Cultura Sociedad

Nélida Roca, el mito de la Venus de la calle Corrientes

Mario Sábato revela aspectos desconocidos de la enfermedad que sacó de los escenarios a la icónica vedette porteña de los años ´60, fallecida en diciembre de 1999.

Mario Sábato, un gruñón afectuoso que ama a los niños y a sus mascotas, autorizó a compartir esta nota. ¡Guay con publicar algo que él no haya dado la señal aprobatoria! La tituló “La Venus de Botero”, pero Humanidad se lo cambió después de releerla. En un café de Mataderos, dos veteranos, hablaban éste viernes de la beldad en cuestión y sus ojos les brillaron como si tuvieran 20 abriles que ya no volverán. No destacaron sus dotes artísticas, simplemente recordaban una estampa que los dejaba mudos al verla bajar las escaleras de un teatro de revistas. Vamos al relato

Por Mario Sábato

Acabo de leer una nota sobre una mujer, antes famosa y ya olvidada, que por su belleza atraía multitudes en los teatros de revistas y que, de pronto, se sumergió en el ostracismo. No aceptó entrevistas, resistió la persecución de los cronistas de espectáculos y no quiso que nadie más la viera. Murió como quiso vivir en sus últimos años. Sin estridencias, sumergida en su soledad.


Ahora, al periodista se le ocurre indagar en los motivos que la alejaron de las marquesinas de los teatros de revista,
Los únicos datos que puede aportar son los que ya conocían algunos íntimos y, sobre todo, el empresario que la contrataba por sumas fastuosas, al que se le había ocurrido la brillante idea de adornarla con una escalera que simulaba mármoles.


La estrella no actuaba bien, ni siquiera era simpática, y carecía de la gracia necesaria para responder las groserías de los capo cómicos. Hierática, envuelta en plumas que mostraban poco y sugerían mucho, y como si sus tacos finitos y tan prolongados fueran los más adecuados para descender escaleras, cuando llegaba al escenario opacaba a los capocómicos que la recibían.


Ella no miraba a nadie, pero nadie podía dejar de mirarla.
El empresario, año a año, extendía la escalera, para alargar la euforia del público.
Hasta que tuvo que hacerla más breve, porque los tobillos de la vedette comenzaron a traicionarla.
Alguna enfermedad había acometido a la que ya todos llamaban la Venus de la calle Corrientes, pero esa desventura, que podía resolverse con menos escaleras y más desnudos, no terminaba de explicar el súbito y definitivo ostracismo.


Que sigue siendo un misterio.
Por esas cosas de la vida, para mí no lo es.
No recuerdo bien el año, pero calculo que lo supe a mediados de los setenta, en Roma.
Sucedió en el hotelito modesto que se había convertido en mi segunda casa, cuando filmaba para la televisión italiana.
Atendí, en la recepción, una llamada telefónica de un amigo romano, ansioso por saber cómo me había ido en el estreno de una película de Visconti, al que me habían invitado.
A mi amigo no le interesaba mi opinión de la película. Tampoco le importaba la película, y apenas le podía atraer lo que había dicho o hecho Visconti en el estreno.
Lo que quería era reírse con las maldades que yo pudiera decirle sobre la previsible y distinguida corte de los milagros, presente en el estreno del Compagno Duca, como le decían sus camaradas del Partido Comunista al Duque de Visconti.


Aún con su hosquedad y conocido mal humor, el Maestro era el patriarca de la comunidad homosexual, que iniciaba su liberación con el entusiasmo y el vigor que tienen todos los italianos para todas las cosas. Y mi amigo suponía – sin equivocarse – que la mayoría de los asistentes no habían concurrido por su entusiasmo cinematográfico, sino para demostrar, frente a las cámaras y una multitud de periodistas, su devoción por la orientación sexual del director.
No me permito hacer chistes sobre maricas, pero eso es lo que exigía mi amigo.


No podía hacerlo con su descarnada gracia, que tantas veces me había demostrado, insuperable para los que no fueran homosexuales como él. Y como sabía que no iba a tomar como homofóbicas mis burlas, no quise defraudarlo.
De entrada nomás, y para guiar mi crueldad, determinó que “seguro eran todos putos los que fueron al estreno”.
Me detuve un momento antes de responderle.
En la minúscula recepción del hotelito estaban sentadas dos personas. Un menudo jovencito y una mujer muy rotunda.
Parecían turistas, pero era posible que algo entendieran del italiano.
Por prudencia, y para ofender a nadie, respondí en castellano, que mi amigo entendía.
No. No eran todos maricas, solo el cincuenta por ciento. La otra mitad eran señoras, más o menos distinguidas.


Alentado por sus risas, me lancé a describir escandaletes y cursilerías, imitar grititos y exageraciones, describir mohines y otras euforias.
Al final, mi amigo me felicitó por mi procaz desempeño. Con la debida maldad:

Te sale demasiado bien el marica.
Terminada mi bochornosa actuación, iba a salir del hotel, cuando el hombrecito, que me miraba fijamente, me cerró el paso:
¿Vos sos Mario Sabato, no?
Era gay, y muy demostrativo. Y me convocó a un personaje de Muerte en Venecia, que Visconti dibujó como un viejo patético que, solo de lejos, logra parecer un jovencito.


Tardé algunos segundos en responder, distraído por su teñido de rubio ceniciento y, sobre todo, por tratar de imaginarme las imposibles disculpas por las bromas que él había escuchado.
Apenas pude asentir con un gesto, resignado a encarar, en silencio, sus ofendas y sus reproches.
En vez de su enojo, me encontré con su abrazo, cálido y alegre.
¡Pero qué suerte! -y agregó, en voz baja – Vení que te quiero presentar a alguien.

“Vení, que te quiero presentar”


Él no se presentó, y nunca supe quién era. Supongo que creyó que no era necesario, por la fama prestada que tienen los modistos o los peluqueros que revolotean alrededor de las estrellas.
Me llevó hasta la señora. Imaginé que ella, detrás de sus enormes e impenetrables anteojos negros, me miraba con alguna curiosidad.
El hombrecito, para presentarme, alardeó de mis presuntas virtudes y de mi inexistente popularidad como director de cine.
Sobrepasado con tantas sorpresas, casi no percibí la que continuó. Que no sería la última:


¡Marito moría de ganas por conocerte!
Asentí, vagamente. Y ella me tendió la mano, como si fuese una reina.
El falso jovencito me deslumbró con una proeza sonora:
¡Pero sacate esos anteojotes para que Mario vea tus ojos maravillosos, Nélida….!
Le ordenó gritando, y completó en un susurro que yo solo podía oír:
… Roca.


Tomé la mano que ella me había tendido y la sujete, suavemente, entre las mías. Y la saludé como lo que sí había sido, una reina:
Es un gran honor para mí conocer a la Venus de la calle Corrientes.
Ella asintió, y dejó por un momento la tristeza que le asomaba en su mirada, desprotegida cuando se sacó los anteojos.
Detrás de la antigua diva, su acompañante me agradeció con una sonrisa enorme.


Fue entonces que entendí el disparate de la presentación que me había dedicado. No le importaba la notoriedad que yo no tenía. Lo que quiso -y consiguió- que un director famoso le rindiese pleitesía a la estrella mustia.
La charla, que no fue una charla sino un monólogo veloz, continuó por algunos minutos, que le bastaron al alegre joven viscontiniano para contarme todo lo que yo no pretendía saber.


Mientras hablaba y hablaba, pensé – primero – que su alegría, como lo había sido mi presentación, era exagerada. Pero antes de que terminase, entendí que las dos desmesuras no eran para mí.
Mi falsa fama y su presunta euforia estaban dedicadas a levantarle el ánimo a Nélida Roca.
Habló del milagroso tratamiento que acababan de hacerle en Rumania, de donde venían.


Allá habrá una dictadura, pero qué importa, tienen médicos geniales y unos aparatos que ni te cuento, que hacen maravillas con los trastornos óseos, todo en base a corticoides, que al principio te causan obesidad, pero que después con las otras medicaciones te vuelven a dejar como nuevo, con las piernas derechitas y firmes como nunca.
Nélida Roca hizo un gestito incrédulo, y yo dije con la mayor convicción que me fue posible, que era cierto.


¡Ves pavota! Vas a volver, tu público va a delirar otra vez por la Venus de la Calle Corrientes.
La miré, tratando de no verla. Temía que algo me delatara. Que se dieran cuenta de que yo pensaba lo mismo que ellos temían, sin decirlo.


No era la Venus de la Calle Corrientes, ni volvería a serlo.
Lo que había sido estaba sepultado por una grotesca estatua de Botero.
Algo que nadie debía ver nunca, porque no hay que lastimar a los mitos, y duele menos el olvido que la piedad.
Tampoco yo debería haberla visto, y lo único que me quedó de esta historia, que me propuse olvidar, fue la ilusión de, aunque solo fuera por un ratito, le haya devuelto un poco de alegría a esa mujer, que tanta le dio a tantos espectadores.

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