Argentina Sociedad

Bandera roja de remate no sólo para el Partido Conservador

Reminiscencias de la política de los años de la dictadura, rescatadas por la pluma de Mario Sábato.

Mario Sábato suele deleitar a sus amigos, sólo a sus amigos, con relatos embebidos de melancolía que le otorgan un sentido a la vida. No le seduce compartirlos en las redes con los que están acostumbrados a agraviar o insultar, sin ton ni son. Es un poco cascarrabias, pero entrañablemente bueno. Sus inseparables caninos pueden dar fe. Humanidad, no hace más que reproducir para sus lectores una encantadora historia. No hay que ser mezquinos...ya se acabaron las empanadas y el vino, al grito de “Viva el Partido Conservador”… bue…

Por Mario Sábato

Soportaba, y de buena gana, el tono burlón y la indulgencia que Don Paco me destinaba cuando discutía conmigo de política. 
Me reprochaba, sin equivocarse, mi condición de zurdito. Lo único que me molestaba era el diminutivo, pero tenía más que ver con mi edad que con la firmeza de mis ideas. 


Don Paco, desde mucho antes que yo alborotase con su nieto y otros amigos del barrio en el corralón que tenía en el fondo de su casa, era el más conocido dirigente del Partido Conservador en Santos Lugares. Podría agregarse, para su mayor distinción, que también era el único que tenía ese venerable partido en el barrio.


Nuestras discusiones en la mesa del bar del Club Defensores se hicieron más intensas cuando terminaba una de las dictaduras militares y se acercaban las elecciones.
Para entonces, yo todavía militaba en el Partido Socialista Argentino, o ya lo hacía en el Partido Socialista Argentino de Vanguardia. No me acuerdo bien, porque eran frecuentes las divisiones. Los nombres se alargaban, y los partidos se empequeñecían.


– ¡Porque ustedes pretenden reemplazar la gloriosa enseña patria por un sucio trapo rojo!

Me acusó, más de una vez, señalándome con el dedo, Don Paco. Y yo no sabía como calmar las miradas acusadoras de los parroquianos que presenciaban el debate.


Días después, y con el aporte de los dos o tres chicos que me acompañaban en la militancia, pudimos alquilar por una hora un camioncito con parlantes, para hacer publicidad por las calles del barrio.
Ninguno de nosotros iba a votar ese domingo: no teníamos la edad suficiente.
Pero eso no parecía desautorizarnos para decirles a los demás cómo tenían que “emitir su sufragio”.


La vocación política de los que me acompañaron en ese viaje fue frágil. A la media hora de transitar por la abulia del pueblo, se terminaron de aburrir y me dejaron solo con el dueño del camioncito.


Se perdieron lo mejor. A las pocas cuadras oí a otro camioncito, el que había alquilado Don Paco para hacerle propaganda al Partido Conservador.
Lo seguimos, y me divertí por un buen rato contradiciendo al otro locutor.
Fue, creo, un espectáculo apasionante, que muy pocos vecinos pudieron apreciar en las desiertas calles del barrio.

¡Vote al Partido Conservador, para salvar al país del Imperialismo Soviético!
Decía el camioncito de adelante.
– ¡No vote al Partido Conservador, para salvar al país del Imperialismo Yanqui!
Contestaba nuestro camión, veinte metros atrás.


Hasta que el camioncito de Don Paco se detuvo, cerrándonos el paso.
Se bajó un robusto afiliado conservador, veterano de batallas más importantes, y me increpó:
– Che, Marito. El barrio es grande. A ver si te dejás de joder. 


No era cuestión de discutirle el tamaño del barrio, que ya había recorrido dos veces en media hora. Sobre todo, por el indiscutible tamaño del que me sugería otros recorridos.


Un tiempo después, pasadas las elecciones, me volví a encontrar con Don Paco en el bar de Defensores. 
Me invitó a compartir su mesa, y me dijo, como si fuera una buena noticia para mí:


– ¿Sabés que voy a poner una bandera roja en mi casa?
– Bueno, vamos progresando, Don Paco.
– No, todo lo contrario. Va ser una bandera roja, sí, pero de remate.


No tuvo ninguna gracia. Ahora, donde estaba un corralón mágico, con adoquines, en donde pasaban la noche las carrozas a caballo que todavía circulaban por el barrio, se erige, ostentoso y horrible, un edificio de departamentos.

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