Un cuarentón, su perro y su caballo son atropellados en la ruta y mueren. Sin darse cuenta que ya no están en la tierra, aparecen en una edificación magnífica con puertas de mármol que dan a unos bellos jardines. Al ver el guardián, el hombre le pregunta si pueden pasar a tomar agua. “Tú, sí, pero no los animales. No está permitido”.
El hombre rechaza entonces el convite y continúa el viaje cuesta arriba con sus compañeros. Llegan entonces a otra construcción con un viejo portón de madera que facilita el acceso a un camino de tierra rodeado de árboles a cuyo fondo se encuentra un manantial. Le pide al portero permiso para saciar la sed y éste sin titubear se los concede a los tres.
– Como se llama este lugar, quiso saber después.
– Es el cielo, contestó el cuidador.
– ¿Cierto? Lo mismo me dijo el vigilador del otro sitio, replicó sorprendido el hombre.
– «Ah, no. Ese es el infierno”, dijo sereno el custodio celestial.
– Debería prohibir que falseen la verdad. Hay que advertir a la gente de buena fe para que no se confunda, propuso el accidentado, ya consciente de que transitaba su último viaje.
– No, no…Es mucho mejor así, porque – justificó – los que son capaces de abandonar a sus amigos no merecen venir aquí. Están mejor en el infierno.
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