Cultura Sociedad

Perezosos para celebrar la vida a tiempo

En "Los algoritmos de la necrofilia", Fernando D´Addario concluye que cualquier ser humano, famoso o no, merecería acceder a su nota necrológica anticipada. ¿Por qué?

Por Fernando D´Addario (Página 12)

Los periodistas deberíamos anticiparnos a la muerte de los que admiramos y escribir sus notas necrológicas mientras están vivos. Así se enterarían de cuánto los queremos y de paso quedarían zanjados varios malos entendidos. De ese modo, además, podrían disfrutar mínimamente de ese breve período de euforia necrofílica que se potencia en las redes y se proyecta en Spotify, Netflix, ESPN o Mercado Libre, según los casos. La publicación de “falsas muertes” parece a priori inviable porque los candidatos son infinitos, pero los resultados de su viralización sorprenderían gratamente a mucha gente del arte, la cultura y el deporte que suele lidiar con los vaivenes de la autoestima.

Raffaella Carrá, por ejemplo, revivió después de muerta, pero no se enteró. Lo que le hubiese gustado leer que hasta los progres argentinos (que le bajábamos el precio por asociar su época de gloria al pasatismo impuesto por nuestra última dictadura) terminamos cantando sus hits y saludando sus insospechados votos al comunismo. En las antípodas de la italiana y de muchas otras cosas, el gran Palo Pandolfo jamás hubiese imaginado ser objeto de un cariño y una admiración tan extendidos. Porque cada vez que tocaba no se enteraba casi nadie y lo iban a ver apenas 100 personas. Yo mismo, que lo considero un referente de mi generación, hacía muchos años que no lo veía tocar y pasaron varios meses desde la última vez que le di click a alguna de las tantas canciones que me encantan de él.

Somos, tal vez, un poco perezosos para celebrar la vida a tiempo. A cambio de esa pereza, que debe tener que ver seguramente con que estamos muy ocupados viviendo, nos mostramos hiperactivos a la hora de “contar” (que es nuestro modo de “celebrar” la tristeza) la muerte ajena. Vestimos las mejores galas para despedir incluso a quienes teníamos bien guardados en los archivos afectivos. Muchos hemos hurgado en la memoria para exhumar alguna anécdota con Willy Crook, o desempolvamos una charla unilateralmente brillante con Horacio González, o fuimos al Yahoo a chequear el último intercambio de mails con Juan Forn (el mío había sido en 2018, pero con el shock de su muerte me parecía que había sido ayer).

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Mi suegra no sabía quién era Palo pero ahora sí. Aunque en TN lo hayan despedido como “Palo Pandolfi”. Hay algo de paradójico en esta suerte de “justicia póstuma” que impartimos para regodeo de los miembros del jurado (los otros periodistas) pero en ausencia del homenajeado, que ya no se puede defender ni de los elogios. Leemos con cierto placer morboso – porque ante todo nos gusta leer, a pesar del dolor -, los obituarios que escriben los amigos y colegas más talentosos. Que se sienten legítimamente halagados ante nuestras felicitaciones, del mismo modo que se deben sentir los empleados de las empresas fúnebres cuando alguna tía o tío les elogia “lo bien que prepararon el cuerpo” para la despedida.

En la recorrida por los muros ajenos vamos reaccionando a los más diversos homenajes y recuerdos con sucesivos “me gusta”, “me gusta”, “me gusta”, para después volver atrás y cambiar el emoticón por el más pertinente “me entristece”, “me entristece”, “me entristece”. Porque también la tristeza reclama algún tipo de racionalización mecánica. Tratamos de entender y no se puede. Nos plegamos con algo de vergüenza a los escenarios más esotéricos, junto al fan que imagina zapadas poéticas en el cielo entre Palo y Gabo Ferro. Por qué seremos tan agnósticos.

Los algoritmos de la necrofilia tienen su propia lógica, pero en general no se equivocan. Le ofrendan a Rosario Blefari 400 mil clicks de nuevos y viejos y recuperados seguidores que disfrutan y sufren con “Estaciones”, su canción más visitada en Spotify. Rosario jamás vivió algo así. Quizás tampoco lo necesitó. Pero quién sabe.

Tal vez la idea planteada al comienzo de este artículo no deba limitarse a músicos, escritores, actores, deportistas y académicos de prestigio. Cualquier ser humano, famoso o no, merecería acceder a su nota necrológica anticipada, para recibir una devolución indulgente (ojo, fíjense bien quién la va a escribir) de su paso por este mundo para los demás, así “los demás” sean dos personas o un millón. Dicen inclusive que una “necro” prematura alarga la vida.

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