Adolescentes, adultos, niños y niñas, vivimos todos una revolución. Cada día, tomar rutas, ya no en el sentido literal, sino como una interpretación interior. Elegir si afrontar la violencia familiar/institucional/social o no puede revolucionar nuestra vida. Ser o no un objeto sexual para el resto de la población. Transformar nuestras penas en alegrías, con distintos hábitos, nuevas costumbres y distanciamiento a lo que nos hace mal puede ser realmente revolucionario. La revolución individual y colectiva se da en contextos sociales y culturales que generalmente impactan en la orientación de la misma. Vivimos tiempos de revelación para los jóvenes y ebullición para los más grandes. Los adolescentes descubrimos los grandes males del planeta, las injusticias y las identidades que nos conforman junto a nuestra historia familiar. Los mayores están más arraigados a esta eclosión, generada por un sistema que va perdiendo el apoyo de la humanidad. Los múltiples casos de corrupción, la inseguridad cibernetica, las muertes a mano del odio y una educación conservadora, la desigualdad que hacer ver cada vez más gente en la calle y mucho más esta tocando ya la sensibilidad de personas que ven ascender políticos que retrasan culturalmente nuestras naciones con sus discursos e intereses que seguirán con este sistema carente de conciencia e igualdad.
Estudiantes. Esta palabra nos debe consagrar a nosotros, los jóvenes, para sentirnos en camino a la realización personal, si es que existe. El estudio puede no tener los mejores contenidos. Quizá haya temas en química, matemática o análisis sintácticos de lengua que no vamos a usar nunca en nuestra vida, pero, si por algo nos lo inculcan es porque debe ser importante ¿no?
El primer paso, que ya muchos han dado inconcientemente, en medio de la clase, pensando, ¿para qué sirve esto?, es cuestionarse lo que quiere inculcarnos la sociedad. Para escalar, debemos tener títulos, y aprender de lo que nos deja el otro. Ser funcional para funcionar y cumplir con la adquisición más importante de todo ser humano, que es la felicidad. Esta demostrado, en nosotros mismos, que una sonrisa, un beso, un aplauso, un abrazo, puede hacernos ver un panorama mejor. Y eso es necesario para obtener las fuerzas de todo revolucionario.
Ser rebeldes, pero no salirnos del sistema. Nunca abandonar como un lobo solitario toda esta cadena, a la que le falta cambiarle muchas cosas, pero que funciona para mantener superficialmente el orden social entre las clases medias y altas. Buscar, como lo hicieron nuestros próceres, San Martín, Belgrano, la liberación de nuestros pueblos y de nosotros mismos. La independencia total de cualquier otro individuo o gobierno que controle nuestro mayor poder, lo que nos hace realmente inteligentes: el poder pensar por nosotros mismos.
Para finalizar, les dejamos un hermoso vídeo donde un joven de 3er año de la escuela Maria Claudia Falcone, CABA, toca el himno argentino desde su arma revolucionaria: el violín.
Adolescentes, adultos, niños y niñas, vivimos todos una revolución. Cada día, tomar rutas, ya no en el sentido literal, sino como una interpretación interior. Elegir si afrontar la violencia familiar/institucional/social o no puede revolucionar nuestra vida. Ser o no un objeto sexual para el resto de la población. Transformar nuestras penas en alegrías, con distintos hábitos, nuevas costumbres y distanciamiento a lo que nos hace mal puede ser realmente revolucionario. La revolución individual y colectiva se da en contextos sociales y culturales que generalmente impactan en la orientación de la misma. Vivimos tiempos de revelación para los jóvenes y ebullición para los más grandes. Los adolescentes descubrimos los grandes males del planeta, las injusticias y las identidades que nos conforman junto a nuestra historia familiar. Los mayores están más arraigados a esta eclosión, generada por un sistema que va perdiendo el apoyo de la humanidad. Los múltiples casos de corrupción, la inseguridad cibernetica, las muertes a mano del odio y una educación conservadora, la desigualdad que hacer ver cada vez más gente en la calle y mucho más esta tocando ya la sensibilidad de personas que ven ascender políticos que retrasan culturalmente nuestras naciones con sus discursos e intereses que seguirán con este sistema carente de conciencia e igualdad.
Estudiantes. Esta palabra nos debe consagrar a nosotros, los jóvenes, para sentirnos en camino a la realización personal, si es que existe. El estudio puede no tener los mejores contenidos. Quizá haya temas en química, matemática o análisis sintácticos de lengua que no vamos a usar nunca en nuestra vida, pero, si por algo nos lo inculcan es porque debe ser importante ¿no?
El primer paso, que ya muchos han dado inconcientemente, en medio de la clase, pensando, ¿para qué sirve esto?, es cuestionarse lo que quiere inculcarnos la sociedad. Para escalar, debemos tener títulos, y aprender de lo que nos deja el otro. Ser funcional para funcionar y cumplir con la adquisición más importante de todo ser humano, que es la felicidad. Esta demostrado, en nosotros mismos, que una sonrisa, un beso, un aplauso, un abrazo, puede hacernos ver un panorama mejor. Y eso es necesario para obtener las fuerzas de todo revolucionario.
Ser rebeldes, pero no salirnos del sistema. Nunca abandonar como un lobo solitario toda esta cadena, a la que le falta cambiarle muchas cosas, pero que funciona para mantener superficialmente el orden social entre las clases medias y altas. Buscar, como lo hicieron nuestros próceres, San Martín, Belgrano, la liberación de nuestros pueblos y de nosotros mismos. La independencia total de cualquier otro individuo o gobierno que controle nuestro mayor poder, lo que nos hace realmente inteligentes: el poder pensar por nosotros mismos.
Para finalizar, les dejamos un hermoso vídeo donde un joven de 3er año de la escuela Maria Claudia Falcone, CABA, toca el himno argentino desde su arma revolucionaria: el violín.
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