es menos importante, en estos casos, el número que la inteligencia. Y no me vengan con que esa deliberación le da a las decisiones un cariz cristalino. La discusión sigue siendo secreta. Lo único que se hace público es un árbitro que, después de toda la sarasa y de mirar un monitor, camina mayestático de regreso al campo de juego, ordena a los jugadores que se alejen de su presencia, y – en este bendito Mundial – farfulla en un inglés frecuentemente ininteligible lo que se supone que pasó y lo que en consecuencia va a cobrar.
Y no me vengan, por favor, con que en otros deportes la tecnología mejora la administración de justicia. Ya sé que es así. Pero en el fútbol, por ahora, no está funcionando. Lo siento. En el vóley, en el básquet, en el tenis, sí funciona. Pero lo que se juzga en ese caso son sobre todo piques de la pelota o roces de balón, y algo que me parece clave: el terreno que entra en consideración es pequeño.
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Una cancha de fútbol es un lugar enorme: una cancha de 105 por 68 (medida más o menos habitual) tiene arriba de 7.000 metros cuadrados. Veintidós jugadores que están permanentemente trenzando y destrenzando sus posiciones, 22 cabezas más 88 brazos y piernas que se desplazan en un sinnúmero de direcciones. Tal vez en algún momento le encuentren la vuelta y las decisiones se tomen, se sancionen y se comuniquen en cinco segundos. Pero por ahora estamos lejos de la inmediatez. E insisto: la postergación mata el fútbol.
Pero lo peor de todo. Lo que más me fastidia del VAR es la utopía que encarna. Creo que todas las utopías albergan un daño potencial muy grande (justificarlo sería materia de otra columna). Pero esta de que “gracias al VAR ahora el fútbol es un deporte justo” es una patraña del tamaño del Cerro de los Siete Colores. Te bombeaban antes del VAR y te bombean ahora. Antes te dormían entre tres, ahora te duermen entre siete. Porque el asunto sigue siendo no lo que vemos, sino lo que decidimos ver, lo que interpretamos sobre lo que estamos viendo, lo que sentimos a partir de lo que vemos. Y el VAR, al respecto, no arregla nada. Es apenas un placebo tecnológico que busca tranquilizar la conciencia de algunas almas que se autoperciben justas. Lo siento, muchachos, por ahora no está funcionando.
Al contrario: antes, por lo menos veías clarito al que te estaba estafando en vivo y en directo. Ahora lo hacen en un conciliábulo en el que te dejan a ciegas. Ni siquiera tenés la chance de verlos cara a cara mientras te duermen. Y como ni siquiera sabés dónde está la guarida de esos villanos, tampoco te queda el consuelo de fantasear, como en “Fútbol y ciencia”, el genial cuento del Negro Fontanarrosa, con poner las cosas en orden mediante el certero disparo de un misil.


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