Literatura

La vida después de la guerra

Cuento basado en dos pueblos ficticios que se enfrentan. ¿Quién ganará la batalla? ¿Cómo reaccionarán sus habitantes?

Un conflicto a muerte regía entre Santa Cascada y el Reino Floreciente. Estos dos países, limítrofes entre sí, conocían desde el principio el destino de sus relaciones: la guerra. La profunda enemistad histórica, las diferencias culturales y religiosas, y por sobre todo, los intereses de dominación del líder supremo del Reino Floreciente, fueron lo que llevó al extremo el odio entre estos pueblos. Así es como se perpetuó, durante tres años, una lucha armada que depararía en la muerte de cuatro millones de personas de ambos bandos.

El dictador Carlos Ruiseñor, jefe de los florecientes, era un experto militar y meticuloso estratega. Ante sus impostergables ambiciones expansionistas, fue él quien declaró el inicio de las hostilidades.

Desde el principio planificó muy bien la conquista de Santa Cascada. Siendo este un país que geográficamente era similar a una pelota pequeña, al tercer año del inicio del conflicto, Carlos decidió rodearlo con sus tropas, ubicadas en puntos estratégicos. Su superioridad en cantidad de soldados y armamento era notable. Sin embargo, Zara Longevo, la madre espiritual y Comandante en Jefa de Santa Cascada, también estaba muy preparada.

Durante el año previo a que iniciara la guerra, Zara, como toda buena estratega, veía venir el inminente ataque, por lo que decidió invertir todo el presupuesto dirigido a la Defensa en la producción de misiles y construcción de aviones. De esta manera, cuando parecía avecinarse el fin al quedar rodeados por los militares florecientes, Zara dio a sus cazas la orden de despegue y ataque. Bombardearon a gran parte de sus enemigos, causando incluso algunas retiradas. Pero Ruiseñor siguió adelante. Con los pocos soldados que le quedaban en las fronteras, ordenó que avanzaran y conquistaran los pueblos más cercanos. De esta manera, el Reino Floreciente tomó una leve ventaja, localizándose en nuevos territorios cercanos a la capital del enemigo. Sin embargo, ante el inesperado ataque aéreo que dejó fuera de juego a buena parte de sus soldados, debía esperar la llegada de refuerzos.

Zara, con un escenario en el que vislumbró una oportunidad, decidió atacar de lleno la capital de los florecientes. Obviamente, mantuvo protegida su metrópoli con muchos militares, enviando al resto de su ejército. Además, Zara había pactado en secreto una alianza con Buenas Tierras, una nación emergente que contaba con un gran número de hombres armados, y que se encontraba geográficamente al lado del Reino Floreciente, facilitando un pronto y expeditivo ataque.

La operación de Zara y su vecino fue un éxito. Con una capitulación sorpresiva e inmediata, la líder de Santa Cascada se vanaglorió de su victoria militar, apareciendo en los grandes diarios junto al Jefe de Estado de Buenas Tierras. Al terminar con el terror iniciado por Carlos Ruiseñor, Zara era ahora una artífice de la paz, una leona astuta que defendió a su pueblo frente al ataque despiadado de su eterno adversario.

Los y las habitantes de Santa Cascada bailaban y gritaban de alegría por las calles. Luego del terror y la angustia provocada por la guerra, las personas pudieron volver a su vida común. La normalidad volvió a instaurarse. Los comercios funcionaban correctamente, los bailes se realizaban con mayor frecuencia, y la calle había vuelto a ser territorio amigo. Nadie temía por bombas, disparos o ataques sorpresa.

Por su parte, en el Reino Floreciente cundía la desilusión y la tristeza. El suicidio de su antiguo líder y el arresto de los miembros más importantes del gobierno de Ruiseñor, fueron algunas de las primeras consecuencias de la derrota. Los primeros días fueron difíciles. Los días y las noches pasaron y pasaron… al poco tiempo, el pueblo pareció volver a su estado normal, y, al igual que en el país vencedor, la gente comenzó a olvidarse de la guerra y del líder que tanto había idolatrado. Todos y todas parecieron caer en la ignorancia, otra vez. Reconocían las bestialidades humanas perpetuadas por su antiguo dictador, pero aquello ya no los atormentaba. Siguieron con sus vidas.

¿Para qué sirvió esta guerra? ¿Acaso no hubiera sido mejor si jamás hubiese existido? Lo cierto es que ocurrió, al igual que existieron aquellos pueblos, los cuales tuvieron que amoldar sus vidas a las decisiones de sus gobernantes. ¿Qué será hoy de aquellas personas? ¿Seguirán odiándose? ¿Volverán a transitar por los caminos de la guerra, si es que así se los propone algún nuevo líder?

Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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