Medio ambiente

¿Se puede ganar la batalla contra el cambio climático?

Una de las dos preguntas que se hace hoy Inés Capdevila, es reproducida por Humanidad, a raíz de la movilización mundial.

Por Inés Capdevila (La Nación)

La temperatura del mundo no empezó a subir riesgosamente en este siglo; el fenómeno lleva prácticamente 150 años, pero se aceleró en los últimos 40, alentado por el boom económico global.

La alarma sí se encendió en esta centuria al ritmo de una naturaleza que no se cansa de dar señales: olas de calor donde antes no las había; glaciares que ya son solo agua; sequías en regiones históricamente húmedas y fértiles.

La advertencia vino primero de científicos, luego de organismos internacionales y ahora de las generaciones más jóvenes, las Greta Thunberg, agobiados todos por un consenso: si no se detiene el calentamiento, los fenómenos climáticos extremos serán cosa de todas las semanas en apenas unas décadas.

El paisaje del mundo será diferente, será peor. La década que empieza puede ser el momento bisagra para revertir el aumento de temperatura de la Tierra.

En el nivel de la calle, la movilización nunca fue mayor. Millones de jóvenes comienzan hoy la huelga del clima; cientos de miles de personas en rincones de todos sus países dedican su tiempo a limpiar los mares de plástico, a salvar especies en extinción, a proteger humedales, a prevenir la deforestación. La conciencia permea, a través de los más chicos, de los colegios a los hogares, y de allí al consumo. De a poco, las empresas e industrias -responsables de una porción de emisiones de gases- mejoran sus prácticas para acomodarlas a las exigencias ambientales planteadas por sus clientes.

Pero esa movilización no se refleja en la política de los gobernantes. Bajo el argumento de que perjudican a la economía, Donald Trump está a punto de revertir por completo las medidas de protección ambiental implementadas por Barack Obama. Por una razón similar, Jair Bolsonaro relajó los controles sobre la Amazonia al punto de provocar una catástrofe. Emmanuel Macron lo cuestiona, pero se olvida de que Francia emite más gases per cápita que Brasil. China va a la delantera de las energías renovables, pero también en el consumo de combustibles fósiles, principales culpables del efecto invernadero.

La Argentina apunta a quebrar sus crisis crónicas y a salvar su economía con el gas y el petróleo de Vaca Muerta, justo cuando buena parte del mundo intenta abandonar esos combustibles.

La calle contrapone voluntad y determinación a la ambigüedad de sus líderes. Ellos tendrán oportunidad la semana próxima, en la cumbre del clima, de mostrar decisión ante la mayor amenaza del siglo, de buscar un compromiso que permita transformar la década del 20 en el momento en el que la humanidad encontró la forma de salvar su hábitat.

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