Opinión

La desgracia no demuestra una condena divina

El estupor que produjo la muerte de un sacerdote el domingo en Ecuador, cuando daba misa y se le cayó la imagen de Jesucristo en la cabeza, no dejó indiferente a nadie. Aquí lo escrito por Carlos Aletto.

Por Carlos Aletto

Una piedra cae de un techo, golpea a un hombre en la cabeza y lo mata. Spinoza propone esa escena en el apéndice de la primera parte de la Ética. Quienes buscan intenciones en la naturaleza se preguntan por qué la piedra cayó justamente cuando el hombre pasaba por allí. De esa coincidencia deducen un propósito: la piedra habría caído para matarlo. Spinoza muestra así nuestra tendencia a convertir una causa en una finalidad, a encontrar una voluntad donde solo existe una concatenación de circunstancias.

Ayer vimos las imágenes que parecen concebidas para poner a prueba esa reflexión. Un sacerdote celebra misa. Detrás de él, una cruz con la figura de Cristo se desprende, le golpea la cabeza y lo mata. Poco antes había hablado de la muerte, de su llegada imprevisible. Todo queda registrado en videos. La escena posee una precisión que, si perteneciera a una ficción, podría parecernos excesiva.

Soy ateo. No veo en ese accidente una venganza divina ni un mensaje sobrenatural. Sin embargo, esas imágenes me provocaron una conmoción que no consigo explicar solamente por la tragedia. Por eso no dejo de pensar y escribo. No es la improbabilidad del hecho lo que me perturba, sino la extraordinaria coincidencia de sus elementos: una iglesia, un sacerdote, una reflexión sobre la muerte y la figura de Cristo que se desprende para provocar otra muerte. Todo parece responder a una intención que sé que no existe.

Hume definió el milagro como una transgresión de las leyes naturales. Aquí no se ha quebrado ninguna ley. Una cruz puede desprenderse y caer sobre una persona. Lo extraordinario ocurre enteramente dentro del orden natural. Y acaso por eso resulte todavía más inquietante: la realidad puede producir, sin intervención sobrenatural alguna, una escena que parece organizada por una voluntad superior.

Pienso en la palabra contramilagro. Si el sacerdote hubiera dado un paso y la cruz hubiese caído a su lado, alguien podría haber interpretado su salvación como un milagro. Pero sucedió lo contrario. La coincidencia parece adquirir la forma de una voluntad que castiga. La precisión del accidente se transforma, ante nuestros ojos, en una especie de puntería. No creo que exista ese castigo, pero la imagen consigue producir su apariencia.

La propia tradición cristiana ofrece argumentos contra esa interpretación. En el Evangelio de Lucas, Jesús recuerda a los dieciocho hombres muertos cuando cayó sobre ellos la torre de Siloé y rechaza que fueran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén. La desgracia no demuestra una condena divina. Sin embargo, nuestra necesidad de encontrar sentido suele ser más inmediata que nuestra capacidad de aceptar el azar.

Hay algo más en esas imágenes. Cuando volvemos a mirarlas, sabemos lo que va a suceder y el sacerdote todavía no. La cruz permanece inmóvil, pero nosotros ya conocemos su caída. Cada instante anterior parece anunciar el siguiente. La repetición transforma retrospectivamente un accidente imprevisible en una escena con apariencia de destino. Y esa impresión resulta todavía más poderosa porque no estamos ante una ficción: nadie escribió ese desenlace.

Quizás allí resida lo verdaderamente perturbador. El azar es capaz de producir una composición simbólica tan perfecta que nuestra imaginación se resiste a reconocerla como azar. La razón comprende las causas; la percepción descubre una intención; la conciencia rechaza esa intención, pero no consigue disipar por completo el estremecimiento.

Mi ateísmo no me vuelve indiferente a la fuerza de los símbolos religiosos. Puedo no creer en Dios y, sin embargo, sentir ante esa cruz que cae sobre un sacerdote algo semejante a la impresión de estar presenciando una intervención divina. No porque dude de mis convicciones, sino porque las imágenes tienen una capacidad de significar que excede aquello que sabemos racionalmente de ellas.

Tal vez el contramilagro sea precisamente eso: la experiencia de lo sagrado producida por una coincidencia, sin necesidad de que exista nada sagrado detrás de ella. La capacidad del mundo de construir, mediante el encuentro fortuito de sus elementos, escenas que parecen concebidas con una intención absoluta.

No encuentro en esa muerte una revelación. Encuentro una imagen que me obliga a enfrentar la distancia entre lo que sé y lo que siento. Una realidad que parece haber escrito una historia sin que nadie haya intervenido para escribirla.

A veces lo difícil es soportar que un hecho parezca decir tanto y no haya sido pronunciado por nadie.

  • Fuente: publicado por el autor en su muro de Facebook

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