Cultura Sociedad

Quino, argentino, como Mafalda

Bonasso sobre la muerte del artista: hizo más por la difusión de la cultura nacional en el mundo que todos los presidentes y ministros de Cultura de Rivadavia al presente.

Por Miguel Bonasso

Ese escándalo que es la muerte (como decía Julio Cortázar) se ha llevado a uno de los mayores genios de todos los tiempos: el gran Quino. Es muy doloroso escribir su necrológica y recordar esas cosas sin importancia, como que su nombre legal era Joaquín Lavado. Él, junto con Mafalda, pertenecen a un cielo de papel que no muere, aunque a veces haya nazis y editores que gustan quemar libros.

Quino hizo más por la difusión de la cultura argentina en el mundo, que todos los presidentes y ministros de cultura desde Rivadavia hasta el presente, incluyendo al padre del aula.

También fue la expresión genial de varias generaciones que alguna vez compartieron una visión crítica de la sociedad y el mundo. Lo conocí personalmente en conexión con mi oficio de periodista y, aunque no tuve el honor y el placer de verlo con frecuencia, guardo un recuerdo muy grato de su manera de ser.

Quino, gran embajador de la cultura argentina

Una vez, en Ezeiza, habíamos llegado los dos de un viaje internacional y se acercó a saludarme, con su gigantesca humildad, frente a la cinta por donde pasaban nuestra valijas. Me saludó, en su estilo pudoroso pero con cariño y a renglón seguido me comentó con una sonrisa resignada, que acababan de perderle la suya. Me solidaricé y lo acompañé a declarar la pérdida.

Alcancé a decirle un lugar común que todos le dirían, pero que es rigurosamente cierto: Mafalda y los cartones sueltos iluminaron de gracia momentos felices de nuestra existencia. Me gustaría que estuviera vivo y contarle algo que me pasó, hace muchos años, en Dar es Salaam, Tanzania. Aquel taxista que sonrió feliz cuando le dije que era argentino y comentó: “Como Mafalda”.

1 comment on “Quino, argentino, como Mafalda

  1. Luis Sznaiberg

    Luis Sznaiberg
    Sólo reverencié al gran Quino una única vez, cuando pese a mi repentina emoción me paré frente a él para saludarlo mientras caminábamos, en dirección opuesta, por la avenida Santa Fé a la altura de Talcahuano. “Adiós, MAESTRO”, atiné a homenajearlo, tributándole una flexión cortesana y los brazos extendidos en dirección al cielo. Y Él, bajando la vista opacada por sus gruesas gafas -como avergonzándose por el recibo de tal anónimo reconocimiento a plena luz- con un lacónico susurro me respondió: -muchas gracias, muchas gracias…”
    ·
    Aún recuerdo su tímida sonrisa de entonces. En verdad, durante gran parte de mi vida sonreí aquella sonrisa y aclamé -una a una-mi pasión por la belleza frente a su obras, fruto de una frondosa imaginación plasmada en tinta y papel. Admiré desde siempre a Quino y hasta reí con ganas la frescura y la profundidad de sus personajes, la creatividad artística de sus ocurrentes dibujos, tan sensibles y universales, tan íntimos y vitales… tan geniales ellos, tan genial su autor.
    ¡Qué placer nos prodigó Quino, mano a mano con la Vida!

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