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Mitos actuales, en los que la razón parece ausente

En Volver a Ítaca, el escritor Miguel Gaya, sostiene que la película de Crristopher Nolan, con su lenguaje moderno, mantiene algo vivo. Sobresale una metáfora: es un viaje a la muerte, sobre todo a la eleccion de la propia muerte.

Por Miguel Gaya (Clarín)

Para cuando el despreocupado lector lea estas líneas, cualquier mención a La Odisea le resultará agua pasada, llover sobre mojado. Ya se ha escrito, discutido y analizado tanto la última versión cinematográfica, que le sonará a música banalizada por la repetición. Si acaso, evocará un ominoso caballo de madera en la playa, unos combates feroces, hombres sudorosos metidos en quién recuerda cuántos problemas.

Y sin embargo algo late aún. Algo que resiste no solo el olvido, sino y sobre todo el carpetazo que da el olvido. No es otra película de moda de la que todos hablan y pronto olvidan. Es, sobre todo, sin que uno pueda evitarlo ni precisarlo, la cólera funesta del pélida Aquiles, la aurora de sonrosados dedos, el astuto Ulises revolviéndose contra su destino. Algo sigue vivo allí.

Sabemos que la Odisea ha sido llevada al cine innumerables veces. Desde una temprana versión de 1911, el primer largometraje italiano con sirenas y cíclopes de cine mudo, hasta la de hoy mismo del Christopher Nolan, cuyas imágenes hablan nuestro lenguaje moderno. Para los que prefieren la versión escrita, digamos que la Odisea fue recopilada y atribuida a un único Homero hará unos veinticinco siglos como poco. Y quienes prefieren los hechos a la poesía de la ficción, los sucesos que relatan tienen unos 3.200 años de antigüedad, años más, meses menos.

En todas está Odiseo. O Ulises, como siempre le hemos dicho por acá. El astuto, el que negocia o se atreve a todo con tal de volver a casa, el que prefiere evitar la gloria con tal de envejecer en su cama y con su esposa, el que despliega cualquier artimaña para continuar un viaje que parece cíclico, pero no lo es. Es un viaje a la muerte, pero es sobre todo la elección de la propia muerte. La muerte en casa, con el honor que da el origen, la tierra y la familia. Y los dioses mirando lo que los hombres deciden.

Es, de un modo indudable, el primer héroe moderno. O una forma de héroe que antes no existía como tal, con el que no nos cuesta mucho identificarnos. Con la opacidad y ambigüedad de todos los mitos, y con el fulgor revelador que solo los mitos tienen. Tal vez por eso resuena una y otra vez. Tal vez por eso, como mito, rebota de siglo en siglo para seguir explicando algo de nosotros.

Se ha dicho, y con certeza, que el «paso del mythos al logos» marca el nacimiento del pensamiento racional en la antigua Grecia, cuando la humanidad empezó a sustituir las explicaciones míticas por causas naturales y lógicas. Se ha dicho también, y creo que con cierta ligereza, que al tener el logos, la explicación racional de las cosas, no necesitamos más del mito, esa forma tosca de explicarlas.

No parecería ser así. No al menos del modo en que el mito, una y otra vez, se muestra vivo. Y no solo nos explica, sino también nos arrastra. No es otra cosa lo que estamos viendo hoy, en esta época descreída de toda razón. Me pregunto qué mitos nos estarán hablando ahora mismo, en que la razón parece no dar cuenta de aquello que nos pasa.

  • Fuente: artículo publicado en Clarín y distribuido por el autor en su cuenta de Facebook

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