Desde el comienzo de nuestra vida vemos palabras por todos lados. Nos enseñan las vocales, los números, los verbos, etc. Nuestros padres nos entregan a una institución para que ésta nos moldee la cabeza durante una determinada cantidad de años. Aprendemos los suficiente como para que nuestras maestras nos llamen una persona «inteligente», o simplemente, alguien aprobado. ¿Y si todo lo que nos enseñaron fue para el bien ajeno?


Pensémoslo bien. Nos instalan métodos, teorías, reglas y demás para solucionar cosas que en un futuro salvaguardarán la realidad de otro. Nos educan para trabajar, tener buenos modales (supuestamente), ser capaces de formar una familia y mantenernos con un buen rendimiento físico. Pero no nos desviemos de la cuestión principal: En todas las cosas que nos instalan se encuentra la escritura. Los humanos nos apoyamos en este arte, esta creación, este hito que logró un avance fantástico a partir de su descubrimiento. Cuando vamos al supermercado a hacer las compras, a los que a partir de ahora habrá que ir con bolsas propias, usualmente llevamos un papelito de recordatorio. Aquel pequeño pedazo de papel en el que pasamos por encima quizá un lápiz o una lapicera, haciendo de esa cosa exclusivamente blanca, algo de puntitos azules, negros o demás. Al firmar las cuentas, el cuaderno de comunicaciones del nene o nena y al escribir rápidamente para no atrasarse en lo que dicta el profesor, estamos dando una vida alternativa a la realidad, que luego se compatibiliza con ésta, formando parte de otra realidad paralela. Me refiero a esto de esta manera ya que la escritura es algo vivo. Así es. En el momento de escribir seis, siete, ocho palabras, estamos creando al niño que debemos cuidar durante toda nuestra eternidad, el cual generalmente es nuestra palabra.
Ante el sometimiento diario a las cadenas, gobiernos, religiones y mega corporaciones, una buena parte del mundo busca refugiarse en la escritura. Dar vida a algo que existe y siempre existió. Siempre estuvo en nuestra cabeza. La fuimos formando y educando con el tiempo, según los mandamientos y los estigmas del otro. Sin duda, esto es un arte como el tocar la guitarra, hacer un dibujo o sorprender a tu cuerpo con una rutina de baile. Se digiere de una manera distinta, pero termina representando lo mismo. El mismo amor a la vida.
Desde Humanidad NyR le agradecemos a Ricardo Piglia por sus obras y maravillas que dejó en este mundo. Sin duda, será bien recordado por el pueblo argentino.
Desde el comienzo de nuestra vida vemos palabras por todos lados. Nos enseñan las vocales, los números, los verbos, etc. Nuestros padres nos entregan a una institución para que ésta nos moldee la cabeza durante una determinada cantidad de años. Aprendemos los suficiente como para que nuestras maestras nos llamen una persona «inteligente», o simplemente, alguien aprobado. ¿Y si todo lo que nos enseñaron fue para el bien ajeno?
Pensémoslo bien. Nos instalan métodos, teorías, reglas y demás para solucionar cosas que en un futuro salvaguardarán la realidad de otro. Nos educan para trabajar, tener buenos modales (supuestamente), ser capaces de formar una familia y mantenernos con un buen rendimiento físico. Pero no nos desviemos de la cuestión principal: En todas las cosas que nos instalan se encuentra la escritura. Los humanos nos apoyamos en este arte, esta creación, este hito que logró un avance fantástico a partir de su descubrimiento. Cuando vamos al supermercado a hacer las compras, a los que a partir de ahora habrá que ir con bolsas propias, usualmente llevamos un papelito de recordatorio. Aquel pequeño pedazo de papel en el que pasamos por encima quizá un lápiz o una lapicera, haciendo de esa cosa exclusivamente blanca, algo de puntitos azules, negros o demás. Al firmar las cuentas, el cuaderno de comunicaciones del nene o nena y al escribir rápidamente para no atrasarse en lo que dicta el profesor, estamos dando una vida alternativa a la realidad, que luego se compatibiliza con ésta, formando parte de otra realidad paralela. Me refiero a esto de esta manera ya que la escritura es algo vivo. Así es. En el momento de escribir seis, siete, ocho palabras, estamos creando al niño que debemos cuidar durante toda nuestra eternidad, el cual generalmente es nuestra palabra.
Ante el sometimiento diario a las cadenas, gobiernos, religiones y mega corporaciones, una buena parte del mundo busca refugiarse en la escritura. Dar vida a algo que existe y siempre existió. Siempre estuvo en nuestra cabeza. La fuimos formando y educando con el tiempo, según los mandamientos y los estigmas del otro. Sin duda, esto es un arte como el tocar la guitarra, hacer un dibujo o sorprender a tu cuerpo con una rutina de baile. Se digiere de una manera distinta, pero termina representando lo mismo. El mismo amor a la vida.
Desde Humanidad NyR le agradecemos a Ricardo Piglia por sus obras y maravillas que dejó en este mundo. Sin duda, será bien recordado por el pueblo argentino.
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