Por Hernán Brienza
Un mito fundacional, según Joseph Campbell, mitólogo y escritor estadounidense, no es una mentira ni un relato, sino que tiene una capacidad ordenadora para la sociedad que los crea y sostiene como una manifestación cultural. Y, en tanto metáfora, contiene cuatro funciones claves: una función mítica (despertar admiración y asombro), una función cosmológica (explicar el universo), una sociológica (construye y valida un orden social) y, por último, una tarea psicológica (la de guiar en su acción a los individuos). Un mito no es una mentira: es, quizás, una verdad alternativa a la realidad. El mito fundacional del peronismo es, obviamente, el 17 de octubre de 1945, llamado – denominación cargada de significados e ironías históricas – el Día de la Lealtad. ¿Es posible reescribir la historia aprendida sobre esa jornada mítica? ¿Es deseable hacerlo? ¿O alcanzará simplemente con desdecir algunas cosas, corregirlas, volver a pensarlas más de ochenta años después y para otras necesidades históricas?
El primer dato que es necesario revisar es la idea de que el 17 de octubre fue una verdadera fiesta como el mito lo sugiere. Pese al imaginario que recorre a la sociedad argentina, sobre todo al peronismo, que construye a ese día como una jornada de paz y alegría, la realidad de aquella jornada que quebró la historia del siglo XX en dos, es relativamente diferente: el verdadero componente de esa movilización fue la lucha de los trabajadores más que una marcha inspirada por la lógica de la Lealtad, entendida como una adhesión automatizada y sin capacidad crítica hacia un liderazgo determinado.
El segundo elemento consiste en la gran operación política y cultural, que tuvo a Juan Domingo Perón como gran protagonista, y que logró transformar la movilización “espontáneamente organizada” – en la dialéctica entre las bases y los dirigentes del movimiento obrero – en una marcha “espontánea” en la que el papel de Eva Perón era muchísimo más estelar que el que realmente había tenido. Así, la original rebelión de los obreros pasó a ser una agradecida respuesta de los trabajadores a los derechos que su líder y su compañera – la supuesta factótum de ese día – le habían otorgado como gracia.
Lo llamativo de este discurso histórico es que tanto peronistas como antiperonistas necesitaron construir esa mitología. Los primeros para poder construir una relación desde el Estado vehiculizando la lucha de los trabajadores. Los segundos, porque necesitaban deslegitimar ese 17 de octubre haciendo pasar al “subsuelo de la patria sublevado” como una simple “manipulación” realizada por Perón sobre las masas inconscientes conformadas por la migración interna de los “cabecitas negras” sin experiencia política y sin memoria de las luchas obreras “realmente verdaderas”, es decir las llevadas adelante por organizaciones de izquierda dirigidas por líderes de tradiciones europeas como la socialista, la comunista y la trotskista.
Los dos relatos son falsos, según demostraron los inteligentísimos trabajos de Daniel James, “17 y 18 de octubre de 1945: El Peronismo, la protesta de masa y la clase obrera argentina”, el ya clásico “Resistencia e integración” y el de Louise Doyon, Perón y los trabajadores, los orígenes del sindicalismo argentino peronista, 1943-1955. En aquella jornada histórica del 17 de octubre no hubo ni sumisión por parte de los trabajadores ni pacifismo “sui generis”. Se trató del día de lucha, protagonizado por los trabajadores, más importante de la historia argentina.
Y no estuvo ausente tampoco la violencia de baja densidad, como lo muestran las principales crónicas periodísticas de aquel día. Esas manifestaciones ubicaron como espacios de repudio los símbolos del viejo régimen conservador resquebrajado: los edificios de la Sociedad Rural, los centros de comercio, las casas universitarias y las sedes de la UIA, que fueron atacadas con piedras, bombas de alquitrán y huevazos. Para las décadas de ninguneo de la clase obrera argentina en el mapa del poder previo a 1945 parece poco enojo, es cierto, pero el verdadero significado se encuentra en la conciencia de los manifestantes en identificar correctamente a sus enemigos históricos. Pese a quien le pese, el 17 de octubre tuvo un componente fuertemente clasista.
No se trata de hacer revisionismo ingenuo ni de pretender cambiarle el sentido a la gran operación cultural del Peronismo que fue el Día de la Lealtad, sino simplemente de sintonizar mejor los datos históricos para comprender algunos andamiajes construidos con posterioridad a los hechos. Mal que le pese a muchos, la relación entre Perón y el Movimiento Obrero Organizado nunca fue de obediencia y sumisión y siempre fue más autónoma y más tirante de lo que los mismos peronistas y antiperonistas recuerdan. Por eso, a pesar del componente de “lealtad” de los trabajadores para “rescatar” a su líder, aquella jornada, de la que se cumplen más de ocho décadas, no fue una respuesta a ninguna convocatoria: se trató de una iniciativa propia del movimiento obrero, muy discutida por los dirigentes, muchos de los cuales fueron incluso superados por sus mismas bases, pero que tuvo como principal protagonista a los trabajadores, trabajadores que no fueron “llamados” sino que decidieron actuar, como sujetos, por su propia voluntad, para quebrar el dominio hegemónico de la partidocracia liberal conservadora y los factores de poder real de la Argentina.
Perón comprendió rápidamente que en esa movilización estaba el germen de su poder, de su legitimidad y que era el ariete necesario para sentar a negociar a los poderes reales y “arrancarles” un pacto social a una clase dominante que nunca estuvo dispuesta a comprometerse con las mayorías trabajadoras ni con el Estado nacional. Pero para eso debía capitalizar simbólicamente la fuerza de los trabajadores. De esta brillante operación política nació el Día de la Lealtad, ya sí como creación del político argentino más lúcido del siglo XX. Por esa razón, todos los 17 les recordaba a los sectores dominantes que él, y sólo él, podía garantizar una paz social fundada en un particular y criollo Estado de Bienestar o de Compromiso.
Otro elemento mítico es la pureza de la marcha. El propio Raúl Scalabrini Ortiz en su bellísimo texto publicado unos años después de la mítica marcha desmentía sin querer alguno de esos mitos fundacionales: “Corría el mes de octubre de 1945. El sol caía a plomo sobre la plaza de Mayo cuando inesperadamente enormes columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con sus trajes de fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y de sus talleres. No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade el parque de diversiones con hábitos de burgués barato. Frente a mis ojos desfilaban rostros atestados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasamente cubiertas de pringues, de restos de brea, de grasas y aceites. Llegaban cantando y vociferando, y unidos por una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir. Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendientes de meridionales europeos iban junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en el que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún (…) Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria, sublevado. El cimiento básico de la nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el sustrato de nuestra idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente, en su primordialidad sin recatos y sin disimulo. Era el de nadie y el sin nada, en una multiplicidad casi infinita de gama y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenido por la misma verdad que una sola palabra traducía”.
Scalabrini lo dice: no se trataba de una multitud homogénea, era una alianza de trabajadores de distintos orígenes y de distintos sectores del mundo del trabajo. Plural, repleta de particularidades, de contradicciones, heterogénea, furibundamente viva.
Pero también es necesario agregar que no hubo un solo 17 de octubre. Fueron varios en un mismo día: que las columnas de trabajadores se fueron superponiendo y aglutinando y que no tenía la misma composición por la mañana que por la noche, y que hasta concurrieron empleados bancarios, oficinistas y hasta policías de la Federal reclamando por el regreso de Perón, como bien consignan las crónicas de la época.
El 17 de octubre de 1945 dividió la historia del siglo XX argentino en un antes y un después. Sin embargo, los cambios ya se preanunciaban desde principios de esa década. El modelo económico agroexportador – que había sostenido el Régimen oligárquico entre 1862 y 1916 – estaba definitivamente agotado y las prácticas semidemocráticas como el clientelismo y el fraude conservador ya habían perdido legitimidad incluso entre la élite dominante. Ese día no debería ser solo un día peronista. Debería ser celebrado como el día en que Argentina comenzó la modernización de esa forma particular de capitalismo que fue hegemónico durante medio siglo por lo menos. Pero no solo eso: El 17 de octubre no es solo el Día de la Lealtad entendido como el agradecimiento ascendente del pueblo a su líder, sino que es el día en que se constituyó un pueblo que designó a su líder. El grito que se escuchó durante toda esa jornada fue alumbrador: “Queremos a Perón”. Era el grito de voluntad de un pueblo que sí sabía de qué se trataba.
El mito fundacional del peronismo, como podría sugerir Campbell, ordenó las relaciones hacia el interior del movimiento nacional y popular entre el conductor y los conducidos. Orden y Lealtad. Quizás habría que revisar ese mito. No para desecharlo sino simplemente para agregar un ida y vuelta a esa lealtad que se exige y se proclama. Quizás si se corrige parte del mito fundacional es posible encontrar momentos para escuchar los gritos adormecidos por la abulia de aquellos que hoy “quieren querer” y no pueden expresarlo.
- Fuente: publicada en al revista Zoom y compartida por el autor en su muro de Facebook


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