Argentina Sociedad

Imperfecto, genialmente imperfecto

Las conclusiones son múltiples: de la miseria a la gloria planetaria, Diego también fue una víctima de un consumismo al que no le hacen asco las drogas que envenenan a los niños.

Imperfectos. Lo somos los humanos. Poco importan las aureolas y las exaltaciones de algunas virtudes loables, siempre segmentadas. Hay que nacer en una villa miseria y tener condiciones excepcionales para jugar al fútbol – con lo que soñamos muchos cuando fuimos chicos -, y bancarse la presión de la cultura preexistente en el orbe (la de los medios, de los clubes, nos dijo con tino Norberto Madurga) que hoy está despidiendo a Diego con una reverencia que omite sus despistes. Que los tuvo. ¿Quién no?

Volviendo de Europa en un avión de la compañía alemana, después del Mundial del 86, donde Diego y su ballet birlaron el titulo a los ingleses (“el que no salta…”), éste periodista pudo escuchar el veneno que destilaban, contra los argentinos, “señores” empresarios acostumbrados a acumular fortunas bajo reglas por ellos creadas. Arbitrariamente, con un resultado que insulta a la inteligencia de una sana convivencia: eran constructores de una desigualdad que hoy lacera, agravada por bichos bacteriológicos que no se compadecen con nadie.

“Atorrantes, estafadores, se merecen lo que les pasa…les caerá el peso de la ley”, dijo uno de ellos sobre los locales del país más austral – de donde surgió el Papa de Flores -, hacia donde viajaba para hacer negocios con las riquezas naturales que abundan en un inmenso territorio de 3.761.274 km2. (de ellos 2.780.400 km2 corresponden al área nacional bajo soberanía efectiva). La mano de Dios no era gratis.

Era un señor financista e inversor a costa del trabajo criollo y la rebeldía que le contraponían otros. Maradona era uno de ellos: 50 por ciento de los habitantes de la Argentina hoy están fuera del sistema. ¡Fuera, quiere decir fuera!, subrayó ayer la diputada Graciela Camaño, perdida, pese a sus buenas intenciones, en una tercera posición que es ajena al espíritu nacional, partido en dos. Lo sabe, porque no tiene un pelo de tonta.

Falta Carlos Gardel

El mundo es un terreno donde se disputa poder y se mezclan miserias con pizcas de actitudes nobles que son las que vale la pena rescatar.

Mi admiración por las dotes deslumbrantes de Diego, debo confesar, se me vino abajo transitoriamente, cuando antes de sucumbir a las adicciones, hizo una campaña fenomenal a favor del no consumo a las drogas, concentrado en los chicos: con una imagen de un gauchito vestido con los colores celeste y blanco. Lo admiré. Le creí. Me hipnotizaba. El deporte- creía y creo -, es una forma de escaparle a los alucinógenos. No nos hace mejores ni peores, pero nos da lo que suponemos una mente sana, en un cuerpo sano. No tuve en cuenta que Maradona también era una víctima.

Casi inmediatamente volvió a caer en ese agujero negro al que se precipitan en la actualidad muchos niños y jóvenes. Él, como otros, se encegueció con los focos y sucumbió ante designios de los que mandan y tienen al “mundo repodrido y dividido en dos”, como canta Miguel Cantilo. Osvaldo Ardiles lo definió hoy: “en la cancha Dieguito era un ser de otro planeta, nos inculcaba energía, empuje y talento…afuera era como cualquiera de nosotros”.

La decepción – insisto, temporaria – me llegó cuando “El Diego”, recuperado parcialmente de su atontamiento, tuvo un partido homenaje en la cancha de Ferro Carril Oeste. Aplausos para Maradona por haberse esforzado y salido del pozo. Decepción, personal, al registrar anonadado que los padres llevaban de la mano a sus pequeños a regocijarse con el ídolo redivivo. ¿Qué ejemplo seguir? No comprendí la inducción a esa convivencia dual, contradictoria. Claro, no me detuve en la magia insuperable, que cala en los más hondo de nuestro ser, más allá de la razón. La bestia salvaje anida dentro de nosotros.

Con el paso del tiempo, quedó estampada la pasión y la alegria planetaria por un ídolo movilizador. No falta más que leer y escuchar la reacción en los rincones de la cascoteada casa común. Hay un deber pendiente: no hay que lamentarse cuando ya sea tarde. Recreemos el presente. Con hechos, no con palabras, se podrían intentar sepultar, como residuos tóxicos, la cocaína y las malas compañías. Sin ponerse en juzgador de nadie.

Maradona-Maravilla (Foto Archivo Mario Paganetti)

Es que con Maradona sucede lo que con los grandes artistas. Su obra de arte tapa los errores-horrores que pudieron existir. No opacan el fervor que se palpita en el mundo. El templo del amor en Nápoles. Las palabras del presidente francés Emmanuel Macron.

Con Maradona, pasa lo que con otros grandes. Sus cabriolas con el balompié y los dichos sin barbijo, alimentan pulsiones opuestas. Me quedo para terminar con el aporte de un amigo. Raúl González Tuñón escribió: “El pueblo lo lloraba. Y cuando el pueblo llora, que nadie diga nada, porqué está todo dicho”.

Periodista. Trabajó en Crónica, NA, DyN, Clarín, Televisión Pública, Canal 13, La Nación y en el diario Río Negro. Becado por la Universidad de Harvard, asistió a cursos de perfeccionamiento en Boston, Estados Unidos. Además estudió en Alemania y Francia.

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