Cultura Sociedad

Ricardo Darín: «La vida es lo que es, no lo que uno quiere que sea»

Después de 30 años de oficio se consumó la metaformosis de galancito a mejor actor argentino, escribió sobre Ricardo Darín la periodista Leila Guerriero. Lo describió como sensato en el trabajo y en la vida cotidiana.

Por Leila Guerriero (El País)

Es el mes de septiembre de 2004 y, como cada primavera austral, en la Patagonia argentina florece la retama, un arbusto cuyas flores amarillas diluyen la hostilidad de las montañas. El director está allí para filmar su segunda película – la primera, cuatro años atrás, lo colocó, junto al actor que ahora permanece tumbado sobre el suelo de un bosque lúgubre, en el olimpo -, y tiene 45 años. El actor es apenas más grande – 47 -, pero ha trabajado en decenas de películas, programas de televisión y obras de teatro. Este rodaje debía transcurrir en un paisaje oscuro y húmedo, pero nadie tuvo en cuenta la retama, de modo que cuando el equipo desembarcó en la ciudad de Bariloche, sumida en un paisaje optimista y amarillo, el director dijo: “No filmo, esto parece Heidi”. El actor le dijo: “No podés trasladar a 100 personas hasta la Patagonia y suspender”. Discutieron. Finalmente, el director pensó que el actor tenía razón y aquí están, en un bosque umbrío, milagrosamente sin retama, rodando la escena en la que el taxidermista interpretado por el actor percibe el aura, un estremecimiento profético que antecede a la convulsión epiléptica. En Buenos Aires, durante meses, el director y el actor han investigado sobre la epilepsia hasta comprender que cada ataque es distinto y han decidido que el actor construya su propia convulsión. Ahora, en el bosque, el director ha dispuesto las cámaras y espera. El actor está de pie con un arma en la mano. Da un paso, otro, hasta que el rostro se apaga, encandilado por una luminiscencia opaca. La mano deja caer el arma. El cuerpo se derrumba, blando sobre el suelo, y se arquea como si los tendones intentaran fundirse con los huesos. Es algo mínimo y atroz, una entrega, un éxtasis. La toma sigue hasta que el director ordena cortar. El actor se queda tendido sobre las hojas húmedas. El director corre hacia él, se arrodilla a su lado. No le pregunta si está bien. Le pregunta: “¿Cómo es?”. El actor, como quien ha pasado por una experiencia que nunca tendrá en un cuerpo que no es el suyo, le contesta, con la voz cargada de pena y espanto: “Es muy doloroso”.

La película es El aura y se estrenará en 2005. El director es Fabián Bielinsky y morirá en 2006. El actor es Ricardo Darín y, al momento de filmar esa escena, hace tiempo que ha consumado su metamorfosis.

Ricardo Darín compró esta casa en el barrio de Palermo, Buenos Aires, en 1999, cuando se separó por un par de años de su mujer, Florencia Bas. La habían visto juntos, les había gustado pero la descartaron – necesitaban un cuarto más -, y cuando se separaron, él la compró porque pensó: “Pase lo que pase, es una casa que a ella le gusta”. Se mudó con un colchón en el que él y sus dos hijos – el Chino, Clara, por entonces de 11 y 6 -, dormían amontonados. Después, la pareja volvió a unirse y comenzaron a vivir aquí. Tiempo atrás, el matrimonio dueño de una carpintería contigua recibió la oferta de un grupo inmobiliario que planeaba construir un edificio. La mujer le advirtió a Darín que se fuera: la mole iba a dejarlo hundido en la sombra. Pero la venta aún no se había concretado y él jugó su carta: “Yo te la compro”. La mujer dijo que sí y ahora los Darín (Ricardo y Florencia; los hijos se independizaron hace tiempo) viven en dos casas unidas por un jardín con piscina, que remata en un galpón gigante donde se había montado un cine que ya no se usa, antecedido por una sala de estar y una cocina. Florencia Bas está allí con Clara, la hija menor.

—Acá cocinamos, dice Darín.

—Je, cocinamos, dice Clara con ironía.

—Bueno, soy inclusivo , dice Darín, riéndose.

En el patio hay una parrilla, una mesa baja de mármol, un par de sillas BFK color tabaco.

—¿Querés que conversemos acá, preferís adentro? —dice, señalando la mesa baja— ¿Qué te puedo ofrecer?

En su época de galán, con Susana Giménez

Sus entrevistadores remarcan que produce la sensación de ser alguien a quien se conoce desde siempre aun cuando se lo vea por primera vez. Eso sucede en parte por los mismos motivos por los que podría suceder lo contrario. Ha protagonizado telenovelas y comedias populares en televisión, ha hecho decenas de temporadas de teatro, es el único actor argentino que participó en tres películas nominadas al Oscar (y protagonizó dos): El hijo de la novia y El secreto de sus ojos, dirigidas por Juan José Campanella y Relatos Salvajes, dirigida por Damián Szifron, todas cosas que podrían rodearlo de un halo inaccesible. De modo que es y no es natural que este hombre abra la puerta de su casa, presente a su familia, diga que está haciendo dieta porque es flaco pero tiene panza.

Llegó hace poco de Punta del Este, Uruguay, donde pasó una larga temporada después de terminar el rodaje de 1985, un filme dirigido por Santiago Mitre – una coproducción entre Amazon; Kenya, la productora de los Darín, y La Unión de los Ríos, la productora de Mitre -,, cuyo tema es el Juicio a las Juntas que se llevó a cabo ese año en la Argentina, un proceso que sometió a la justicia civil a integrantes de las Juntas Militares de la dictadura que comenzó en 1976 y terminó en 1983. La película hace eje en el juicio y en las vidas del fiscal a cargo, Julio César Strassera, ya fallecido, y del fiscal adjunto, Luis Moreno Ocampo. En ella, Darín hizo algo que siempre había evitado: interpretar a una persona real, Strassera, el hombre que al terminar de leer la acusación a los militares dijo una frase que quedó en la historia: “Señores jueces, quiero utilizar una frase que pertenece ya a todo el pueblo argentino: ‘Nunca más”.

—Yo siempre le rajé a hacer personajes que hayan existido. No podés competir contra alguien que existió. Cuando estábamos filmando 1985, yo estaba caracterizado de Strassera. En un descanso fui hacia la motorhome y me para un matrimonio grande. Él me dice: “Yo fui muy amigo de Strassera. No te parecés en nada, pero estás igual”. Muchas veces me preguntan: “¿Cómo te acercás a un personaje?”, y yo no tengo un método. Si estoy cerca de ver cómo siente y cómo piensa, siento que la cosa va fluida. Eso me pasa con Strassera. Y lo que me dijo ese señor me tranquilizó, porque no buscamos una similitud física, sino saber cómo funcionaba el tipo, cómo pensaba.

Ahora, a pocas semanas de partir hacia España para comenzar una gira con Escenas de la vida conyugal, junto a Andrea Pietra, dice que de su paso por Strassera solo conserva los anteojos que lleva puestos.

Darín interpretará al fiscal Strassera en el Juicio a las Juntas Militares

—Son medio viejitos, como vintage. Me los quedé.

Tiene 65 años y una de esas memorias que ya no se usan: acaudalada. La voz, con una gradación de texturas extraordinaria, es vehículo de una sintaxis precisa, cambios de ritmo y réplicas rápidas que arrancan carcajadas o destruyen toda posibilidad graciosa. Sus padres, los actores Ricardo Darín y Renée Roxana – una deformación de Rohuana, el apellido libanés original -, se conocieron en la radio.

—Y se quedaron pegados. Se casaron el 26 de abril de 1955.

Desde los 18 años, su padre pasó una década en Europa, donde formó parte de la Legión Extranjera, fue guardaespaldas de Charles de Gaulle.

—¿Todo eso lo hizo antes de conocer a tu…?

—¿Todo eso es comprobable?, dice, en un movimiento que ejecutará muchas veces: cuestionarse antes de que lo cuestionen, mofarse de sí mismo antes de que lo haga otro. Papá era poeta, aviador, creativo, muy cambiante. Y mamá era casi fenicia, estaba obligada a cuidar la familia, la guita. Si no hubiera sido por ella, no hubiésemos tenido nunca un lugar donde vivir.

Fue por ella que consiguieron una hipoteca y, cuando él tenía tres o cuatro años, se mudaron a un departamento en pleno Once, un barrio comercial y popular con zonas de prostitución callejera, mafiosos menores, ladrones de ocasión.

Con Gastón Paul en Nueve Reinas: «Siempre fuí muy callejero»

—Había mucho lumpenaje criminal y yo conocía a todos esos tipos. Siempre fui muy callejero. Mis amigos eran más grandes y nuestro deporte favorito era salir a caminar. Nos poníamos traje, corbata, a los 15, 16 años, y caminábamos desde Once hasta el centro. Nos metíamos en una casa de diseño de oficinas y pedíamos presupuesto para una oficina que supuestamente nos habían encargado. Jugábamos a que éramos tipos con proyectos importantes.

Su hermana Alejandra nació cuando él tenía cinco años, y apenas después Darín empezó a trabajar haciendo doblajes, participando en programas de radio y televisión.

—Me empezó a ir muy bien, sentía que ayudaba en mi casa. Yo no quería ser actor. Tampoco quería no serlo. Pero lo estaba siendo. Me tomaba el colectivo 131, con mi libretito, e iba a Canal 9. Y me encantaba. Era muy chico y ya era un veterano de la televisión.

Cuando se escribe sobre él, se menciona su arista sencilla y jocosa, pero muchas de las cosas que cuenta en tono divertido, despojadas de las inflexiones y los gestos, son cosas más bien tristes.

—Iba al colegio con una valija. Era un maletín grande y me llevaba ropa, incluso. Me parece que pensaba: “En cualquier momento me rajo, por las dudas me llevo todo”. Mi viejo y mi vieja no estaban bien desde hacía rato. Mamá trabajaba en teatro, en televisión, en radio. Y papá no era así.

Darín y la relación con sus padres

Papá era poeta, papá se quedaba con su hijo de 7, 9, 10 años hablando hasta las dos de la madrugada, diciéndole cosas como “nunca tenga nada, todo lo material es un ancla”.

—Todas sus frases atentaban contra el materialismo, el capitalismo. Pero mis padres discutían mucho por cuestiones económicas y un poco también por el alcohol. Mi viejo era alcohólico. Cuando había discusiones, yo era el último en dormirme, no podía permitirme dormir y que la discusión siguiera, tenía que estar atento. Eso habrá ocurrido durante dos o tres años. Hasta que llegó ese fatídico 5 de enero, cuando mi viejo volvió tocado y con el gato.

El 5 de enero del año en que Darín tenía 12, su padre llegó un poco bebido y, como no tenía un peso y el 6 era Día de Reyes, decidió regalarle un gato callejero. La madre vio a su marido borracho con el gato y estalló una pelea sideral. Cuando terminó, Darín se acercó a su padre y le dijo: “Te tenés que separar, no seas boludo”. Su padre le preguntó: “¿Está seguro?”.

—Y le dije: “Sí, estoy seguro”. “Muy bien”, dijo. Cerró la puerta y se fue.

Eso inauguró una etapa desconocida. De tener un padre que le insuflaba escepticismo y le mostraba los caminos de la creación y la utopía, pasó a tener una ausencia.

—Lo vi un año y medio después. Me invitó a almorzar. Me dijo: “Quiero que sepa que tiene una hermana. Recién nacida. ¿Le gustaría conocerla?”. Le dije: “Sí”. Y nos fuimos a conocer a mi hermana Daniela, producto de la relación con su nueva mujer. Yo creo que era un muy buen hombre, armado para otro tipo de contiendas, no para el matrimonio.

La actriz Alejandra Darín dice que no tiene casi ningún recuerdo de las peleas entre sus padres.

—Ricardo sí las recuerda. Yo recuerdo la presencia absoluta de mi madre y la ausencia, por larguísimos periodos, de mi papá. Y me parece que Ricardo asumió un poquito de esa paternidad. Yo siempre me sentí muy protegida por él. ¿Viste cuando te dicen que hagas una lista de las personas que más querés? En mi lista estaba mi hermano primero. Después mi mamá y mi papá.

Clara Darín estudió Bellas Artes, hizo camisetas estampadas con serigrafía, abrió con amigas un showroom para 40 marcas independientes de ropa. Ahora tiene un emprendimiento de objetos de cerámica llamado Teta.

—Mi papá es mucho más protector que mi mamá. “Avísame cuando llegues a tu casa, no tomes mucho alcohol”. Es muy miedoso. Creo que al estar con mi mamá se tuvo que adaptar a una vida un poco más aventurera y arriesgada, porque ella es así. Nosotros hicimos un viaje a Kenia y lo llevamos arrastrado. En ese viaje se metió una abeja enorme en el cuarto y fue un escándalo. Nos gritaba: “¡No entren, hay una abeja gigante!”. Por supuesto, entró mi mamá a resolver la situación. Nos reímos bastante de él. Pero también es muy sensible, se angustia mucho, ve el noticiero y llora.

Darín se autodefinió como «alarmista, fatalista y pesimista»

Soy alarmista, fatalista y pesimista. Soy de los que creen que las cosas nunca van a mejorar, pero como defensa y supervivencia soy altamente positivo. Del vamos para adelante y qué hay que hacer. Pero soy alarmista. Si estoy en la calle, tengo un escáner periférico. Florencia es todo lo contrario. Ella siempre cree, y generalmente tiene razón, que todo va a estar bien. Si yo no me hubiera cruzado con Flor, ahora estaría adentro de una bolsa negra con esa tarjetita que te agarran del dedo que diría: “Un pesimista”. El otro día habíamos convocado un almuerzo con mi hija, su pareja, mi hermana, su hijo. Empiezo a llamar a mi hija a las doce. No me contesta. Doce y media, no me contesta. A la una, no me contesta. Tenía el fuego prendido, la carne en el asador. Y me fui a la casa. Les toqué el timbre. Apareció su pareja, cara de dormido. Le dije: “Perdón, ¿están bien?”. “Sí”. “Es todo lo que quería saber”. Me subí al auto y me volví. Es decir…, yo sé que no es así. Pero ¿cómo hago?

La infancia y la adolescencia transcurrieron entre el colegio, la calle, programas de televisión como La pandilla del tranvía, telenovelas como Pablo en nuestra piel.

—Dejé el colegio secundario en tercer año. Me iba muy mal, tenía la sensación, equivocada, de que en el colegio estaba perdiendo el tiempo. Era un momento en que la calle ardía. Era el 73, 74, mucha movilización callejera. Yo participé, durante un año y medio, de un grupo que se llamaba TERS, Tendencia Estudiantil Revolucionaria Socialista. Salíamos a hacer pintadas. Era un brazo pretendidamente intelectual, de reunión y discusión. Cuando empezó la dictadura, en el 76, yo estaba trabajando en Canal 9. Tengo la sensación de haber estado bastante ajeno, por una sobrecarga de trabajo, pero estábamos cagados en las patas porque salir a la calle de noche era jugártela. Por cualquier motivo terminabas en cana.

Entre 1979 y hasta 1980 actuó en una serie de filmes llamados La carpa del amor, La playa del amor, La discoteca del amor, tramas que mezclaban romance, enredos, amistad de barrio. Un productor tuvo la idea de reunirlo junto a Raúl Taibo, Carlos Olivieri y Gustavo Rey en un grupo llamado Los Galancitos. Recorrían teatros con obras ligeras dejando a su paso una huella de gritos, susurros, lágrima y carmín. Su nivel de exposición era considerable cuando, en 1978, conoció a Susana Giménezvedette, actriz popularísima que le llevaba 13 años. Se habían conocido en un bar, y volvieron a encontrarse en el hotel Hermitage, de Mar del Plata, jugando a las cartas.

—Empezamos a jugar juntos. Y así nos frecuentamos. Pero la pareja generó controversia. Por la diferencia de edad, por características físicas. Yo era un fideo. Al lado de semejante mina.

El «Chino» Darín atento al mandato paterno

Estuvieron juntos casi ocho años. Hicieron una comedia musical, Sugar, que estuvo en cartel desde 1986 y hasta 1989. Pero, antes de eso, fueron poco clarividentes con relación al futuro del otro. Cuando ella recibió la propuesta para hacer un programa de juegos en la televisión, él le aconsejó que no lo hiciera. Ella aceptó y ese ciclo – Hola, Susana -, fue un éxito. Cuando en 1982 él recibió la propuesta de la directora de televisión Diana Álvarez para hacer Nosotros y los miedos, ella le dijo que no era para él, que tenía que hacer otra telenovela.

—Yo sentía que tenía una caja de herramientas despoblada, con cierta agilidad y picardía para la comedia, muy poco más. Hasta Nosotros y los miedos.

Nosotros y los miedos fue un ciclo de unitarios con un elenco de prestigio que marcó época: la gente lo comentaba durante días hasta la siguiente emisión.

—Diana se peleó por mí. No me querían ahí. Yo era un galancito. Con ella sentí la confianza de alguien que te dice: “Dale, tenés con qué”. A partir de ahí empecé a sentir respeto de la gente, de los colegas.

En un oficio que se caracteriza por la falta de continuidad, nunca tuvo que pedir trabajo. Las propuestas siempre vinieron a él, y casi siempre dijo que sí. Al prestigioso ciclo Compromiso (1983), a la telenovela Estrellita mía (1987), a la telenovela Rebelde (1990).

Yo tuve todas las suertes. Es un poco injusto que yo tenga tanta y mis viejos no hayan tenido. Pero es como un bálsamo saber que, en términos familiares, se equilibró. Sería justo reconocer que trabajé mucho en función de no desaprovecharla. Y noto que tengo una nueva suerte. Ahora se me juzga por todo, no por lo último. Si no tengo una buena nota en el último trabajo, me lo dejan pasar porque estuvo bueno lo anterior.

Después, mientras acompaña hacia la puerta, dice que siempre está, como los malabaristas chinos, haciendo girar todos los platos.

—Una vez un analista me dijo: “¿Alguna vez probó ver qué pasa si los platitos se caen?”. Y le dije: “¿Que se caigan todos? Para mí que se caiga uno ya es una catástrofe”.

«El secreto…» Oscar y algo más

—Pienso que esa versatilidad que en muchos de nosotros se ve a partir de una gran composición, de un cambio de look o de comportamiento muy importantes, en él se da por un minimalismo muy sutil, dice Mercedes Morán, que trabajó con él en películas como Luna de Avellaneda y El amor menos pensado. Es una tarea delicada y difícil, porque lo que lo diferencia es una manera de mirar, de pensar, de justificar lo que hace el personaje.

Un jueves de marzo, a media tarde, Darín come una pera y un durazno, sentado a la mesa del patio. Si los ojos de un celeste acuático inervaban un atractivo cardiaco en la extrema juventud, el tiempo sumó matices a un rostro que devino máscara capaz de trasuntar ternura amarga – en El hijo de la novia -, violencia amoral – en Nueve reinas -, o una indescifrable potencia mefistofélica en La cordillera.

El avistaje de Florencia tiene varias versiones: él estaba en una pizzería, ella pasó caminando y retrocedió para mirarlo; ella estaba en una esquina, él la vio y le dijo algo. Todas terminan en lo mismo: la combustión brutal.

—Yo estaba en una pizzería, en la calle Corrientes. Nos vemos, la sigo, le hago un chiste y ella no me da bola. Al otro día apareció en la misma pizzería con una amiga. En vez de hablarle a ella le hablé a la amiga. Para molestarla. Nos reímos, nunca más nos separamos. Ella era un cachorro. Tenía 18, 19 años. Yo un tipo de 30, ya medio ajetreado. Según ella me confesó, yo no estaba dentro de sus personajes favoritos. Venía de una gran exposición, pareja de Susana, apedreado en público. No era lo mejor que te podía pasar andar conmigo por la calle.

—Debe haber sido difícil contarle a Susana.

—No lo hablé con ella al principio. Era una relación deteriorada, estábamos de salida. Con Flor fuimos muy prudentes. Estuvimos medio clandestinos. Hasta que un día le conté a Susana que me iba a casar. Me dijo: “Yo te conozco, vos no te casás con alguien a quien conociste hace tres meses”. “No, la conozco desde hace más de un año”. “Okey”. Eso fue todo. Y las dos tuvieron la hidalguía de incorporar a la otra: si nos queremos, nos queremos todos. Somos familia.

Florencia Bas se crio en San Nicolás, a 230 kilómetros de Buenos Aires, hija de una psicóloga y un obstetra, y se mudó a la capital a los 17 para estudiar traductorado de inglés, pero los estudios quedaron de lado. Se casaron el 18 de abril de 1988. El padre de Darín enfermó de cáncer casi al mismo tiempo en que Florencia quedó embarazada, y se negó a que su enfermedad fuera tema de preocupación: solo quería saber del niño por venir. Murió el 5 de enero de 1989 y 10 días después, el 15, nació el Chino, llamado Ricardo Mario por sus dos abuelos. Muchas veces se ha reproducido ese momento: Darín y su hermana Alejandra llegando a la casa donde vivía su padre para descubrir, con sorpresa, que no tenía nada. Por supuesto, no hubo sorpresa.

—Yo había ido a esa casa dos o tres veces, pero sabíamos que no tenía nada. Todo lo que tenía cabía en una caja de zapatos. Que conservo.

—¿Qué decía tu padre de tu trabajo?

—Cero. Nunca me dijo qué estaba bien ni qué estaba mal. Pero la sensación que tengo es que él no estuvo de acuerdo con que yo trabajara desde chico. Es como si hubiese querido que yo fuese otra cosa.

En 2016, ganó un premio Goya por su actuación en Truman, dirigida por Cesc Gay. Allí interpreta a un hombre con una enfermedad terminal que se prepara para vivir los últimos días sin autocompasión. Cuando leyó el libro, le dijo a Cesc Gay: “Para mí es imposible no pensar que el protagonista de esta película es mi viejo. Esa acidez, ese humor, ese fatalismo”. En la entrega del premio, cerró su agradecimiento diciendo: “Quiero hacer extensivo esto… a… mi padre”. Aunque parecía dispuesto a decir más, se fue, ahogado por una evidente congoja.

—Mi vieja era muy distinta. Falleció en 2018. Era una fortaleza imbatible. Contaba que mis abuelos eran dueños de una aldea en el Líbano. Estuvo en relación con la Embajada del Líbano en Buenos Aires, tramitando volver para reclamar propiedades. Nosotros le decíamos: “No, mamá, te van a cagar a tiros, imagínate que llegás al Líbano y decís: ‘Andate, esto es mío”. Al final no fue porque allá estalló un conflicto infernal. Si no, se iba al Líbano.

En 1993, el año en que nació su hija Clara, Alberto Lecchi lo dirigió en Perdido por perdido. Fue el primer director que lo invitó a tener más participación en el rodaje: “Así se ve esto, ¿ves algo para corregir?”.

—Para mí, el actor hacía lo suyo y listo. Con Lecchi empecé a entender la interdependencia. Me preocupa saber si el tipo que está cuidando la motorhome comió o no comió. ¿Será una forma de tener control? Puede ser.

En 1999 Juan José Campanella lo convocó para El mismo amor, la misma lluvia, la primera de una serie de películas que lo ubicó cada vez más cerca de ser lo que es: el más popular de los actores de culto. O viceversa.

Cuando llegó a Buenos Aires desde su ciudad natal, Florencia Bas trabajó un tiempo como modelo y actriz.

—Pero no me gustó la exposición. Lo padecía. Yo creo que disfruto de la exposición de Ricardo pero no me gusta la exposición propia. Él es famoso desde que lo conozco personalmente y desde que lo conozco por las noticias. Pero lo lleva con mucha sencillez.

—Habla de vos como si fueras una fuerza de la naturaleza.

—Hay un poco de mitología. Él es un tipo con una fortaleza enorme. Yo soy muy práctica. Me gusta construir, arreglar un enchufe. A él eso no le interesa. No le interesa ir al banco, ocuparse del contador. Sin embargo, ha sido un excelente padre-madre de mis hijos. Es el que llama para preguntarles si llegaron bien, si tienen fiebre. Es mucho más maternal que yo. Tiene un sentido del humor maravilloso, y eso hace que sea muy difícil pelearse con él. Cada vez que discuto, me pone muy nerviosa porque todo lo minimiza. Se ríe, chiste, chiste.

—En 1999 ustedes se distanciaron.

—Los hijos estaban más grandes, tenían necesidad del padre. Y Ricardo filmaba, hacía televisión, teatro. El planteo fue que, para no tener un marido, prefería no tenerlo. Todo eso llevó a que tuviéramos un colapso matrimonial que tenía mucho más que ver con nuestras rutinas y la rutina del colegio. A mí me resultó muy traumático el paso de mis hijos por el colegio. Las maestras, las mamis, los chats, las camperitas. Toda esa rutina que decís: “Yo quería disfrutar de mi hijo y no tener que hacer el pool de mamis para ir a buscarlos a natación”. Necesitaba sacarme todo de encima. Lo extrañé mucho. Pero no extrañaba al Ricardo que trabajaba 24/7 sin parar. Extrañaba a Ricardo, mi pareja. Empezamos a tener reencuentros después de un tiempo, y recompusimos nuestra relación.

—Lo pasé muy mal al principio, cuando nos distanciamos. Iba a la esquina de casa, donde estaban viviendo Flor y los chicos, me quedaba en el auto mirando las ventanas y me tranquilizaba cuando apagaban las luces.

Poco antes del colapso matrimonial, un hombre joven, con 20 años de experiencia como asistente de dirección, buscaba financiamiento para su ópera prima y lo rechazaban, hasta que presentó el proyecto en un concurso y lo ganó. El hombre era Fabián Bielinsky y la película era Nueve reinas, la historia de Marcos, un estafador callejero a quien se le presenta la oportunidad de hacer dinero gracias a un dato que le pasa Juan, interpretado por Gastón Pauls, un supuesto aprendiz de delincuente. Aunque el personaje de Marcos parece un truhan de poca monta, oculta una amoralidad rastrera. El actor elegido para interpretarlo fue el entrañable Ricardo Darín.

—El papel, originalmente, era para otros actores. Fabián me hizo una lista de reparos que tenía conmigo. El primero era que yo le parecía demasiado simpático. “Te hacés el payaso, y no es ese el clima que yo quiero en el rodaje”. Yo podía entender la dualidad moral del personaje. Yo conocí a esos tipos en el Once. Eran ruines, pero se hacían cargo de los chicos del barrio y no permitían que nadie nos tocara.

Nueve reinas fue un hito – la gente la elogiaba con un insulto: “No parece argentina” -, y la actuación de Darín levantó ovaciones. En 2020, al cumplirse 20 años del estreno de la película, Javier Porta Fouz escribió en La Nación: “Ricardo Darín no era una estrella tan grande ni era el sinónimo del éxito asegurado en el que se convertiría después (…) esta fue la película clave para su legitimación como actor; podríamos decir que lo impulsó como ninguna otra a su consagración definitiva y a avanzar notablemente en su camino a convertirse en estrella”. Después de 30 años de oficio, era una revelación. La metamorfosis – de galán a mejor actor argentino – estaba consumada.

Andrea Pietra protagoniza junto a Darín Escenas de la vida conyugal desde 2017, después de que Érica Rivas dejara la obra, y en este momento está con él, de gira con esa pieza por España.

—Yo tuve apenas un mes de ensayo para el estreno en 2017, en Madrid. Temblaba. Él me dijo: “Tranquila, porque cualquier cosa que pase yo te atajo”. No es lo mismo salir así que con un compañero que te dice: “Ojo con lo que hacés, porque me cagás la obra”. Cada noche volvíamos del teatro a nuestras casas en metro, y en el vagón iban muchos de los espectadores que habían estado viendo la obra un ratito antes. Lo miraban sin poder creer. “Disculpe, ¿usted es Ricardo Darín?”. Él hablaba con todos hasta que llegábamos. La sensatez de Ricardo es poner en el trabajo lo que hay que poner en el trabajo y en la vida lo que hay que poner en la vida.

Si se confeccionara un documento de Excel con los premios que ganó, las casillas estarían desiertas hasta 1998. A partir de 1999, con el Cóndor de Plata por El mismo amor, la misma lluvia, empezarían a llenarse, rebalsarían en Nueve reinas (Premio del Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz, Premio Sant Jordi), y nunca volverían a estar vacías. En 2001 se estrenó El hijo de la novia, dirigida por Juan José Campanella, en la que interpreta a Rafael Belvedere, un hombre abatido que regentea el restaurante de sus padres, interpretados por Héctor Alterio y Norma Aleandro, internada en un geriátrico con alzhéimer. La película se proyectó en España al mismo tiempo que Nueve reinas. Si hasta el momento era casi un desconocido en el país, esa conjunción hizo que todo cambiara.

—Tuve suerte. Un tipo al que nadie conocía tiene dos películas que le gustan a todo el mundo, con dos personajes absolutamente distintos. Si lo planeás, no te sale tan bien.

En 2002, El hijo de la novia quedó nominada a un Oscar como mejor película extranjera. No lo ganó, pero Darín siguió imparable. En 2003 comenzó una gira por España con Arte, que había estado en cartel durante cinco años en la Argentina, y fue uno de los mayores éxitos de la temporada de teatro en Madrid. En 2004 protagonizó Luna de Avellaneda, dirigida por Campanella, y en 2005 El aura, la segunda película de Fabián Bielinsky, en la que interpretó a un taxidermista epiléptico que imagina la ejecución del atraco perfecto.

—Con Fabián investigamos mucho sobre los pacientes epilépticos. Y me acuerdo del día en que decidimos no seguir ninguna de las historias porque había tantas versiones de epilepsia como pacientes. Nos volteamos media botella de whisky de la felicidad que nos dio descubrir que teníamos la libertad de hacer lo que quisiéramos. Pero cuando llegamos a Bariloche para rodar había florecido la retama, esa florcita amarilla, y él quería construir esta historia en un bosque húmedo y oscuro, y dijo: “No filmo, esto es Heidi”. Tuvimos discusiones. Le dije: “No podés hacer eso, estamos todos acá”.

El diario Clarín publicó esta reseña sobre El aura: “Darín (…) está estupendo como el motor de esta historia atrapante (…), pensar El aura sin él es sencillamente imposible”. Todo indicaba que el binomio Darín-Bielinsky se transformaría en otra dupla de éxito paranormal, como Darín-Campanella, solo que más arriesgada, pero en junio de 2006 Bielinsky falleció en São Paulo de un ataque cardiaco.

—Había hablado la noche anterior con él. Me había dicho: “Se me acaba de ocurrir una comedia negra que te va a gustar”. Le pregunté: “Pero ¿de qué se trata?”. Me contestó: “Te lo cuento todo el jueves”. Nunca supe qué era. No la tenía escrita en ningún lado.

Desde entonces, actuó en muchas películas de directores consagrados – Fernando Trueba, Campanella…-, y en varias de directores que provenían del cine independiente, como Pablo Trapero Carancho (2010); Elefante blanco (2012) -, y Santiago Mitre, que lo dirigió en La cordillera, en 2017, donde interpretó a Hernán Blanco, un hipotético presidente argentino construido con gestualidad mínima: una forma ambigua de sonreír (que ni siquiera es falsa), una forma reconcentrada de mirar por la ventana (que podría ser perfidia o preocupación).

—Hay que buscar la posibilidad de ir a otras líneas. Si no, es recostarse en un perfil en el que ya sabés que andás bien. A mí me pasó eso muchas veces, que das un examen en una materia y te quieren hacer repetir esa materia para que saques una buena nota. Yo quiero correr el riesgo de no sacarme una buena nota.

Santiago Mitre escribió el guion de 1985 pensando en Darín como protagonista, tal como había hecho en La cordillera.

—Era difícil encontrar un actor que pudiera sostener el peso y el misterio de ese personaje que no fuera Ricardo. Hernán Blanco parece cristalino, pero oculta todo. Es un envase. La forma en que surgió 1985 es muy pedestre. Un día estábamos comiendo con Ricardo y le digo: “Tengo ganas de hacer una película del Juicio a las Juntas”. Y me dijo: “Yo te hago de Strassera”. Si me decía: “No te conviene”, yo no sé si la hubiera hecho. Él tiene un sistema de afinación, una conciencia de cómo suena como instrumento, que puede afinar más arriba o más abajo con una claridad total.

En 2009 encarnó a Benjamín Espósito, un ex funcionario judicial obsesionado por un crimen ocurrido en 1974, en su cuarta colaboración con Campanella, El secreto de sus ojos. La película quedó nominada a un Oscar como mejor película extranjera, lo ganó, y Darín recibió ofertas de toda clase, entre ellas interpretar a un narcotraficante mexicano en Hombre en llamas, dirigida por Tony Scott, que rechazó. “¿Por qué los latinoamericanos tenemos que hacer siempre de narcotraficantes?”, dijo para explicar los motivos de su rechazo, en años en los que los cuestionamientos a los tópicos hollywoodienses eran todavía tímidos.

—Pero no era solo por eso. Había estado de gira por España y quería volver a casa. ¿Es tan difícil de entender que te quieras volver a tu casa? No quiero ser millonario. A lo mejor termino siéndolo, pero no quiero hacer eso.

En 2014 protagonizó uno de los seis episodios de Relatos salvajes, dirigida por Damián Szifron. La película arrasó en la taquilla, obtuvo muchísimos premios, incluido el Goya a la mejor película iberoamericana y el Bafta a la mejor película no inglesa, y quedó nominada al Oscar, aunque no ganó.

—Qué genio Szifron. Es un placer laburar con un tipo como él, que te da herramientas y te dice: “Dale, te sigo”. ¿No tenés frío?

—Está fresco, sí.

—¿Vamos adentro?

En su estudio hay un par de sillones tapizados en cuero color chocolate, un escritorio antiguo, una biblioteca de piso a techo. Un lugar ordenado, con el razonable oleaje de alguien que usa el espacio a diario.

—Acá leo y también boludeo. Juego a la Play. Al póquer online, pero no por guita. Ya tuve problemas con el juego. El casino me mordió fuerte durante cinco años. Un tarado mental. Si tenemos algo es por Flor.

El 22 de marzo de 1991, por orden de un juez que investigaba una causa de autos ingresados al país por una ley que permitía a los discapacitados importarlos sin pagar impuestos, fue detenido. Había comprado una camioneta que había entrado al país en esas circunstancias. Otros 2.000 autos estaban en la misma situación, pero no hubo más detenciones. En 1995, un juez firmó la prescripción, la Cámara la revocó, y la causa prescribió definitivamente en 2017.

«Conmigo nada prescribe», dice Darín a propósito del incidente con Valeria Bertucelli

—Conmigo nada prescribe. Si alguno me quiere atacar, lo primero que hace es agarrar eso. Estuve tres días detenido por comprar un auto en la concesionaria oficial más grande de la Argentina. Estaban confabulados los de la concesionaria, compraban autos con descuento para discapacitados y los vendían. Me trataron como si fuera un delincuente, la poca guita que teníamos la perdimos con un abogado. Yo siento que a esta altura la gente tiene una idea de qué clase de persona soy, pero muchos pensarán: “Es un impostor”.

En 2018, la actriz Valeria Bertucelli, que había trabajado con él durante 2013 y 2014m en Escenas de la vida conyugal, contó en una entrevista los motivos de su alejamiento: “No quiero entrar en ningún detalle. Creo que alcanza con que él reflexione y pida disculpas (…). Dejé una obra exitosa porque no resistía los malos tratos”. Darín se refirió al tema diciendo: “Cuando una mujer declara una incomodidad, un destrato (…) hay que prestarle atención. Que yo no esté de acuerdo con Valeria y muchas de las cosas que dijo no significa que no haya que prestarle atención”, y contó que durante la obra habían tenido un malentendido que habían solucionado conversando. Pero Érica Rivas, que había sustituido a Bertuccelli y también se había alejado, publicó un mensaje en su cuenta de Instagram, dirigido a Bertuccelli, que decía: “Sos valiente. Sos hermosa. Gracias. Tus palabras reparan”.

—Esa es la otra nube que me va a acompañar. Yo dije que no me voy a defender, porque soy de los que creen que el tiempo pone las cosas en su lugar. Va a tardar, porque cada tanto aparece algún comentario del tipo: “Este mejor que se calle, que es un maltratador de mujeres”. No logro entender el porqué de lo que hicieron. No puedo terminar de incorporar que alguien me odie tanto. Por la relación que tuvimos previa, no lo puedo entender. Es razonable entender que después de siglos de derechos vulnerados, ahora tengamos que atravesar un periodo de reacomodamiento y es lógico que algunos sufran. Yo lo lamento por mí, porque me metieron en una bolsa en la que considero que no merezco estar. A lo mejor esto es algo que me persigue toda la vida. Será parte de lo que hay que pagar para contrabalancear tanta suerte.

Entonces Florencia se asoma y, con voz amable, dice:

—Perdón que los interrumpa. Richard, en 15 minutos viene…

—Uy, me olvidé. Perdón, amor.

Cuando terminó el colegio secundario, el Chino Darín, que está ahora en la Argentina grabando la segunda temporada de El reino, la serie de Netflix, pensó en seguir ingeniería industrial, pero entendió que no era lo suyo y empezó a estudiar cine y a tomar clases de teatro.

—Mi padre y yo tenemos recorridos muy distintos. Mis elecciones no fueron producto de una necesidad. Él tuvo un camino casi ineludible. Me tomé mucho tiempo para preguntarle qué le parecería que yo me dedicara a la actuación. Y la respuesta fue normal: “Me parece perfecto, tenés que hacer lo que quieras”. Él tiene muchísimos recursos, pero transfunde cierta cercanía a través de la pantalla. La vez pasada me dijo algo que me hizo pensar. Me dijo que actuar es el arte, o el oficio, de hacerles creer a los demás que estás pensando lo que estás diciendo. Me parece que parte de su concepto de la actuación tiene que ver con los procesos mentales detrás de las palabras, y creo que eso es algo muy difícil.

Es un día de humedad extrema. El sol baja hacia la tierra con una languidez hastiada. A las cuatro menos un minuto de la tarde, la puerta de la casa de Darín se abre, él se asoma gesticulando con la mano – vení, vení -, y habla en un susurro mientras camina hacia el patio.

—Salí antes para que no tuvieras que tocar el timbre, porque están todos durmiendo.

Esta mañana fue a jugar al tenis, el calor plomizo le hizo daño y lo obligó a dormir una siesta.

—Yo juego con personas mayores, como yo, dice, sentándose ante una larga mesa de madera del patio.

Una noche, cuando era chico, iba con su padre en un desvencijado Renault 4L cuando los detuvo un policía que apoyó el caño del arma en la ventanilla y le pidió los documentos. El padre gritó: “¡Saque eso ya mismo de acá!”. Se bajó y siguió gritando: “¿¡No ve que hay una criatura!?”. El policía, creyendo que estaba ante un superior de civil, le dijo: “Perdón, señor, ¿con quién estoy hablando?”. El padre de Darín gritó: “¡Con un ciudadano, pelotudo!”. El policía, demudado, le dijo: “Perdón, señor, siga”. El padre se subió al auto, miró al hijo, paralizado en el asiento del acompañante, y le dijo: “Tranquilo, no pasa nada”.

—Y me pregunto: ¿yo sería capaz de hacer algo así?

Ayer, por algún motivo, se acercó a la caja en la que guarda las cosas de su padre: postales, cartas, poemas.

Yo heredé algo de la emocionalidad de mi viejo, pero no su cabeza, no su dolor. Él tenía un dolor que yo no heredé. Tengo otros.

Una madrugada de 2008, tres hombres entraron a esta casa a robar. Estaban Florencia y Clara. Florencia evaluó la situación: jóvenes, sin armas, asustados. Detectó al cabecilla y le dijo: “No me importa lo material, pero encerrame en el cuarto con mi hija y los perros”. Él la encaró: “Te estás poniendo muy nerviosa, callate”. Entonces ella lo aferró por el cuello: “Me voy a poner muy nerviosa si no me hacés caso”. Y el sujeto obedeció. Al día siguiente, cuando se supo del robo, Darín declaró a los medios: “No me imagino tomar represalias con esos chicos. La responsabilidad de formarlos es nuestra y no creo que estemos haciendo lo debido para que tengan educación, salud, y que sus padres tengan trabajo (…). Hay que pensar qué es lo que hacemos por los chicos y no en bajar la edad de imputabilidad o la mano dura”. Ha contado la historia varias veces, no para hacer alarde de la bravura de su mujer, sino para resaltar la precariedad de la vida de quienes los asaltaron.

—Voy a sonar muy ingenuo, pero todo eso es falta de amor. Son pibes que miran para adelante y no ven nada bueno, y no reconocen en su pasado gente que los haya querido. Son cosas que me angustian mucho. A veces siento que me interesan o me conmueven cosas que no… que a nadie… que no.

En una escena de Truman, Darín y Javier Cámara, que interpreta a su mejor amigo, entran a una librería. De pronto, Darín se balancea levemente y dice: “Me estoy mareando… un poco”. Una enunciación simple, sin quejas, pero el tempo y la textura que le imprime bastan para entender el estoicismo con que su personaje enfrentará la muerte. Hay muchos momentos como ese, en sus pelícu­las y en su vida: una frase apenas dicha que lo dice todo.

—No voy mucho a esa caja donde guardo las cosas de mi viejo. Me hace mal. Siempre me pregunté qué hubiera pasado si mi viejo hubiese tenido un poco más de cuidado o de suerte, en términos de estabilidad económica. Pero la vida es lo que es, no lo que uno quiere que sea. Una vez le puse el título a un poema que él hizo.

—¿Lo recordás?

—Sí. Cuando Dios se equivoca.

A veces, cuando se ríe, parece que tuviera ganas de llorar.

  • Imagen destacada: Darín con Norma Aleandro (El hijo de la novia, 2001)

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