Opinión Política

El fin del «Che» en Bolivia, confirmación de la brutal derrota socialista

El periodista Alejandro Horowicz, autor entre otros del libro Lenin y Trotsky, los dragones de Marx, redistribuyó ayer un escrito sobre el significado de la muerte del "Che" Guevara, en Bolivia, ocurrido en Bolivia el 9 de octubre de 1967.

Por Alex Horowicz

La muerte del Che constituye un problema político de primer orden, para los que deseaban la victoria de su emprendimiento guerrillero, para los que disintiendo comprobaron que sus caminos alternativos sufrieron idénticos destinos. La muerte del Che resultó, para América Latina y el mundo, otra confirmación brutal de la derrota socialista.

Un esbirro de la CIA en la selva boliviana asesinó el nombre del miedo reaccionario a la revolución mundial. A tal punto le temían, que le cortaron las manos para “comprobar” si realmente se trataba del comandante. Recién entonces respiraron hondo, porque un enemigo mortal dejaba de soplarles la nuca aunque Castro siguiera a 90 millas de Miami.

Al año siguiente, cuando los jóvenes contestarios franceses hacían temblar al gobierno del general De Gaulle, las pancartas reprodujeron la foto legendaria en los diarios y revistas del mundo entero. Los hijos de la resistencia antinazi, y los obreros de la Renault marcharon por París, y los ecos de los adoquines retumbaron en las calles de Córdoba.

Otra vez el miedo les atenazaba la garganta. La confluencia de obreros y estudiantes, de militantes y ciudadanos, obligó a los herederos de la contrarrevolución Libertadora a tolerar elecciones sin fraude pero con un proscrito. Y en Ezeiza, en la movilización popular más grande de la historia de Sudamérica, las banderas del Che ondearon como nunca.

La derrota del 76, que no es solo la derrota de la izquierda revolucionaria, fue el punto de corte de la historia nacional. El bloque de clases dominantes se desentendió definitivamente de cualquier proyecto nacional, por limitado que fuera, para sumarse a la lógica del capital financiero globalizado. Y los que tuvieron la formidable osadía de soñar una patria fueron masacrados, mientras la sociedad argentina mayoritariamente decía: «por algo será», en compañia de los grandes diarios y los «partidos democráticos» .

Antes, Salvador Allende, que había paseado por las “grandes alamedas” de Santiago con Fidel Castro, cayó asesinado por los gurkas de la satrapía pinochetista; millones de chilenos marcharon a un exilio que «Los detectives salvajes», la novela de Bolaño, remitió a la dolorosa experiencia mejicana. Es decir, al territorio donde los restos del naufragio revolucionario saben concluir su peripecia, desde que la Revolución Española fuera derrotada en las calles de Madrid.

La caída del Muro de Berlín fue la postal definitiva. Y hoy, la victoria fascista italiana nos recuerda que ninguno de nuestros muertos descansa en paz. Y que nuestro derecho a un mundo compartido y fraterno choca invariablemente con los enemigos del Che Guevara.

  • Fuente: nota redistribuida ayer por el autor en su cuenta de Facebook

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