Sociedad Vida

“Los tatuajes no son una moda, vinieron para quedarse”

Gourmet mañanero y tatuador vespertino, lo que no le impide castigarse horas en el gimnasio, “el MONO Tattoo”, ha convertido su vida en una pasión dedicada a la comida y a la aplicación de tinta en la epidermis de las personas. Su cuerpo no tiene casi espacios libres para los pigmentos que se inyectan con agujas y – como expresa con una sonrisa cómplice a Humanidad – le provocan “placer y dolor”.

Se trata de Jorge Canosa, de 49 años, a quien se puede ver casi todos los días, junto a Melina y otros empleados, en La Farola de Cabildo. Es como un director de orquesta, encargado y responsable del control de calidad de un populoso local, en el centro de Belgrano, al que suelen concurrir, entre otros, el actor Jorge Corona (quien despliega su arsenal de chistes), el plantel de rugby de Los Pumas, o la primera de vóley de Los Gigantes del Sur, de Neuquén.

Camilo Soto (derecha), estrella del equipo, en “La Farola”

“El Mono Gourmet” elabora platos y tiene un gran círculo de seguidores por Whatsapp, que se deleitan con sus creaciones. La última, los “spaguettis Dante”, es en homenaje a su último nieto. Parece incansable, aunque le confiesa a Humanidad, que cuando “salgo de acá, desde los 40 años, tengo un cable a tierra con los tatuajes. Lo mío fue siempre la gastronomía, pero lo otro brotó de adentro, me gusta, me encanta…”.

Explica que cuando ya no tuvo lugar donde tatuarse en su cuerpo, profundizó sus estudios y cursos, y empezó a “marcar” a otros hombres y mujeres, luego de una explosión “tatuística” que se diera a través de las redes sociales, la televisión y en especial desde el programa de Marcelo Tinelli.

Cuando Humanidad le hizo notar que en una época no muy lejana solo se tatuaban los marineros y los criminales y que eso era mal visto (también en los campos de concentración nazi se inscribían números a los prisioneros que iban al matadero), reconoció que hace más de una década, a los que venían con esas inscripciones “no les dábamos laburo, le escapábamos. El tema se mantenía muy oculto, como en otros órdenes”.

“Pero la cosa cambió radicalmente – añadió – y veo que 9 de cada 10 jóvenes, se tatúan con dibujos, flores, leyendas, en algunos casos por sentimientos que se quieren exhibir de esa manera”.

“El Mono Tatto” contradice a grandes filósofos clásicos sobre la perdurabilidad en el tiempo de este tipo de “capricho”, por llamarlo de alguna manera. “Acá se dio vuelta todo, para mí esto no es una moda pasajera, vino para quedarse. Yo tengo escrito los nombres de mis hijos y nietos”.

Detrás de los diseños imborrables – que datan del Antiguo Egipto y de otras culturas antiguas -, hay hoy una cuestión estética. Lo puntualiza “El Mono”: hay gente que se tapa con ellos cicatrices, estrías, quemaduras.

Amante del fútbol (muchos jugadores con sus inscripciones, arrastran e influyen en sus seguidores juveniles y no tanto), evitó imitar un estampado que exhibe Lionel Messi, y se inclinó por una frase que porta Gonzalo “El Pipa” Higuían: “Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita”, exhibe orgulloso en uno de sus antebrazos.

“El Mono” va por más. En marzo, empezará un curso de dibujo en blanco y negro, para luego tratar de hacer retratos en la piel de las personas. Pero lo llaman de la cocina. Debe interrumpir la charla. Se acerca el mediodía y hay apetito entre los tatuados, y no, de la zona.


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