Todo lo relacionado con una pérdida, sea del tipo que sea, provoca en nosotros, inicialmente, un dolor. ¿Que sería de nosotros sin aquellas «desventuras» de la vida?
La vida feliz y absolutamente perfecta sería demasiado aburrida. Por su otra parte, a veces los y las humanas somos insaciables. Queremos, demandamos, anhelamos. ¿Qué es lo que nos merecemos?
Hay una divertida escena del grupo cómico y musical argentino, «Les Luthiers», en la que Daniel Rabinovich, uno de los integrantes, tratando de despreocupar a un hombre angustiado, grita: «¡Yo siempre digo que la vida es hermosa, que la vida merece ser vivida, en cambio la muerte merece ser morida!», soltando unas risas del público.
La vida tiene una inmensidad de cosas para apreciar. Y una de ellas es el fracaso. ¿Por qué vemos como negativo algo que nos ayuda a ser mejores? Porque somos humanos. Y nuestra mente, que tan inquieta es, no tiene una sola forma de ver al mundo. Tampoco tiene una seguridad tal con la cual sostenerse de forma imbatible. Es que es de allí de donde justamente nace su inquietud: de su desconocimiento sobre lo que está más allá de lo que podemos controlar e inclusive de lo que creemos que controlamos.
Bajo este paraguas, en el cual creamos personalidades, reacciones, preguntas, respuestas, creencias y deseos, podemos ver caer la lluvia a nuestro alrededor. Y como toda persona que escucha, ve o siente el agua que cae del cielo, podemos alegrarnos por la sed de la Tierra que ésta sacia, o frustrarnos por las botas que llevamos puestas, mojadas y embarradas.
Es que ahí está la genialidad del fracaso. En ver que la frase «no hay mal que por bien no venga» lleva su fuerza en la convicción de saber que todo pasa por algo y que ninguna situación es permanente, y por ende es reversible. Siendo así, tanto el fracaso como la victoria merecen ser vividas. El resto es vivir, en lo posible, sin sufrir demasiado.


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