Eran las cinco de la tarde en una residencia geriátrica cuando una enfermera se acercó a la habitación de un matrimonio para entregarles la medicación. Golpeó la puerta, pero nadie respondió. La entreabrió con cuidado y los encontró bajo la ducha, juntos. Sin decir una palabra, volvió a cerrarla y regresó al office. Dudó unos segundos – relató Alejandro Horvat, en La Nación – y decidió volver media hora más tarde. “Entendió que seguramente ese era el mejor remedio que podían estar recibiendo en ese momento”, recordó Carolina Díaz, especialista en geriatría y gerontología y directora médica de Centro Hirsch.
La anécdota resume una realidad, y es que la sexualidad, aunque con otros condimentos y otra intensidad, puede formar parte, también, esa etapa de la vida.
Lejos de apagarse, el deseo puede transformarse. El erotismo adquiere nuevas formas, el encuentro deja de depender exclusivamente del rendimiento físico y gana espacio la intimidad, la complicidad y la conexión emocional. Al mismo tiempo, el organismo atraviesa cambios reales, como la menopausia, la disminución de la testosterona, las enfermedades crónicas o el uso de determinados medicamentos, que pueden afectar la respuesta sexual, aunque hoy existen múltiples alternativas para compensarlo. El desafío, coincidieron especialistas consultados por el periodista, es dejar atrás la idea de que una vida sexual plena tiene fecha de vencimiento.


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