Por Mauricio Kartun
-La altura no te hace modelo, mamucha. Modelo te hace el garbo, le dijo mirando a otro lado, y se atusó el bigotín odioso ese.
Ana gugleó garbo, disimulada, un rato después.
Gracia, era, mirá vos.
Qué debilidad por lo inexacto eso de agregarle nombre a lo que ya tiene nombre. Que ecuación fallida es siempre un sinónimo.
Ana lo pasaba todo por su intransigencia matemática.
Tercer año de ciencias exactas. Se le ponían difíciles los empleos con los horarios de facultad y calculó poner en valor su altura y su flacura. Vio el cartel del curso de modelaje, valoró, computó y se anotó. Un local con vidrieras oscurecidas con tiza en la segunda planta de una galería en Once. Sin salida a otra calle, la galería. Salida por la entrada. Debería haber atendido a la metáfora. Pero no, jamás entendió las metáforas, Ana. Ni los chistes. Fuera de los números se perdía.
La que sí era de las metáforas era Ana la otra. Estudiante de letras. De Santa Fe capital. Departamento compartido con tres más. La mensualidad alcanzaba cada vez para menos y pensó que con algún desfilecito los fines de semana se podría redondear presupuesto. Y que con la altura suya sería fácil, pensó. Tres meses de cursito. Si al fin y al cabo caminar es lo que hacía todo el día. Un ahorrito en transporte. De Almagro a la facultad. Ida y vuelta. Martes y viernes dos veces.
Las Anas, fueron enseguida para el resto del curso. Las Anitas.
-Y ustedes las enfermitas, respondía por lo bajo la de letras.
Las unió el espanto. No daba pie con bola ninguna de ambas. Se reían las otras de sus tropezones y contrapasos. Y se fundieron en una sola cuando quedaron excluidas del desfile de cierre de curso, las dos, las únicas. Las desgarbaditas.
–No estás en el nivel, mamucha, todavía. La altura no te hace modelo. Modelo te hace el garbo. A las dos la misma arenga.
Insoportable el idiota con el bigotezuelo ese. Había sido top model, decía él, y tenía colgados en las paredes unos recortes enmarcados de unas revistas de los ´90. Descoloridos. Trapeaba el salón, daba las clases, y hacía la cobranza. Era alto y tieso como un poste. Un obelisco, se jactaba.
-Sí: mucho más ancho abajo que arriba, murmuraba la metafórica.
Salieron abrumadas aquel día, las Anas. Bajaron las escaleras de la galería cruzando los pasos adelante, como habían aprendido, y no volvieron ni para buscar el certificado. Terminaron la noche en una pizzería fluorescente en el Abasto. Un entrepiso de cuatro mesas. A falta de algo mejor se emborracharon con moscato.
– ¿Qué mierda es la gracia?, me querés decir…
Aullaban, y vinieron a pedirles mesura.
-En la mesa mesura, mozo, barboteaba ebria Anita la de Puán.
Al segundo pingüino, Anita la de Exactas esbozó por primera vez la teoría. Como jugando. Si Da Vinci había sabido aplicar en la pintura la divina proporción, aquel número de oro de la belleza; era cosa indiscutible entonces que existiría una ecuación, una fórmula equivalente también, para la gracia física. Si existía la proporción aurea en la naturaleza, – la sucesión de Fibonacci -, decía y la otra abría grande sus ojos chiquitos, todo era cuestión de forma y por lógica era todo cuestión de proporción. Ahí no había otra; y si era proporción era aritmética. No se trataba de imitar, como simplificaba bigote. Da Vinci no imita. Natura tampoco. A la gracia había que razonarla. Codificarla. Cuál era para la forma graciosa humana aquella fórmula Leonardo. Aquel 1,618033988749894… decía, y se llevaba el vaso a los labios, así como casual por no seguir ostentando decimales. Se pusieron a ver videítos de desfiles. Engrasada con fugazzeta la pantalla. Exactas pasó todo enseguida a ecuación. Despejaba y resolvía. Fijate las constantes, barboteaba, y escribía como loca con un fibrón sobre el mantelito de papel madera: Tenemos tres espacios a agraciar: exterior, cuerpo y rostro, decía. Si el desplazamiento creaba recorrido, la proporción aurea estaba allí entre distancia, velocidad, ángulos del paso, su parábola, y el ritmo. Estando quieto, en cambio, la escala surgía del físico mismo: el cálculo ahí era más arduo, más variables, pero concentrando en las articulaciones básicas: cuello, hombros muñecas, cintura y rodillas el número finalmente daba: la divina contorsión. Por último: la ecuación para la cara y sus gestos era más sofisticada todavía, pero con paciencia el resultado aparecía también: el número sagrado del mohín. Hablaba tan rápido como calculaba. Mecánica. A cada coincidencia algebraica Letras festejaba a las carcajadas.
–Rima, boluda, rima, decía y carcajeaba.
Abajo a la derecha del mantel la matemática escribió finalmente una cifra. El Guarismo, dijo grave. La rodeó con un trazo.
–Memorizalo, le dijo y se quedaron un minuto en silencio repitiéndolo en la cabeza al mismo ritmo. Solemnidad moscato. Dejó caer después sobre el número un culito de vino y raspó el papel con la cucharita del flan.
-Nuestro secreto, le dijo a la tocaya, que ya reía menos.
A media noche, cerrando, las echaron. Se llevaron el mantel, agitándolo, por Pueyrredón. Apoyando el ojo en el agujerito. Exactas, calculadora en mano, proponía caminata con pasos calibrados y angulados. Contoneos y muequitas de geometría estricta. Letras, divertida, experimentaba el modelo. –Divina paradoja, decía fuerte, para dejar claro que no se la creía, que la loca era la otra, pero se contoneaba obediente en los parámetros.
En la esquina de la estación Once, una barrita de adolescentes que gritoneaban reguetón, hizo silencio de golpe al paso enfrente de la modelo en desfile.
El pasmo de los pibes fue la primera señal. Algo sucedía. El Guarismo entonces – quizá – no era un número al azar.
O sí. Y los guasos callaban compadecidos de las flacas borrachas, nomás.
Vaya a saber.
Ana la de las palabras despertó al otro día con un dolor de cabeza fatal. Ana la de los números no despertó, no le hizo falta porque nunca se durmió. Dio vueltas en la cama en un revoltijo de sábanas y cifras, de signos y frazadita de polar bordó. Se enrolló y desenrolló muchas veces.
Veintisiete.
Así era de precisa.
En los números está el cosmos, decía. Todo es ecuación.
Por cábala o por moscato se juntaron de nuevo a la noche siguiente en el mismo entrepiso.
Y a la otra.
Y a la otra también.
El laboratorio, lo llamaba la numérica.
El altillo de los sueños, sugirió la literata, y la otra hizo mueca de arcada. Detestaba a la poesía. Lejos de mí la estúpida metáfora, advertía.
-Sos del espectro autista vos, pero Fórmula 1, eso sí, la jodía la tocaya. Chiste, le aclaraba después, y recién ahí la de los números hacía su mueca de risita.
Tomaban cada noche sus dos pingüinos y entonadas salían a comprobar el guarismo por Corrientes. Contoneos y giritos. Ensayo de material. Prueba y error. Cruzaban Callao, donde empezaba el jaleo, y sí. Sí. Sucedía, no era una fantasía: se volvían atracción. Es el vino dulce que nos suelta, prefería pensar Ana literaria, pero igual obedecía ciega las proporciones del guarismo, y bamboleaba en su escala precisa.
La tercera semana se animaron al fin al desafío. Una fiesta de la facultad. Recaudación para una campaña del Partido Obrero, en Filo. Encuadradas al milímetro en El Guarismo las dos desde el primer paso. Su coreometría. Fueron el suceso de la pasarela trotskista. La militancia se les pegoteaba, las perseguía puñito en alto. No pararon de bailar son cubano en toda la noche. Meticulosamente medidos los pasos. En ordinales y en cardinales. Con el encanto irresistible y aritmético de El Guarismo, las lungas.
Hasta los petizos las encararon enardecidos esa noche.
Sí. Habían accedido al mecanismo.
Gratia ex machina.

Los que las habían visto antes se asombraban del cambio. Cómo era que de pronto aquellas desabridas ahora tenían gusto; que las sosas habían voltado sabrosas.
Pero.
Siempre hay un pero.
Como toda maquinaria, el mecanismo no aceptaba lapsus. Cualquier distracción, por mínima que fuese traía desajuste. Y la gracia se estropeaba. Intentaban conversar con alguien, departir, y ahí se desgraciaban. Descoordinaban y les volvía su original insipidez. No había manera de correrse ni un milímetro de El Guarismo. Tirano.
Y claro, intentando concentración en lo suyo, las altas devenían más altivas cada vez, más estiradas. Cuanto más se abstraían en su geometría, más arrogantes las flacas, más lejanas.
Pero – he aquí el fenómeno – lejos de abaratarlas, la altanería las valorizaba. El mercadotécnico sobreprecio de lo inaccesible. Cuanto más distantes, cuanto menos bola daban: más encumbrado y reluciente el mito de las altas agraciadas.
Se fueron esa noche de la fiesta con una conclusión perturbadora: el Guarismo era ecuación perfecta, rigurosa, sí, pero rígida como un garrote. Quisiesen o no, esos nuevos encantos las montaban a un escenario y las dejaba recluidas ahí arriba; abstraídas en el esfuerzo de ignorar a la platea por obedecer el orden totalitario de El Guarismo. Sí. En eso devenía ahora el resto del mundo: en público. Y ellas atrapadas allí en su tablado aritmético repitiendo ecuaciones. Encantadoras, sí, pero irremediablemente aisladas.
Agraciadas de vidriera.
No faltaron desde ese día a una sola fiesta del Peó. Ni un solo jueves.
(Por qué razón la Cuarta Internacional hace fiestas los jueves, decime).
El sarao trosko fue desde ahí su gimnasio, su entrenamiento mayor.
Se desplazaban siempre juntas. Bailaban mirándose fijo, sin sacarle los ojos la una a la otra para no extraviar el Guarismo. Cadenciosas, para poder ir pensando. Y sin hablar jamás con nadie, claro.
Las jirafas. Se ganaron el mote enseguida. Por la talla. Y por la solemnidad del movimiento.
Circulaban mitos.
Que eran pareja simbiótica, enfermiza.
Que no, que claramente, por la altura y la delgadez, eran hermanas.
Que sí, hermanas, pero incestuosas.
Y hasta que eran infiltradas del pecé.
Cómo fuese, todo alimentaba a la celebridad.
Que crecía.
Y crecía.
Estalló todo, la noche en que en la vereda empezaron las dos a volantear su curso.
Pero eso es otra historia.
El altillo pizzero había seguido siendo su laboratorio. Allí elaboraban, decía la literaria, que había pasado añazos de diván. Los pingüinos seguían siendo su alucinógeno inspirador.
Trataban de entender la situación. La gracia geométrica era un fenómeno de exhibición, de vidriera, de pasarela. Bien. ¿Y por qué no quedarse entonces a vivir allí? Deseadas. Había mucho por hacer desde ahí arriba, gustando, fuera de desfilar con pasitos, lo que ahora, con el descubrimiento supremo, ya terminaba resultando una nimiedad. El Guarismo era su verdadero capital. Su descubrimiento. Se trataba de encontrar cómo volverlo recurso. Y aquel paso súbito de desgarbadas a graciosas, la mejor publicidad.
El local lo alquilaron en la misma galería del ultraje. Un piso más arriba. Su venganza.
Llevó días consensuar el nombre.
Cifras le regurgitaba a Letras cada correctismo suyo. Cuerpos no hegemónicos. Fisonomías de la diversidad. Físicos exóticos. Personas de expresividad reducida.
Y proponía desde su lógica geométrica.
“Modelos para armar”, impuso una noche, ya harta, con gesto seco, bajando del altillo.
Para “amar”, le retrucó la otra, en contraofensiva poética. Y quedaron enfrentadas con cara de esto así no va más.
A punto preciso de ruptura, la matemática tiró su última carta.
– Un homenaje al inspirador entonces: “Academias Mona Lisa”.
La poética se rindió al arte. Agregó nomás su bajada: “La gracia en ocho clases”.
Lo hicieron pintar a toda vidriera.
Veinte afiches lobby card para las facultades, su territorio.
Y mil volantes tamaño postal. Como para sacar de la cartera y repartir en mano a cada desgarbado de la fiesta, a cada insulsa de la cátedra académica.
Las vacantes del primer grupo se cubrieron en una semana.
Y agotaron el cupo completo antes de pagar el segundo alquiler.
Desabridas del mundo uníos.
Y desabridos, digamos las cosas como son, porque ellos fueron enseguida mayoría. Entraban mirando al techo con cara de distraído, ellos. Y hasta de asquito algunos. O haciéndose los graciosos, como el que entra al sex shop.
Pero entraban.
Repetían al principio con gesto escéptico las mediciones, transitaban las planimetrías con cara ruda de gimnasio. Hasta que en un visaje, en una contorsión, asomaba, tímida, la gracia anhelada. Veían en la mirada del desgraciado de al lado el brillito. Se angelaban y empezaban a creer. Fe en la aurea proporción. San Fibonacci. Se animaban, cursaban las escalas con simetría y ritmo, y la gracia crecía. Y crecía. En la tercera clase manejaban rudimentos Da Vinci. Agraciados súbitos. Fueron los zurdos precursores. Ostentaban en el ambiente esa súbita seducción en cifras que habían aprendido. Y pasaban el dato por lo bajo. Quién no quiere garbo en la vida. Enseguida se acercó a las clases el resto del espectro.
De izquierda a derecha. De las clases a las bases. Del centro a la periferia, las virtudes del Guarismo se cuchicheaban aquí y allá. Un ventarrón de susurros.
Los cursos se llenaron. Listas de espera. Nadie allí pensaba ni de lejos en los desfiles, claro. Lo del modelaje ya no funcionaba ni como excusa. Qué sentido desfilar en un salón estando de pasarela posible la vida. Todos venían a por lo mismo: gustar. Gustar.
Bigotín miraba subir clientes y respiraba por la herida. Pero no se desangraba. Mandó a dos de las suyas, de esas zalameras incondicionales que siguen a cada maestro siempre, a espiar al piso de arriba. Se anotaron y anotaban. Como quien no quiere la cosa. Y bajaban información. Literalmente, del tercero al segundo. No entendían muy bien, pero copiaban. Estudiaban de memoria. El exmodelo transpiraba oloroso su musculosa azul añil, y probaba lo que podía con los alumnos que le quedaban. Leonardo segunda selección. Como los resultados no aparecían sumaba más y más rigor al método. Mecanizaba. Metalizaba. Si el sistema de las Anas atrapaba en un escenario, la versión Bigote condenaba a calabozo incomunicado. La gracia del Guarismo llegó al grupo, al fin, en una angustiante clase de viernes. Pero convirtiendo a cambio a cada agraciado en artefacto. Un electrodoméstico de gustar. Repetían maquinales sus mohines, murmurando cifras memorizadas. Las boquitas movedizas fueron el sello de su alumnado. Buscaban gestos para ocultar esos labios con algún encanto. Trabajoso, al final, el garbo se asomaba tímido entre los engranajes. Atrayentes al fin una vez en la vida. La versión Bigote era impiadosa, sí, pero qué importaba si con ella disfrutaban, al fin, los desalados, de la gran propiedad. Agraciados por fin, los sosos. Qué importaba el aislamiento, la boca velada, el autoautismo. Ahora eran mirados. Gustaban. Se pavoneaban vanidosos por calles y plazas.
Alentado con los resultados, y temerario, el exmodelo se subió al tren y se jugó al todo por el método. En acto impune le cambió el nombre a su academia. “Monas y lisas”, le puso. Segunda marca a morir. Cobraba la mitad que las de arriba, y prometía resultados milagrosos sin la prudencia de las creadoras. Y en cambio de ocho clases, como las Anas, garantizaba resultado con solo seis. Pichincha. Saldero del genio. Saldieri. Agraciada Aprendiz en tres sesiones, Oficial Agraciada en tres más. Los monos, sabrán decirle enseguida a su alumnado; más por el afán imitador que por el nombre de la escuela. Cuando hizo su sold out, abrió de sobrepique un curso online. Para las provincias. Belleza exterior para el interior, le puso de epígrafe al videíto: sus dos incondicionales en tacos, mostrando el antes y el después. Y él, de erecto fondo añil. Caderudo. Obelisco.
En esa rara energía que crean las modas, de un abril para un septiembre El Guarismo se arraigó. Al principio los saborizados resaltaban en su diferencia con el resto de la comunidad. Ostentosos como nuevos ricos los nuevos agraciados. Se empoderaron. Se radicalizaron. Crearon territorio anexo: montón de desangeladas ahora redimidas, abriendo perfil para exhibirse. OnlyFlan. OnlyFané. De a poco toda la comunidad quiso su cuota: Guarismo no binario, Guarismo rebelde de adolescentes que disfrutaban más del hermetismo que del atractivo, Guarismo para adultos mayores, que ponían en valor su soledad forzosa. El Guarismo fue tomando las calles.
Como a todo saber muy demandado: quien no lo paga lo roba. Cientos de tutoriales truchos circulando online. De boca en boca ahora la fórmula, crecía la colonia. Los conquistadores de la gracia.
La gracia se convirtió en atributo común. Y común, como consecuencia, el no poder atender nadie a la gracia de alguien por atender a la propia.
Si. Todo el mundo había ganado su anhelado atractivo, pero ahora, en el ensimismamiento de sostenerlo, nadie miraba ya a nadie para no desguarismar. Desguarismar se volvió tendencia.
Tanto ensimismado pululaba, que en las fiestas se turnaban por grupos para hacerle de admiradores a la otra mitad.
Los agraciados naturales, en selecta minoría, observaban – atónitos – al fenómeno. Y miraban con temor la masificación del atractivo.
Todo se trastocaba.
–Qué hicimos, socia, preguntaba azorada Ana la de los números, con el – ya ahora ritual – pingüino nocturno.
–Qué hicimos sucio, socia, agregaba la otra.
La fórmula fue circulando y circulando. Libre. Y de semana a semana fueron escaseando cada vez más los alumnos, claro. Un grupito los sábados a la tarde, les quedó, finalmente. Viejos, la mayoría, que les costaba entender a lo nuevo. Y que encontraban, como siempre, linda excusa para juntarse con otros viejos, chacotear, y compartir recetas con ginseng.
–Como con Internet. Te juro que cuando yo era chica los viejos tomaban cursos de Internet, boluda.
Bebían meditabundas su moscato y miraban desde la ventanita del entrepiso a tanto paseante enguarismado.
-Qué hicimos, boluda.
–Qué hicimos…
Algunos sitios fueron prohibiendo su práctica. Fábricas y talleres, sobre todo, donde el abismamiento generaba riesgos. O aulas, donde por sostener la gracia nadie sostenía la atención. Pero el narcisismo es indomable. Gustar. Gustar. Se encontraban argucias todos los días. Disimulos. Libros que permitían fingir de lector mientras se agraciaba. Teléfonos que simulando charlas atentas disimulaban el rezo involuntario de los parámetros. Volvieron cosas olvidadas que ahora camuflaban la aplicación mecánica del Guarismo. No era raro ver en los bares señoras coquetas fingiendo atención a un bastidor de bordado al que daban cada tanto una puntada errática, o moviendo artificiales unas agujas de crochet. Señores que fumaban su habano entre nubes de humo con artificial deleite, y sin sacar casi la mano de la boca murmurante, mientras seguían su coreo rigurosa.
Había quién se rescataba y miraba, sí, uno que otro, pero en su sobreoferta la condición iba valiendo menos cada vez. Garbo por dos pesos.
El mercado hizo al fin su trabajo. Sin consumición, inútil la emisión. Infame costo beneficio. Reducida la demanda, la oferta perdió sentido. Perduró un tiempito en fenómeno de pantalla, nomás, a la que se podía mirar, tal vez, en la intimidad y sin la carga mortificante del protocolo de gustar. Pero pasó su hora también. Diario de ayer. Más viejo que el guarismo. Hasta las Anas lo empezaron a escribir con minúscula.
Sobrevivieron un tiempito en la calle pequeños bolsones de vanidad autoerótica. Guarismo onanista, náufrago, mirándose al pasar, en una vidriera, y en la siguiente, y en la otra. Narcisos buscando melancólicos su charquito. Pero aquel furor de la novedad había desaparecido.
Todo lo sólido se desvanece en el aire.
Uniforme y vigorosa, como el pasto que crece tras el incendio, la insipidez fue regresando. Los larguiluchos volvieron a su falta de encanto consuetudinaria. Fingiendo orgullo la mayoría. Y hasta con farolera rebeldía algunos, lo que le agregaba al regreso su valor romántico. Los indóciles. Tuvieron su nicho. Soy insulso por elección. Quereme insípido. Eso.
El año del guarismo. Así se lo recordaría después. Como a aquel de la llegada a la luna. O el del Mundial. O el de los pantalones achupinados.
Da clases en exactas ahora, la exacta. Una ayudantía. Se menta en ciudad universitaria de aquellos estudios suyos en geometría erótica. Pero tantos memes sobre el asunto que hubo entonces, como para tomarlo en serio. Se le ríen por atrás en los pasillos. Hacen chistes.
Que la profe no entiende.
Incipit tragoedia, íncipit parodia (Comienza la tragedia, comienza la parodia). Así lo estudió la otra Anita en Puan.
Pero no está más en Puan la otra Anita. No pudo terminar Letras, no dio la plata, pasó por un mal amor, un amor de mierda, extrañaba y se volvió. En sus pagos de vuelta, ahora. Una pieza en la terraza de la casa del padre (su dormitorio de aquellos tiempos ya lo intrusó la hija del nuevo matrimonio). Su camita de adolescente y su escritorio con pegatinas. Para usar internet tiene que bajar a la cocina. Integrarse. Prefiere el calorazo santafesino en el patio, donde alcanza con lo justo a la señal. Toma mate frío con té de hipérico, que escuchó que es bueno para la depresión. Sin trabajo ni pensar en volver a terapia.
A Bigote lo habían perdido de vista. Un lunes aparece de sorpresa en un reality, y las chicas se mandan mensaje enseguida chusmeando. Hacía tiempo que no se mensajeaban. Arrinconada en el metrito de sombra junto a la medianera, Ana le cuenta a Ana. De su bajón. De la hijita del padre que le revisa la pieza cuando ella sale. De un empleo de vendedora en un bazar donde no duró ni una semana.
-Qué podía hacer una jirafa en un bazar, le dice, y la otra no responde. Chiste; le aclara, como siempre, para descolgarla.
Pero ni para reírse les da.
Siguen el ida y vuelta en la semana.
Bigote dura en el programa cuatro emisiones apenas.
–Jirafa en un reality, le escribe ahora la otra desde Capital. Y Chiste, abajo, ella también, orgullosa.
Se llaman. Ana desde el patio se larga a llorar. Que no aguanta más, que es una inútil.
– Cómo no vas a estar piltrafa. Estás para vivir de las palabras, vos, y te empleás a vender sartenes.
Hay silencio a dos puntas. Paso de coches de un lado. Mosquitos del otro. Se despiden.
Esa misma tarde, Ana, a pleno sol ahora en el patio, lo recibe. Le cuesta leer la pantalla. Una cifra con muchos decimales. Y más abajo: Memorizá y borrá.
El instructivo es escueto: Un planito y dos notas. Para la gramática y para la estructura.
En su PC de monitor obeso, del tiempo del bachillerato, Ana calcula proporciones, establece parámetros y empieza a escribir esta historia. En rulo Fibonacci, decide, mirando el plano. De afuera hacia adentro, el remolino.
El Guarismo, le pone de título.
Por las dudas compra en el super una botella de moscato y la esconde atrás del CPU.


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